Crimen, mentiras y lienzos

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texto ÁNGELES LÓPEZ

Manuel Calderón presenta a un artista asesino (o viceversa) en ‘El hombre inacabado’ (Berenice).

 

título El hombre inacabado

autor Manuel Calderón

editorial Berenice

330 págs. 19 €.

 

¿Se puede ser uno de los artistas más importantes de su tiempo y, a la vez, un asesino? Tras una personalidad sofisticada, tras el gusto por una vida suntuosa, se esconde un hombre vulgar, alguien educado en la penuria y el desarraigo, perseguido por su pasado. Supo imponer el magisterio de su obra, gracias a una inmoralidad sin límites y a sus cómicas dotes de manipulación, a una sociedad que prefería el arte a la verdad, la belleza a la justicia. Pero su incuestionable prestigio emprendió el camino hacia la ruina cuando reapareció en su vida la mujer a la que abandonó en su juventud, tan triste y pobre como él; la única persona que podía revelar su verdadera identidad. Su insolencia acabó traicionándole. Señalado por un prestigioso crítico de arte y por un estudioso marginal, el tribunal que le juzga por asesinato se convertirá en algo más que un ágora judicial... será un debate sobre el arte y la muerte.

 

MANUEL CALDERÓN (Peñarroya-Pueblonuevo, Córdoba, 1957) es periodista y licenciado en Filosofía por la Universidad Central de Barcelona, ciudad en la que ha desarrollado buena parte de su trayectoria profesional. Ha trabajado en periódicos como El Noticiero Universal, El Sol, ABC y La Razón, siempre dedicado a la información cultural, y fue redactor jefe de la revista de arte El Guía. Es autor de la novela Bach para pobres.Actualmente vive en Madrid.

 

Antonio Romero, conocido como Toni Oremor o, incluso, X, es “el artista que nunca existió”, aquel cuya obra se está haciendo y a la vez se está destruyendo. Lo que aborda en estas páginas Manuel Calderón no es literatura del mal, sino del sufrimiento, atendiendo a ecos de Coetzee o Gonçalo M. Tavares que siguen la estela de un fatal interrogante: ¿por qué existe la amargura? Se sirve del retrato de un artista de élite, autodestructivo, sometido a una desazón que adormece a golpe de burguesía, adocenamiento y la "protección" de una esposa y un estatus, que es solo humo que pasa... y mancha.

Oremor se nos muestra devastado por las dudas existenciales, aunque de cara a la galería las revista de pretenciosidad, escorando una biografía en la que no faltan sombras. El precio por pintar una obra mítica -para la que se sabe incapaz- devora cualquier posibilidad, no ya de genialidad, siquiera de solvencia. Solo una vez tuvo un conato de "gracia", cuando trazó aquella primera cruz para silenciar el doloroso blanco de la pared de una iglesia; alegoría de una rabia que ha perdido... Pero, en su lugar, se ha calcificado en pánico. El aullido interior del protagonista -que acepta haber matado a una mujer pero no asume su condición obrera- se mastica a través de cada capítulo como si de un thriller emocional se tratara. La narración avanza con una fluidez exquisita, sin precipitación y a través de unos secundarios maravillosamente tratados. Todos tienen el minuto de gloria preciso, sin estrecharlos ni elongarlos, innecesariamente. ¿Y qué decir de Teresa, la mecenas-amante-madre-entomóloga del artista, y verdadera protagonista de estas páginas? Simplemente perfecta

Después de este libro sobre "el mal casual" -como Bolaño en Los detectives salvajes-, Calderón ha entrado en la categoría de los autores que terminarán interpretando "el sufrimiento" como asunto casi seminal. Su prosa, que ya era buena en su primera novela, cada vez es más limpia, más firme. No sobra o falta una coma o un adjetivo. Acaso porque el autor no ha trazado una historia que "se guste", sino que busca el objetivo primordial de abundar en el tormento y la impostura, valiéndose de pericias narrativas que marcan la diferencia.

Es, en definitiva, la novela de un hombre formado, con un fuerte compromiso hacia el arte, y la imperiosa necesidad de construir lo que podría ser un manifiesto de su radical búsqueda de la trascendencia, a través de la palabra. La obra fascina. No quedan ateos en las trincheras de su prosa. Que el cielo de los narradores me perdone, pero DeLillo o McCarthy leerían a Manuel Calderón de poder dominar la lengua de Cervantes.