Un vendedor de humo en la Casa Blanca

 

texto NATALIA NOGUERA  foto ARCHIVO

Recuperamos el libro de Mark Singer "El show de Trump", donde retrata al nuevo presidente norteamericano como un bufón

Era un sueño...

Aunque llevaba el pelo negro y vestía un traje ordinario –abrigo de cuadros café y beige, corbata negra, camisa blanca–, la mueca ridícula con sus labios en modo duck face era inconfundible. Se trataba de Donald Trump. El empresario/político/xenófobo se había colado en un autobús de pasajeros latinos y estaba disfrazado como alguien de clase media. Su estrategia era hacerse pasar por uno de nosotros y convencernos de que él era la mejor opción para la presidencia. Yo, sentada a su lado, escuchaba una frase que salía de sus torcidos labios: “Debemos votar por Trump. Él nos salvará”. El engaño se hacía evidente en seguida. La Yo entonces. en Yo entoncesira me recorría desde los pies hasta la cabeza. Gritaba con histeria: “¡Bájenlo! ¡Es un miserable! ¡Es un farsante!”. Le miraba a los ojos: “¿Cree que nos va a engañar? ¿Cree que somos idiotas? ¡Pues no! ¡Abajo Trump! ¿De qué nos va a salvar?”. En honor a la verdad no recuerdo qué dije. Pudo ser algo así. Aún siento remanentes de rabia en el cuerpo.

Lo sé. Es un escenario absurdo, casi ingenuo. Una realidad imposible porque a) vivo en España, no en Estados Unidos; b) Trump difícilmente se subiría a un autobús para sentarse junto a un grupo de latinos y c) no sufro de ataques de ira. Justo cuando se desvanecían las imágenes de mi caprichoso subconsciente, me topé con el libro del colaborador de The New Yorker Mark Singer, El show de Trump. Perfil de un vendedor de humo. Con prólogo de David Remnick, editor de la reputada publicación, Singer actualiza el retrato que hizo de este pintoresco personaje en 1996. Cuenta cómo después de su publicación Trump le envió mensajes provocadores, en los que lo llamaba "perdedor total" y pésimo escritor. Remnick, por su parte, calificó a esta pieza como un clásico del género. Casualidad, mal presagio o infortunio, pero las frases y acciones del candidato que retrata en este perfil revivieron la rabia onírica. Luego, despertaron cierta angustia por el futuro. Pero también me hicieron reír.

Trump, presidente de los Estados Unidos, es un embustero. Es un hombre que, dice Singer, no puede evitar el uso de una muletilla “créanme”. Y, tristemente, a pesar de que la evidencia sugiere que debería hacerse lo contrario, muchos le siguen. Lo hacen en parte por su habilidad para hacer negocios. El mismo Trump se ha encargado de recordar en sus discursos que “parte de mi belleza es que soy muy rico”. En el discurso de lanzamiento de su campaña, dijo que amasa una fortuna de 9.000 millones de dólares y agregó: “No lo digo por alardear. Hago esto para mostrar que este es el tipo de pensamiento que nuestro país necesita”. Aun así, el hombre que usa su riqueza como una noble virtud de cuna, como un don de Midas que convierte en dólares lo que toca, dejó de pagar 800 millones de dólares a sus prestamistas a principios de la década de los 1990. También se ha declarado en bancarrota cuatro veces. La última fue en el 2009, luego de que su compañía no pagara 53,1 millones de dólares. Trump lo negó, lo niega y lo negará. Esto me recuerda el famoso refrán: dime de qué alardeas y te diré de qué careces.

Trump, quien se empeña en hacer que el gentilicio "mexicano" sea sinónimo de violador o de ladrón, dispara juicios como balas. En sus discursos ha mencionado varias veces que su país debe defenderse de la amenaza islámica y que es necesario recrudecer los ataques en su contra. Incluso ha dicho que los refugiados sirios son terroristas. No parece entender que huyen de ellos. Y, como si fuera poco, ha declarado que torturas como la del waterboarding “no son lo suficientemente duras”. Cuando se presentó como candidato, el 16 de junio de 2015, comediantes satíricos como Stephen Colbert o Jon Stewart lo celebraron: tenían material de sobra para muchos programas. Singer, sin embargo, lo vio con suspicacia y apuntó: “¿Para qué escribir acerca de la desmedida exhibición del autoerotismo trumpeano cuando todo el mundo lo estaba haciendo? No era necesario alimentar a la bestia. Sería mejor dejarla morir de inanición, ignorarla”. Hoy la bestia se ha convertido en un monstruo que se dispone a tragarse el país entero.

Trump, cómo no, también es machista. Sus frases lo demuestran. Dijo de su exesposa Marla Maples que tiene “buenas tetas”, pero “cero sesos”. Insultó a su contendiente del partido republicano Carly Fiorina: “Vean esa cara. ¿Alguien votaría por ella?”. Preguntó a la reportera Megyn Kelly si tenía el periodo durante una entrevista en la que ella trajo a colación las acusaciones de sexismo que se han hecho en su contra. Pero he aquí la cereza del helado: una de sus estrategias de campaña en redes sociales ha sido difundir imágenes de mujeres semidesnudas con el hashtag #TrumpGirlsBreakTheInternet (aunque realmente no han “quebrado internet”). Las mujeres tienen derecho a usar su imagen como quieran, de eso no hay duda. Solo me queda la incomodidad. Porque estas mujeres apoyan a quien las denigra.

Mi ira y angustia podrán ser ingenuas, aunque creo que, como en mi sueño, es evidente que el tipo del bronceado, el de la melena postiza y mirada artificiosa, no es más que una representación de sí mismo. No he vivido nunca en los Estados Unidos, ni tengo planes de hacerlo en los próximos años. Pero mi hermana, su esposo y mis dos sobrinos de origen colombiano viven en una ciudad de la Florida. Y yo me pregunto: ¿sería conveniente que un hombre que dice cosas como: “Soy muy educado. Sé palabras. Tengo las mejores palabras” sea el más poderoso del mundo? ¿Cómo se nos ha ido el chiste tanto de las manos? Singer da en el blanco: “Trump había aspirado a alcanzar y lograr el lujo máximo: una existencia sin el perturbador rumor de un alma”.

Este, señoras y señores, es el hombre más poderoso del mundo.

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