El misterio de Elena Ferrante

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texto NATALIA NOGUERA  foto ASÍS G. AYERBE

¿Quién es la escritora italiana que más seduce a los lectores?

Elena Ferrante es una invención. Es una mente que piensa y escribe en italiano. Dos manos que teclean. Un enigma. Ha retratado su ciudad en la saga Dos amigas, conocida también como la Tetralogía Napolitana: La amiga estupenda (2012), Un mal nombre (2013), Las deudas del cuerpo (2014) y La niña perdida (2015). Es una mujer o es un hombre. O un grupo de personas, quién sabe. Desde la clandestinidad, Elena Ferrante goza del éxito mundial que ha ganado con sus novelas y, al mismo tiempo, disfruta el anonimato que ha perseguido desde su primer libro, El amor molesto (1992). No firma ejemplares, no recoge premios, no aparece en televisión. Sus publicaciones tienen el sello de la editorial independiente italiana Edizioni E/O, manejada por Sandro y Sandra Ferri. Este matrimonio se precia de conocer a Ferrante en persona, aunque ciertos elementos suspicaces los señalan como creadores del seudónimo. Ha concedido entrevistas a pocos medios: Vanity Fair, Babelia de El País, The Guardian, The New Yorker, la revista Arcadia, The Sydney Morning Herald. Todas, menos la que ofreció a The Paris Review y que está firmada por los Ferri, han sido por correo electrónico. Y, en casi todas, Ferrante ha repetido su máxima: el autor es el libro. Las palabras deben ser suficientes.

Luego de publicar su primera novela (que fue adaptada al cine por Mario Martone y ayudó a instaurar el “mito Ferrante”), la autora escribió una carta dirigida a su editora: “Ya he hecho suficiente por esta historia: la escribí. Si el libro vale para algo, debería ser suficiente. No participaré en discusiones o conferencias, si me invitan. No iré a recoger premios, si alguno me es otorgado. No promocionaré el libro, especialmente en televisión, en Italia ni, si fuera el caso, en el extranjero. Seré entrevistada solo por escrito, pero preferiría limitar incluso esto al mínimo. Estoy absolutamente comprometida en este sentido conmigo y con mi familia”.

Y, sin embargo, el misterio de su identidad es el anzuelo que han mordido periodistas, críticos y lectores. Porque hay especulaciones. Que es el escritor Domenico Starnone. Que es su esposa, Anita Raja. Que es Ann Goldstein, la traductora de sus textos al inglés. Que se trata de una colaboración entre varios autores italianos. Que es una mujer de más de sesenta años nacida en Nápoles, que vive sola y es madre, que ha vivido en Grecia y que regresó a Italia, a Turín. Invariablemente, esta última descripción recuerda a Elena Greco, la protagonista de la saga Dos amigas.

En algo parece coincidir la mayoría: Elena Ferrante tiene espíritu de mujer. Rebecca Falkoff, experta en estudios italianos y autora de To translate is to betray: on the Elena Ferrante phenomenon in Italy and the US ("Traducir es traicionar: sobre el fenómeno de Elena Ferrante en Italia y Estados Unidos"), confiesa que, como lectora contagiada por la “Fiebre Ferrante”, encuentra “inaguantable imaginarla como un hombre”.

Lo mismo piensa Ferrante: “¿Han escuchado recientemente a alguien decir que un libro escrito por un hombre ha sido, en realidad, escrito por una mujer? ¿O, a lo mejor, por un grupo de mujeres? Debido a su extraordinario poder, los hombres pueden imitar al género femenino, incorporándose en el proceso. El género femenino, por otra parte, no puede infiltrarse en nada, porque es traicionado inmediatamente por su ‘debilidad’. La verdad es que incluso la industria editorial y los medios están convencidos de ese lugar común; ambos tienden a acallar a las mujeres que escriben en un gineceo literario”, dijo a Vanity Fair.

