“La luz que nos ciega es nuestra oscuridad”

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texto ANTONIO ITURBE

En “Capturar la luz” (Atalanta), Arthur Zajonc indaga en el misterio más luminoso.

Decía Thoreau, con su sabiduría de hombre austero, que “la luz que nos ciega es nuestra oscuridad”. Más de 150 años después, los físicos de partículas le dan la razón. Lo cuenta de manera fascinante en Capturar la luz (Atalanta) Arthur Zajonc, investigador y profesor de física que lleva años profundizando en las relaciones entre la ciencia, el arte y la meditación.

Describe un experimento: se construye una caja vacía preparada para que un proyector arroje luz en su interior. Se activa el interruptor y el proyector arroja una poderosa luz dentro. La caja está llena de luz pero, al asomarse al interior a través de una ventana, solo se ve oscuridad. El astronauta Rusty Schweickart habla sobre su paseo espacial. Cuando miraba al vacío exterior iluminado por el sol, fuera de la nave fuertemente iluminada, “solo se veían las hondas negruras del espacio sideral”. Aunque la luz del sol estaba por todas partes, no incidía sobre nada y, por tanto, no se veía nada. Solo oscuridad. A lo que llamamos luz es al rebote de fotones en los objetos que chocan contra nuestra pupila… ¿pero qué son los fotones? Einstein, al final de su vida, declaró que después de cincuenta años meditando sobre qué es la luz, seguía como al principio. La luz lo hace visible todo excepto a sí misma.

Resultan asombrosos los casos que relata Zajonc de personas ciegas de nacimiento que con el avance en trasplantes de córnea han podido ser operadas. De la oscuridad van a pasar por fin a la luz en sus vidas… o no exactamente. Hasta en 66 casos estudiados, una vez disponen de un ojo en perfectas condiciones, les cuesta ver: ven las caras como borrones, no entienden los objetos… miran pero no logran ver. Tras la operación han de someterse a un complejo y largo proceso de aprendizaje que nunca llegan a completar. Los bebés recién nacidos no distinguen colores y ven borroso: aprenderán a ver igual que aprenderán a hablar, no es algo que esté ahí. Es algo creado.

Hace milenios que los poetas y las religiones, de manera intuitiva, habían hablado de la luz interior y la física parece venir a darles la razón: sin esa decodificación interior del cerebro, la luz por sí sola no permite ver nada. La literatura o la pintura, los consejos de Cezanne sobre educar al ojo pintando muchas veces el mismo ejemplo, también le sirven a Zajonc para mostrarnos que para entender el comportamiento de la luz no bastan las ecuaciones: es importante que revisemos los mecanismos de nuestro pensamiento, nuestra sensibilidad artística y nuestra imaginación.