Frank Norris, la prematura muerte de un clásico del realismo “USA”

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texto NATALIA NOGUERA foto ARNOLD GENTHE

Gatopardo publica por primera vez los relatos de Frank Norris en castellano.

Una mujer de Guatemala, radicada en San Francisco, se inventa una historia. Cuenta que, cuando era niña, sus padres tenían una vasija de oro. Nadie la cree, solo un codicioso polaco judío que sueña con amasar una gran fortuna. El mito encuentra oyente. Deciden vivir juntos en una cabaña en lo alto de una montaña y, día tras día, él le pide a su mujer que le relate la historia de la vasija de oro. Después de un año tienen un hijo. El pequeño muere, la madre pierde la cordura y olvida su mentira. El hombre, resentido con la mujer, le exige que cuente otra vez la historia, pero ella es incapaz de reproducirla: ya no sabe de qué habla. Frustrado, la asesina. Luego enloquece.

Esta es la trama del cuento La vasija de oro de Judy, firmado por Frank Norris y publicado a finales del siglo XIX. Es uno de los catorce relatos recogidos, por primera vez en castellano y con traducción de Ramón de España, por Gatopardo en el libro Los mejores relatos de Frank Norris, y muestra algunos de los temas que son recurrentes en el autor: la cotidianidad y cómo los peores sentimientos del ser humano cobran vida de manera natural: avaricia, envidia, traición, crueldad…

Las piezas breves son las obras menos conocidas y difundidas de Norris. La editora, en el prólogo, advierte que, a diferencia de algunas de sus novelas, sus cuentos fueron escritos con mayor libertad, pues Norris no buscaba complacer a un público en masa: “En ellos nos habla de las fuerzas y poderes modernos”, así como de “la gente de las llanuras, atrapada en sus soledades y miserias”. No debe sorprender, entonces, que algunas de sus historias sean puro desconcierto y ambigüedad, con finales imprevisibles.

Norris nació en Chicago, en 1870. Su padre era comerciante de joyas y su madre, una reconocida actriz. Su adolescencia la vivió en San Francisco y, antes de dedicarse a las letras, quiso probar con el arte. A los 17 años se mudó a Francia para estudiar dibujo, pero se topó con la poesía de Émile Zola y Edgar Allan Poe, muy celebrado desde un principio en el país galo, y reconsideró sus elecciones profesionales. Fue cuando decidió dedicarse a la literatura.

Es inevitable hacerse una pregunta de respuesta imposible: ¿qué habría pasado si Norris no hubiera muerto tan pronto? En sus 32 años de vida, no solo logró una vasta experiencia como periodista, sino que también tuvo una amplia producción literaria que lo convirtió en uno de los representantes del naturalismo norteamericano. Trabajó como corresponsal de guerra en Sudáfrica (en la guerra de los bóers) y en Cuba (en la Guerra hispano-estadounidense), fue editor asistente y autor del San Francisco Wave y, como si fuera poco, escribió siete novelas, además de ensayos y relatos breves. Anunció la Trilogía del trigo, cuyo primer tomo fue El pulpo (1901), seguido por El pozo (1902), pero no llegó a escribir la tercera entrega, que según había declarado iba a titularse como The Wolf. Una peritonitis fue la responsable de su prematura muerte. 

Las historias de Norris están basadas en un conocimiento empírico de la sociedad, en agudas observaciones sobre la gente y los ambientes, pero además están dotadas de ingenio, humor y juegos de palabras. Los temas de Norris para sus escritos eran variados. Tal y como relataba una historia mínima, que podría ocurrir en un apartado lugar del corazón de California, podía también contar cómo era la vida de una pareja acomodada en la ciudad o, incluso, la desesperada búsqueda de un periodista por encontrar historias para publicar.