Desde Portugal, España se ve “muy teatral”

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texto y foto ANTONIO ITURBE

Gabriel Magalhães publica el ensayo ‘Los españoles’ (Elba).

La editora de Elba, Clara Pastor, pensó que sería interesante encargar un ensayo donde se nos retratase a los españoles justamente a alguien que tuviera una visión desde fuera “porque no se puede hacer un autorretrato sin mentir”. Pensó en el profesor Gabriel Magalhães, portugués y por tanto vecino y algo más, que ha pasado largas temporadas en Salamanca y el País Vasco, quien aceptó la propuesta encantado. El resultado ha sido Los españoles, un ensayo donde mira hacia nosotros alguien que nos ve con afecto pero con perspectiva. Un país que ve atrapado “entre la mentira del independentismo y la del nacionalismo carpetovetónico”, donde demasiado a menudo se ha hecho “política dicharachera con esta nitroglicerina”.

Aunque parezca que España y Portugal vivan de espaldas –sobre todo por parte de España, porque en Portugal muchísima gente habla castellano y está al tanto de la actualidad de nuestro país– hay un flujo constante: “Hay un contrabando de ideas, de proyectos. Hay un inconsciente ibérico que está en los dos lados. Lo que pasa es que somos ibéricos pero no sabemos que lo somos”, comenta Magalhães.

En la visita que estos días realiza a España, nos ha hablado con su tono de voz tenue y balsámico del sosiego de Portugal y de España como un sistema de tensiones e incluso de cortocircuitos. Cuando se le pregunta si España tiene arreglo, sonríe de manera afable: “Claro que tiene solución. España puede reinventarse a sí misma y ser la España que desea la inmensa mayoría de españoles”. De hecho, él es optimista y cree que muchas veces la crispación de los medios de comunicación –él habla de la “espuma audiovisual” – no se corresponde con la atmósfera que él percibe en el sentir cotidiano de la gente en nuestro país. También explica que ese sosiego portugués es algo bastante nuevo, que tiene no más de 150 años: durante siglos, Portugal ha sido un país de guerras, violencia, esclavismo… “pero las sociedades pueden cambiar. En Portugal se hizo una apuesta por la paz”.

Al hablar de las convulsiones políticas que se están viviendo aquí, al autor le maravilla que España sea “un país muy teatral”. Y comenta con fascinación “la dimensión pictórica del movimiento político español. Todo es muy visual”. En ese sentido, le parece muy interesante señalar cómo los partidos del cambio traen también sus nuevas indumentarias y comenta con humor que “Tsipras oficializó la idea de la anti-corbata porque tiene torso de Minotauro. Pero acabó usando la corbata sin usarla, que es lo peor que le puede pasar a uno”. Ve todos estos movimientos políticos en España de manera positiva, especialmente la idea integradora de plurinacionalidad que trae Podemos. Su optimismo hace que vea movimientos aperturistas incluso en el Partido Popular, aunque “a velocidad de galápago”.

Para el estudioso portugués, “el gran problema español está dentro de las palabras. El idioma es lo que acrecienta tu sentimiento de pertenencia”. Cree que “ha sido un error trágico usar el idioma como un arma arrojadiza”. Explica que el catalán, el gallego y el vasco son idiomas hermosos que deberían ser sentidos por todos los españoles como un patrimonio propio. Cree que debería haber en Salamanca, en Madrid, por toda España, profesores de estas otras lenguas españolas, que la gente las conociera y se maravillase con ellas. “El que logre que el gallego, el catalán y el vasco, además del castellano, sean sentidos como lengua de todos, habrá cambiado el rumbo de la historia de España”.

Entiende que las cosas sean complicadas en estos pagos porque una guerra civil complica todo: “A una sociedad le cuesta mucho recuperar su textura ética”. Señala que “en las guerras civiles siempre gana el peor. El que tiene la daga más afilada. El que es más eficaz para el mal”.

Respecto a la independencia de Cataluña, cree que todo es posible, pero no le parece que sea el mejor camino. Ve “los debates de independencia como debates de tijeras”. Y comenta con sorna que la peor época de Portugal ha sido cuando han querido ser independientes, en referencia al orgullo nacionalista del salazarismo, que llevó al país a enzarzarse en una absurda guerra colonial “contra el sentido de la historia”. Cree que si desde el gobierno central de España hay más comprensión hacia el sentir catalán y su idioma, pueden encontrarse vías para avanzar. Y lanza un sensato aviso para navegantes: “Las grandes medidas han de ser pequeñas medidas. Ser político no es ser torero, no se trata de lucirse ante la plaza”.

El libro se remata con un bellísimo epílogo muy esperanzador. Hace una certera radiografía de cómo se está resquebrajando el edificio europeo por su base: cómo la mala evolución de Grecia podrá sacarla de Europa, la no descartable marcha voluntaria de un Reino Unido que quiera administrar sus libras, que podría ser seguida por la salida de Dinamarca y el desinterés de los países nórdicos, que nunca han tenido un europeísmo profundo. Ahí señala la importancia de Francia como bastión europeo, pero con sus grietas porque opina que un gobierno –algo no deseable pero no descartable– de Marine Le Pen daría al traste con esta columna vertebral europea. El profesor Magalhães, con su educada ironía describe a Marine Le Pen como un “lobo disfrazado de abuela rubia”. En ese panorama señala que España podría marcar un punto de inflexión si lograra abrir “horizontes de comprensión y mutuo entendimiento” para convertirse en la vanguardia de la cohesión europea, que tanta falta hace. “Si en 1936 el país funcionó como una terrible profecía del espanto mundial que vendría a continuación, ahora sería al revés: la nación española iluminaría el porvenir de Europa”. Y señala: “Por fin tendríamos una España que fuera el sueño de sí misma, y no su propia pesadilla”.

Parece mucho pedir, pero ojalá nos entre un poco de ese sosiego portugués en pro del entendimiento.