Jonathan Franzen, el hombre de moda de la literatura norteamericana

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texto y foto ANTONIO LOZANO

Si Jonathan Franzen no fuera Jonathan Franzen, reseñar Pureza sería simple pues bastaría con recurrir al baúl de las muestras de entusiasmo de rigor: “portentoso”, “una exhibición de músculo narrativo”, “un tour de force”, “un Dickens del siglo XXI”… Pero siendo Franzen Franzen, parece que a estas alturas sobre cada nuevo libro pesa una losa mesiánica, como si de una tacada debiera justificar esa portada en Time, una desaforada atención mediática y, por el camino, salvar la novela. Apartándonos cuanto sea posible de los comentarios hagiográficos y del ensordecedor sonido ambiente que rodea su figura, su sexta novela es nuevamente un trabajo a muerte con el personaje, analizando de forma obsesiva sus emociones en un contexto familiar y sentimental de marcada conflictividad, a la par que abriendo el foco a cómo el contexto histórico-político-social determina el curso de sus vidas y modela sus personalidades.Si algo hace portentoso al escritor (y ya hemos incurrido en un epíteto entusiasta, me temo) es su dominio a la hora de encajar lo macro con lo micro, de colocar a sus personajes combatiendo en un doble frente: sus demonios personales y el zeitgeist.

Jonathan Franzen hace comedia humana à la Balzac y, como hijo de su tiempo, le sale un melodrama de ansiedad, histeria, cinismo y sarcasmo, donde la ternura y la verdad luchan por abrirse camino en una jungla de depravación y confusión. El eje de Pureza es la búsqueda del padre desconocido por parte de la joven Pip Tyler, angustiada por las deudas económicas y por un punto ciego en su relato familiar, responsable de que su madre viva retirada del mundo en una cabaña y bajo un nombre falso. La resolución de la protagonista por despejar la incógnita que le permita soldar su maltrecha identidad -eco del personaje homónimo de Dickens- pone en movimiento un doble vector narrativo: hacia el pasado, concretamente al Berlín del Este bajo los abusos perpetrado por la Stasi, y hacia el presente con dos escenarios principales, un medio digital dedicado al periodismo de investigación en Denver y una organización a la Wikileaks operando desde las selvas bolivianas. En este multiplano interactúan los dramas, los sacrificios y las guerras, tanto íntimas como laborales, de un conjunto de individuos a través del cual Frazen despliega un feroz análisis de las relaciones interpersonales al tiempo que analiza al ser humano bajo formas de sometimiento, que van de la dependencia sentimental al falso sueño tecnológico, pasando por la dictadura política.

No siempre resulta fácil entender hacia dónde conducen los varios hilos de la historia y la conexión entre sus piezas, pero cuando estas acaban encajando al compás del crescendo dramático, se revela una estructura profunda excepcional (recaída en el halago). Franzen es un autor moralista, no en el sentido de incurrir en lecciones morales, sino en el de interrogarse sobre cómo puede salir a flote nuestra humanidad, aquello que nos coloca en lo más alto de la escala evolutiva, ya sea la preservación de la libertad o de la pureza, en un mundo que conspira constantemente por arrebatárnosla o adulterárnosla. La demostración que hace Pureza de que la novela sigue siendo un marco rico y complejo en el que someter a discusión y poner en tensión cuestiones de semejante calado quizás sea el mayor elogio que se le pueda brindar.