Los límites de la verdad en el teatro

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texto NOEMÍ TRUJILLO foto SERGIO PARRA

“El hombre moderno depende de la máquina y de todas las máquinas la que más tarado tiene al hombre moderno es el puto coche”, eso dice Lorenzo Silva en su novela La flaqueza del bolchevique, que ahora, dieciocho años después de su publicación, aparece adaptada al teatro por la compañía K producciones y estará en cartelera del Teatro Lara de Madrid hasta el 8 de diciembre.

Una de las bazas por las que La flaqueza del bolchevique no ha dejado de reeditarse desde su publicación es, a mi juicio, que el texto esconde mucha más filosofía de lo que a simple vista parece.

Ya desde la primera página la repetición de la palabra “alma” en una serie de paralelismos estructurales hace que nos demos cuenta de que el texto va mucho más allá del escepticismo y el vacío de su personaje. El alma, la rutina, el trabajo, el hombre moderno (la cárcel del hombre moderno), las máquinas deshumanizando al hombre (si La flaqueza del bolchevique fuera un texto del siglo XXI, sería el teléfono el sustituto del coche), a qué dedicamos nuestra existencia, qué sueños tenemos, cuáles son nuestras pasiones, a cambio de qué nos hipotecamos y nos convertimos en otras personas, esas que se van adueñando de nosotros hasta que, un día, cuando nos miramos en el espejo no nos reconocemos. De eso va el texto, quizá la novela más fresca y valiente de Lorenzo Silva. Y la que, de toda su obra, es muy posible que nunca pase de moda.

Una novela con muchos lectores, que fue llevada al cine maravillosamente en 2003 por el director Manuel Martín Cuenca con Luis Tosar y María Valverde. ¿Por qué, ahora, ir al teatro para verla?

Intentaré defender ese porqué. En la novela de Lorenzo Silva, la voz del protagonista es muy intensa, omnipresente, aunque deja el suficiente espacio para que veamos, oigamos, imaginemos también a Rosana, a Sonsoles y a los malos; hay música, muchas canciones, espacios y parques de Madrid, y soliloquios filosóficos como el de la “jerarquía laboral”, que ha llegado a estudiarse en facultades de Derecho y que me recordó mucho, cuando lo leí, a la “teoría de los instalados” que se encuentra en El coloquio de los perros de Miguel de Cervantes.

En la película de Martín Cuenca vemos al protagonista y a Rosana, la historia de su amor y su pérdida, pero se cuela, ante nosotros, inevitablemente, Madrid como personaje, la gran ciudad como escenario envolvente de la historia.

En la obra de teatro solo veremos a dos actores, la obra apuesta por un formato absolutamente minimalista, prácticamente sin escenarios, solo él (Adolfo Fernández) y ella (Susana Abaitua). Adolfo Fernández, sin descanso, de forma magistral, va interpretando con veracidad (y con humor) el texto de Silva. El aspecto tragicómico de esta obra se revela de forma absolutamente natural en el teatro, donde Fernández interactúa con el público y dirige a él buena parte del diálogo. En uno de esos maravillosos momentos en los que el público de una sala pequeña puede tener tan cerca a un actor tan grande como Fernández, él, metido en la piel de su protagonista, nos dice: “¿Es real? Decidme, ¿es real? ¿Podéis verla?”. Y fue en ese momento, en esa fantástica interpretación de Fernández, cuando yo me pregunté por primera vez si era posible hacer una lectura de La flaqueza del bolchevique dudando de la historia del bolchevique; es decir, aceptando que Rosana no es real, que pudiera ser, solo, una fantasía en la mente de un hombre derrotado por el transcurso de su propia vida y la decepción que se ha instalado en ella. Volví a Cervantes, y a El coloquio de los perros, y esa analogía que ya intuía en el monólogo de la jerarquía laboral se hizo más fuerte ahora. En El coloquio de los perros, Cervantes, hábilmente, nos engaña. El diálogo entre Cipión y Berganza, que el alférez Campuzano cuenta a su amigo Peralta como real, bien puede no serlo y es el lector quien tiene la última palabra, quien debe decidir si se cree o no la historia de Campuzano. Fernández, en el teatro Lara, me dio permiso, por primera vez, para saltarme los estrictos límites de la ficción en la novela y en el cine y abrir la posibilidad de la duda ante la historia del bolchevique: ¿y si todo esto no es real?

Cervantes nos contó, en El coloquio de los perros, la historia de Berganza y se dejó (aposta) en el tintero la historia de Cipión, de quien no llegamos a saber prácticamente nada. Silva, en otra similitud con la obra de Cervantes, hace lo mismo en La flaqueza del bolchevique, lo sabemos todo de Javier (o Jaime), y no sabemos casi nada de Rosana. Y gracias a Fernández, yo, como Peralta, me tomé la licencia de creer que, a lo mejor, no todo es lo que parece.

Creo que si van a ver la puesta en escena de La flaqueza del bolchevique podrán volver a leer el texto de forma extraliteraria, desde fuera de la misma historia, encontrando toda la filosofía que su autor nos fue dejando ahí, casi sin querer, casi sin darse cuenta, y podrán pensar sobre qué es realmente el alma y quién es realmente el hombre moderno (y qué quiere).