“Los nuevos pobres serán quienes no quieran o puedan aprender”

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texto ANTONIO ITURBE foto MARTA CALVO

En este libro, José Antonio Marina profundiza en sus propuestas para despertar a ese dinosaurio enorme y poderoso pero, en su opinión –y en la de muchos, entre los que me encuentro–, dormido; yo diría que incluso en estado de coma.

Marina señala que, según el World Economic Forum, desde ahora hasta el año 2030, Europa necesita crear 46 millones de puestos de trabajo de alto nivel. Haciendo suyas las palabras del secretario de empleo y formación de Bill Clinton, Doug Ross, nos recuerda que “los nuevos pobres serán aquellos que no puedan o no quieran aprender”.

Marina es una apasionado de la educación, se define a sí mismo con humor como “megalómano educativo”. Pero nos recuerda que no se trata únicamente de un asunto ético y humanístico –que recalca que lo es, por encima de todo–, sino que también estamos hablando de economía y puestos de trabajo, a ver si tocando el bolsillo consigue que esa aguja que quiere hincar en la dura piel del diplodocus para que este espabile es más punzante.

Propone poner en el primer plano social el sistema educativo. Y para ello quiere crear unos estudios específicos para él, una superciencia destinada a detectar las problemáticas y generar los métodos de actuación: la Ciencia de la Evolución Cultural. Se muestra crítico con las metodologías surgidas desde la psicología: “La educación no puede funcionar con esa psicología de hamburguesa”, con su proliferación de teorías y subteorías de fundamento poco sólido. Se establecerían las bases de una formación del profesorado pensada específicamente para ellos y de alto nivel: “La docencia va a ser una profesión de elite. Tiene que serlo”. Se muestra partidario de la introducción de un MIR educativo.

A partir de ahí, en su hoja de ruta la primera estación es la escuela. Lo tiene claro: “Las reformas educativas que han tenido éxito se han basado en la acción de los docentes”. Reclama una movilización educativa inclusiva, que incentive a los profesores. Es uno de los puntos que más revuelo ha levantado, especialmente entre los sindicatos docentes. Marina quiere abrir un melón que nadie se ha atrevido a abrir: la necesidad de convertir la docencia en una carrera en la que se pueda evolucionar y donde no tenga la misma gratificación el que se esfuerza y consigue cumplir sus objetivos de enseñanza de manera satisfactoria que el que vegeta en su puesto trienio tras trienio esperando la jubilación. Un asunto peliagudo, pero que era necesario poner sobre la mesa. La gratificación por talento y esfuerzo es algo que sucede en prácticamente todas las profesiones y a todo el mundo le parece bien. Y en un tema tan crucial como es la formación de las personas no se puede ser menos exigente que en otras tareas sino, precisamente, mucho más. Obligaciones, que, por supuesto, han de ir acompañadas de un apoyo social potente a su labor, una formación continuada de calidad y una dotación económica adecuada. En su revolución considera necesaria la implicación de todos y partir de una transformación del centro escolar, con “directores de transformación”. Apunta que es necesario formar e incentivar a los directores de los centros, asunto bastante dejado.

Marina se plantea que en cinco años “el noventa por ciento de la población escolar alcance el éxito educativo, que no es solo evitar el abandono escolar sino alcanzar las competencias necesarias y las condiciones para lograr la felicidad personal y colaborar a la felicidad social”. Aunque él apunta que “no soy tan ingenuo como para pensar que esto es fácil”, quizá la virtud de Marina sea su pecado: el optimismo. Con su plan –con una inversión presupuestaria igual a la de antes de la crisis, de aproximadamente el cuatro por ciento del PIB– pretende reducir el abandono escolar al diez por ciento, situarnos al nivel de competencias PISA que Finlandia. Finlandia gasta el siete por ciento del PIB en Educación, llevan trabajando en ello cuarenta años y, no nos engañemos, son finlandeses.

No es fácil, desde luego. Se puede discrepar de alguna propuesta metodológica de Marina, como esos “directores de transformación” para los centros escolares, cuando primero deberíamos tener personal para que la baja de un profesor no se tarde diez días en cubrir. Se le podría pedir que además de nombrar a tantos expertos en pedagogía anglosajones –excelentes, sin duda– también tomara como referentes trabajos pioneros hechos aquí, como los de la extraordinaria Institución Libre de Enseñanza.

Pero Marina se ha puesto en marcha y ha abierto un camino. Y predica con el ejemplo: no solo teoriza sino que mantiene un proyecto de formación para familias denominado Universidad de padres, dirige el Centro de Estudios sobre Innovación y Dinámicas Educativas, y ha redactado un libro blanco de la profesión docente para el Ministerio de Educación. El hecho de que haya irritado a los sindicatos no es mala cosa: se está generando un debate que va más allá de lo económico. Que en este país se empiece a debatir menos sobre la alineación del Real Madrid y más sobre cómo gestionar los centros escolares es un avance muy importante. Que, además de soltar grandes declaraciones gaseosas sobre lo trascendental que es la educación, alguien que lleva años estudiando a fondo la cuestión y viendo qué sucede en otros países ponga propuestas concretas y precisas sobre la mesa es otro avance. Y la manera en que Marina propone poner en marcha los engranajes es razonable: formación del profesorado por delante de todo, consideración de profesión de elite, un acuerdo que parta no de los partidos políticos sino de la profesión docente y un toque de campana avisando de que la próxima división de clases la marcará el conocimiento. Y, sobre todo, tiene mucha razón en que en esto nos tenemos que implicar todos. Hasta el cuello. El diplodocus también somos cada uno de nosotros, ya es hora de que despertemos.