El 11-M y la necesidad de contar

Hits: 4615

 

texto RAMÓN ROZAS foto DAVID FREIRE

Manuel Jabois se sumerge en el peor atentado de este país con ‘Nos vemos en esta vida o en la otra’ (Planeta)

Mañana del 11 de marzo de 2004. Un país en estado de shock. Despertares traumáticos. Transistores vomitando explosiones. Estupefacción y dolor a partes iguales se fueron alternando a medida que pasaban las horas y la cifra de víctimas alcanzaba una altura inimaginable, inaceptable. Los días pasan y las noticias alrededor de lo sucedido a lo largo de esa mañana en diferentes trenes de cercanías de Madrid marcarán la actualidad del país durante semanas, meses e incluso años. Detenciones, elucubraciones y juicios llenan las páginas de los periódicos; en muchos casos, de manera caótica y desenfrenada. La celebración de unas elecciones generales tres días después del bautizado como 11-M dota a todo lo sucedido de esa costra perversa que rodea a gran parte de la política en España. Un barniz de miseria y bajeza de miras que complica todo mucho más de lo que ya es de por sí. Los relatos se van sucediendo, la prensa genera sus propias teorías y diferentes voces dan pábulo a un sinfín de teorías sobre lo sucedido, sobre la culpabilidad y los fines pretendidos por los terroristas.

El paso de los meses nos trae la literatura de aquellos hechos. El papel se convierte en textos encuadernados que pretenden legitimar las diferentes teorías que la prensa y las prensas han ido poniendo negro sobre blanco en sus caducas páginas. Estamos en 2016, han pasado doce años desde aquella mañana de marzo en la que Manuel Jabois, todavía un periodista desconocido a nivel nacional, firmaba en Diario de Pontevedra la crónica sobre el mitin que José Blanco había protagonizado en el Palacio de Cultura de Pontevedra. Todo cambia en tan solo unas horas, para él y para todos nosotros. La dictadura de la actualidad. A Manuel Jabois le corresponde escribir sobre lo sucedido en Madrid mediante un reportaje sobre el ambiente que se respira en las estaciones de ferrocarril y autobús de Pontevedra. Registrando las sensaciones de los que van y vienen de la capital alrededor del desgarro provocado por el mal en una España que ya había sufrido hondas y numerosas heridas por el terrorismo de ETA, pero nada como esto.

 

Manuel Jabois hoy es un periodista conocido y reconocido, una nueva voz que ha entrado en el firmamento nacional como un deslumbrante cometa, de esos cuyo paso de vez en cuando observamos desde tierra. Desde la mía, la gallega, estábamos acostumbrados a ese brillo, a un talento que se caracterizaba por aproximarse a la realidad desde un punto diferente al que lo hacen el resto de los periodistas. Manuel Jabois me recuerda a ese niño que, en cada cumpleaños, no espera a probar la tarta del trozo que le corresponderá cortado sobre su plato, sino que forcejea y se hace un sitio, entre el descaro y la insolencia, para pasarle un dedo a la tarta y ser el primero en saborearla. El que haya hecho eso en alguna ocasión sabe que la tarta no tiene el mismo sabor.

Nos vemos en esta vida o en la otra, editado por Planeta, nos vuelve a colocar ante ese niño frente a un gran pastel. Todos han tomado su trozo de tarta, a algunos se les ha indigestado, pero Manuel Jabois pasa el dedo por una parte que nadie ha probado, uno de esos esquinales que todo gran suceso presenta, pero que muchos desprecian. El periodista pone el foco en uno de los actores laterales, en la persona que se convirtió en el primer condenado por los atentados, Gabriel Montoya Vidal, conocido como Gaby, único menor implicado en la muerte de 191 personas. Varias horas de conversación entre ambos se trasladan a un texto pulcramente escrito, sin apenas licencias literarias, un aséptico discurrir de los acontecimientos desde el punto de vista de un menor que se vio involucrado como transportista de los explosivos desde una mina de Asturias hasta Madrid. Así es cómo nos encontramos con la historia de un joven que, como tantos delincuentes de poca monta, hacían de la calle su hábitat, el espacio en el que encontrar su territorio de dominio dentro de una sociedad en la que apenas existía lugar para él. Las malas compañías y el desapego hacia esa misma sociedad se encargaron de hacer el resto, así como una permanente frustración a la hora de relacionarse, en condiciones normales, con su entorno más próximo.

Letras de plomo que no pretenden justificar o buscar porqués, simplemente situar ante el lector unos hechos, trasladar una historia que formó parte de otra gran historia, y que se convierten así en una impresión sobre el ser humano y sus motivaciones o conductas en momentos determinados, sin calibrar todo lo que esos hechos pueden acarrear o las consecuencias que puedan originar. Simplemente preocupándose por el aquí y el ahora. Esa manera de escribir, desde una limpieza ajena a efectismos, logra centrarse sobre el hecho en sí, siendo sus protagonistas seres que no son calificados en ningún momento, sino que asoman como parte de una maquinaria de pequeñas miserias integrada en un ecosistema de odio y violencia para el que ninguno de ellos estaba preparado. Pequeños círculos cerrados que, como los aros metálicos de un mago, se van insertando entre sí de una manera, en ocasiones, sorprendente, siendo capaces, una vez unidos, de propiciar el caos y la destrucción.

Como ya hiciera Ramón J. Sender en Viaje a la aldea del crimen (recientemente reeditado por Libros del Asteroide), Gabriel García Márquez en Relato de un náufrago o, aunque de manera más literaria, Truman Capote en A sangre fría, Manuel Jabois recupera esa escritura periodística capaz de transmitir un relato real a base de una economía de palabras que incide en la capacidad de deslumbramiento de la verdad, única patria del periodista. En una entrevista concedida en 2009 a El País, Ben Bradlee, el ya fallecido director de The Washington Post, le regala a Juan Cruz el siguiente titular: “El fundamento del periodismo es buscar la verdad y contarla”. Manuel Jabois fundamenta así su labor, en la búsqueda de la verdad desde la necesidad del periodista por contar, haciéndolo ante unos lectores que encontrarán aquí a un narrador muy diferente al de sus columnas o artículos, en los que, desde su ingenio, retuerce la realidad durante unas líneas para que la contemplemos de diferente manera a cómo nos la suelen presentar la mayoría de articulistas. Aquel 11-M es imposible de retorcer y ya solo entiende de verdades; es decir, de la inocencia narrativa del niño que saborea la realidad, por muy dura que esta sea, entre las piernas de los adultos.