La Navidad es un estado mental

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título Marley estaba muerto

autor Carlos Zanón

editorial RBA

240 págs. 12 €.

 

Dickens escribió cinco libros de Navidad y a Carlos Zanón ya solo le faltan cuatro para igualar la marca. En este, entre alguna que otra pieza poética en prosa, presenta y retoma puntualmente a una serie de personajes más o menos marginales, más o menos criminales, cuyo desencuentro con la vida y el amor coincide (a veces solo de cabeza hacia adentro) con la temporada festiva de las reuniones familiares, los villancicos, los abetos iluminados y la ingesta masiva de turrón.

 

CARLOS ZANÓN (Barcelona, 1966) es poeta (El sabor de tu boca borracha) y autor de Nadie ama a un hombre bueno, No llames a casa y Yo fui Johnny Thunders, que le valió el premio Hammett de la Semana Negra de Gijón 2015.

 

Antes que mera colección de relatos (o novela desestructurada propia de estos posmodernos tiempos nuestros), Marley estaba muerto es un imaginario. Un imaginario quizá no novedoso, centrado como está en narrar el puntual hallazgo y la inevitable pérdida y la consiguiente búsqueda constante de redención emotiva por parte de una serie de elementos que transitan los márgenes de nuestra sociedad, escalón arriba o escalón abajo. Un imaginario quizá heterogéneo, en cuanto alterna gesto lírico y piezas más canónicamente narrativas, saltando entre el realismo sucio y el costumbrismo y el noir e incluso el género fantástico con guiños absurdos. Pero, a fin de cuentas, un imaginario esgrimido con tanta convicción y fuerza, tan íntimo y personal, tan capaz de atrapar el pescuezo emocional del lector, que sus fronteras acaban por diluirse, que transforma el volumen en un todo orgánico, que convierte esta obra en el equivalente literario de aquellos discos que logran mostrarse conceptuales por inspiración antes que por aplastamiento.

La anécdota de fondo es, en efecto, la Navidad. La Navidad como objetivo, un ideal de reencuentro y amor entregado y amor asimismo recibido sobre el que inevitablemente se acumulan botellas vacías, restos de coca, puñetazos a pie de bar, tensiones familiares, plantones tan cantados que ni los niños de san Ildefonso… pero que, pese a todo, continúa brillando cual estrella de Belén sobre el horizonte de esa galería de borrachos, drogadictos, matones, adúlteros, mentirosos, enfermos mentales y sintecho que pasean su dolorosa, conmovedora humanidad por estas páginas.

Melómano como es (de Johnny Thunders pasamos a Marley, pero no Bob y sí Jacob, el socio difunto y fantasmal de Ebenezer Scrooge), Carlos Zanón presenta catorce composiciones abiertas, que casi nunca alcanzan aquellos tres minutos de perfección autoconclusiva que se le suelen exigir a la canción pop, pero que sí aúnan los salivazos de vigor propios del punk con un notable sentido de la melodía. Y el resultado es una entrañable rareza, un ordenado cajón de sastre, una elocuente oración laica que desmitifica las fiestas en la misma medida que sacraliza el menos pintado de los días laborables. MILO J. KRMPOTIC’