La hora del lobo

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texto MILO J. KRMPOTIC

La sueca Cecilia Ekbäck mezcla “thriller” y drama familiar en la gélida e inquietante “El invierno más largo” (Roca).

En la Laponia de principios del siglo XVIII, la vida bien podía consistir en una sucesión de mordiscos: el del frío infernal propio de esas latitudes, el del hambre consiguiente, el del encuentro con la bestia salvaje de turno… y, cómo no, el del hombre, siempre dispuesto a erigirse en el peor de los lobos para sus congéneres. Tal escenario suena peludo y, de la mano de la sueca Cecilia Ekbäck, a quien en absoluto le tiembla el pulso narrativo pese a su carácter de debutante, sirve para que el noir escandinavo dé un paso adelante a partir de esa mirada que ella lanza hacia el pasado.

Desde Henning Mankell, pasando por los Larsson (Stieg y Åsa) y desembocando en una Anne Holt, por ejemplo, el lector aficionado al género del crimen nórdico habrá testimoniado ya cierta tendencia septentrional hacia la misantropía, así como las perturbadoras posibilidades asesinas de la religión cuando los fieles se pasan de fanáticos o le añaden unas gotas de paganismo, el carácter castigador del clima progresivamente ártico y, claro está, las dificultades para conciliar una investigación policial como Holmes manda con la más elemental vida familiar. Pues bien, todo ello regresa condensado en las páginas de El invierno más largo, amplificado si cabe a partir de un episodio histórico similar al vivido por el clan de la autora: la emigración hacia Laponia, esa tierra blanca sobre la que hoy día se proyectan los colores nacionales de Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia.

Cecilia Ekbäck vivió precisamente en Rusia, pero también en Alemania, Francia, Portugal, Oriente Próximo y Reino Unido, antes de radicarse en Calgary, Canadá. Pero tal periplo, aparentemente debido a razones profesionales, jamás logró desmentir el viejo dicho: puedes sacar a la chica de Laponia, pero no podrás sacar Laponia de la chica. En efecto, El invierno más largo tiene mucho de regurgitación. Los paisajes son los mismos en los que transcurrió su infancia. Los personajes están basados en miembros de su familia o gente a la que conoció cuando llevaba coletas y las rodillas raspadas. Incluso asegura que durante esa época vivió en carne propia y de forma recurrente la emoción que con mayor intensidad atraviesa la obra: el miedo.

La espoleta creativa, cuenta, fueron las conversaciones que mantuvo con su padre mientras este luchaba infructuosamente con el cáncer. Tras su muerte, quiso averiguar más sobre la historia de su madre, de sus abuelos. Y se le ocurrió disponer todos esos conocimientos por escrito en forma de drama familiar ambientado en los años 1980. Con cada revisión, no obstante, el proyecto iba hundiéndose en el pasado, fue sufriendo un proceso de destilación que buscaba revelar el hueso, sus aspectos más crudos y esenciales, por ello casi míticos. Así, 1717 acabó siendo el año. Y el destino, Blackåsen, un monte imaginado pero, por primordial, íntimamente ligado a esos parajes de la memoria de la autora.

Paavo es un pescador que, por llevar tiempo sufriendo el peor mal para quienes desempeñan esa profesión, el pánico al agua, ha decidido llevarse a los suyos tierra adentro. Nada más llegar a Blackåsen, antes incluso de haber podido coincidir con alguna de las apenas seis familias que habitan en la zona, sus dos hijas pequeñas, Frederika y Dorotea, encuentran el cadáver de un hombre en un claro del bosque. Porque Paavo es bastante ídem, será su esposa, Maija, quien tenga que dar la voz de alarma y quien a continuación ponga en duda la versión de sus vecinos, según la cual las brutales pero precisas heridas que presenta la víctima han sido causadas por un oso. Mientras se van adentrando en un invierno sencillamente feroz, con Paavo ya fuera del retrato familiar pues ha partido en busca de un empleo lejano, Maija deberá luchar por alimentar y proteger a las niñas mientras intenta descubrir al responsable de lo que considera un asesinato, labor de zapa que la enemistará irremediablemente con las fuerzas vivas (y con las muertas también) del lugar. Y la supervivencia, lo mismo que la lectura, se torna una cuestión de dentelladas.

 

(Este artículo apareció en el número 6 de nuestra edición en papel. ¡Ya a la venta el número 7!)