La (primera) Gran Novela sobre la Transición

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texto MILO J. KRMPOTIC'  foto LAMALA

Al contrario que el de la Marmota (una anécdota simpática que, por redundante, acaba abocando a una sucesión de frustraciones), el Día del Watusi nace peludo, se convierte con el tiempo en mito y, ahora mismo, es sinónimo de franca y gozosa celebración: la que conlleva recordar y homenajear a uno de los más grandes escritores españoles del último cuarto de siglo (veinticinco años se cumplieron precisamente de su ópera prima, El triunfo, este pasado 2015), el sin par Francisco Casavella.

El día del Watusi nació como trilogía: la que integraron los volúmenes Los juegos feroces, Viento y joyas y El idioma imposible entre 2002 y 2003, publicados en la por entonces Random House Mondadori. Y regresa hoy en un único tomo a cargo de Anagrama, que también había sido terra casavellana merced a la segunda edición de El triunfo (la primera, tras obtener el Tigre Juan, apareció en Versal) y a Un enano español se suicida en Las Vegas, acompañado de sendos prólogos a cargo de Kiko Amat y Carlos Zanón, y de un epílogo firmado por Miqui Otero.

A Casavella hay que apostillarlo porque él ya no está, se lo llevó un 17 de diciembre cuando contaba apenas 45 años, a los pocos meses de la aparición de su premio Nadal Lo que sé de los vampiros. Pero de él nos queda algo más que un recuerdo fulgurante y una obra siempre atractiva y a menudo deslumbrante, porque El día del Watusi es ejemplo de una ambición literaria casi diría que inédita por estas lides, más propia de esos autores anglosajones que, tal y como regurgitan el mundo párrafo tras párrafo, ansían a la vez conquistarlo a dentelladas. Esto, creo, fue para él motivo de desasosiego: sintió (con no poca razón) que los méritos propios y el reconocimiento ajeno no se hallaban a la par. Pero, como sujeto a la contra y mordaz que también era, cabe suponer que un mayor encumbramiento en vida le hubiera generado una nueva ración de dudas e incomodidades.

Lo verdaderamente curioso es el proceso de confluencia que se viene dando entre su obra y su figura. Porque, lo mismo que el Día del Watusi (ese 15 de agosto durante el cual Fernando Atienza y Pepito el Yeyé atraviesan Barcelona desde las chabolas de Montjuïc hasta un burdel en la ladera del Tibidabo para advertir al Watusi de que el barrio le ha condenado in absentia como violador y asesino de la hija de su capitoste criminal), a Francisco Casavella se le van cayendo las penurias camino del mito. Y quizá no tardemos en testimoniar brotes de auténtica fantasía en torno a su memoria (uno de ellos –no es del todo descartable– este mismo texto). Sería el paradigma de la justicia poética.

No en vano, El día del Watusi es el informe que Fernando Atienza redacta como testimonio de la realidad española entre 1971 y 1995; esto es, desde un último franquismo que le pilla con pantalones cortos hasta el (nuevo) estallido económico que sigue a la depresión post-olímpica y post-exposición universal (donde los pantalones, si eso, andan ya por los tobillos). Un boom que hoy reconocemos basado en burbujas inmobiliarias y chanchullos varios, pero que Casavella ya certificó como corrupto –porque Casavella sabía– a partir de su mentira fundacional: la Transición.

En efecto, Atienza comienza en Los juegos feroces contando su mito íntimo y personal, el dichoso día del Watusi, que es día de iniciación a la vida pero también de primeras derrotas existenciales, como espejo de otro mito colectivo y mayúsculo, el de una sociedad que se apresta a cambiar de chaqueta para que todo siga igual. Viento y joyas pasa entonces a desnudar a esas clases altas que ayer decían “franquismo” y hoy recitan “democracia” sin que les haya cambiado el gesto ni se les haya salido un solo pelo de sitio. Y El idioma imposible ejerce de balance de pérdidas de esa década que quisimos prodigiosa pero donde el sueño rara vez dejó de amparar pesadillas, comenzando por los muertos de la droga en medio del equivalente barcelonés de la Movida.

Casavella sabía volar a ras de suelo. O quizá simplemente bailaba con mayor gracia que el resto, vayan a saber. Lo que queda claro es que El día del Watusi fue su puñetazo sobre la mesa, una reivindicación personal a la vez que una denuncia colectiva. Quiso avisarnos antes incluso de que Pasqual Maragall hablara por primera vez del “tres por ciento”, pero nosotros aún tardamos una década larga en darnos cuenta. Crisis es no tenerlo ya por aquí. Pero su regreso devuelve (breve, gozosamente) la fe en algo más grande, en algo más bello y en algo por fin coherente que pueda redimirnos.