Una Argentina especular

 

texto MILO J. KRMPOTIC  foto ANDREI BOTNARI

El editor Eduardo Hojman debuta con la premiada ‘Muñeca maldita’ (Librooks)

Hasta este año, la trayectoria profesional de Eduardo Hojman se había mostrado simétrica a lado y lado del Atlántico, a lado y lado del Ecuador: fue periodista-traductor-editor en su Argentina natal tal y como ha sido y es periodista-traductor-editor en nuestro país. Pero este (lógico) reflejo curricular se ha roto en pedazos por culpa de un asesinato, el que da pie a un debut narrativo que, bajo el título de Muñeca maldita (Librooks), ha obtenido la edición de 2016 del premio Primum Fiction para óperas primas.

Ese carácter debutante no resulta baladí a la hora de explicar la obra. Porque, en las páginas de Muñeca maldita (según un verso del tango Secreto de Enrique Santos Discépolo), hay novela negra y hay novela de amor, que no romántica; hay regurgitación de experiencias laborales (como periodista en un medio cercano al Partido Comunista, como empleado de una editorial) y de no pocas fijaciones personales, hay guiños fantásticos (o, por lo menos, a esa gran tradición argentina que apuesta por difuminar las aristas de la realidad), hay incluso algún cuento y numerosos poemas escritos con anterioridad e integrados ahora en la narración… Un auténtico cajón de sastre, pues, donde todos los elementos acaban componiendo una imagen diáfana, logran remar en una misma dirección y erigirse en un conjunto tan cerrado en sí mismo como sugerente en sus puntos de fuga. Resultado al que sin duda no es ajena la experiencia editora de Hojman, desempeñada en Emecé Argentina, en los sellos de ficción del Grupo Urano y, actualmente, en el seno de Malpaso.

Así, el trasfondo de novela negra puede responder a una de las pasiones del autor, pero sobre todo viene a prestar estructura a ese pandemonio de vivencias e influencias, tal y como contribuye a atrapar al lector con la vieja pero infalible fórmula del “¿Quién mató a ________?” (para el caso, María Alicia Vespérale, catedrática de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires). A ello cabe añadir una segunda tanta de misterios: ¿a cuento de qué el exilio del narrador en Tánger? y ¿cuáles son esos fantasmas del pasado que tan evidentemente carga sobre sus espaldas?

A partir de ahí, Muñeca maldita se despliega con cronología serpenteante pero lúcida entre un presente marroquí y diversos pasados argentinos, protagonizados estos por un grupo de personajes que comparten amor por la literatura y obsesión por la finada (a la que también conocemos en vida, claro), a tal punto que mucho cabe temer que el responsable del crimen anide en su seno. Y, como elemento externo, pero también como recordatorio recurrente de la dolorosa extrañeza propia de la muerte, sobre todo cuando golpea de forma violenta, la figura del policía investigador del caso, Saporiti, un sujeto con todas las ambigüedades propias del representante de la ley en un país donde la seguridad de uno se halla encomendada a unos cuerpos que fueron accesorios del terrorismo de Estado, amén de responsables directos de numerosos crímenes más puntuales pero no necesariamente menores. Y, porque el argentino es terreno abonado a las dicotomías, con el paso de las páginas irá cobrando fuerza la sombra de los movimientos revolucionarios setenteros, un legado del que algunos presumen, pero que tiende a resultar particularmente pesado en quienes menos hablan al respecto.

Finalmente, si Tánger es la aceptación de la ausencia de Alicia Vespérale (esto es, una liberación con resabio de pesadilla), su presencia y su recuerdo más inmediato aparecen grabados a fuego sobre el pavimento de Buenos Aires, una ciudad caminada con insistencia cortazariana, cosida y recosida por el paso de los autobuses, azotada por el clima en todas sus posibilidades, siempre contundente pero, ojo, no exenta de parcelas de ensoñación por las que pueda colarse esa fantasía serena que tan bien solía representar Bioy Casares. Porque los espejos tendrán fama de elocuentes, pero no siempre cabe fiarse de ellos.

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