Coincidamos, entonces, en que existe una esencia femenina detrás de las historias de Ferrante. No importa ya si es una escritura a dos manos, a cuatro manos o a diez manos. Importa que su narrativa –brillante, ágil y, por lo mismo, destacable– recrea un universo desde una perspectiva nueva: la de las soledades, los miedos, los desencuentros y las complejidades de una amistad entre dos mujeres. La autora analiza cómo se construyeron los imaginarios femeninos en la sociedad patriarcal de Italia en la posguerra y deconstruye las fórmulas efectistas de amistad, para mostrar que son en realidad inestables, mutables y temporales.

 

 

Dos amigas es la historia de Rafaella Cerullo (Lila) y Elena Greco (Lenù), la narradora. Una es la antítesis de la otra: Lila es una morena vivaz y astuta, que esconde una parte perversa y salvaje. Lenù es rubia, tímida, inteligente y muy obediente. Nacieron el mismo día del mismo año en un barrio pobre de Nápoles. El vecindario es peligroso y violento. Cada persona parece estar destinada a un oficio en particular y la única manera de escapar es con la educación. La tetralogía empieza con una llamada. El hijo de Lila llama a Lenù para decirle que su madre ha desaparecido. A partir de su ausencia, Elena cuenta la historia de su amistad y teje, nudo a nudo, los hechos que la llevaron a admirar a Lila, a envidiarla y a quererla. El telón de fondo es Italia después de la Segunda Guerra Mundial y las situaciones cotidianas a las que las clases populares se vieron sometidas.

Cada una de las cuatro novelas aborda un momento de la vida. La primera habla de su infancia y adolescencia, y de cómo solo Lenù consigue entrar a la universidad para convertirse en escritora, mientras que Lila, aunque tenía el mismo sueño, se queda en el barrio. Ferrante recrea el universo formado por personajes provenientes de nueve familias, en donde los enfrentamientos, las frustraciones y la lucha por sobrevivir son el pan de cada día. Un mal nombre aborda la juventud de Lila y Lenù. Lila se ha casado con Stefano, de quien no está enamorada, pero que le permite ascender socialmente. Lenù, por su parte, lucha por convertirse en una escritora reconocida. Aunque en apariencia tienen una relación amorosa, en el fondo hay celos y envidia entre ellas. En Las deudas del cuerpo se hace aún más evidente la contradicción de su relación. Ambas están casadas y son madres. Lenù ha conquistado logros profesionales. Lila se ha separado de un marido maltratador. Y llega la traición. En la última entrega, Ferrante termina de componer el mosaico napolitano y cierra con maestría cada una de las historias que empezó tres libros atrás.

La historia es adictiva. Tiene el veneno de un culebrón, la profundidad psicológica de un thriller y una cuidada construcción de personajes con identidad propia. ¿Puede considerarse como feminista? “Hay que andarse con cuidado con ciertas palabras, como ‘feminismo’ ”, advierte Silvia Querini, editora de los textos de Ferrante en castellano. “El de Ferrante no es un feminismo que reivindique derechos explícitos, sino el despliegue de la feminidad en todos sus matices”. Y así es, hay que andar con cuidado. Es cierto que las protagonistas de la saga napolitana, Lina y Lenú, se dan cuenta de que han sido moldeadas en función del género masculino, pero Ferrante ha insistido en que no es una escritora feminista: “He amado y amo el feminismo porque, en América, en Italia y en muchas otras partes del mundo, logró promover un pensamiento complejo (…) Aun así, no me considero a mí misma una militante”. Ha sido influenciada por Elsa Morante, Clarice Lispector e, incluso, por Donna Haraway. Pero una manera más exacta de definirla sería como una “cronista de los andares de la mujer a mediados del siglo XX”.

Durante el momento histórico que relata Ferrante, “la tutela masculina sobre la mujer era casi un deber para el hombre”, continúa Querini y agrega: “Machos y hembras estaban atrapados en los tópicos que la sociedad había creado para ellos. Ferrante demuestra de una manera sutil y a veces perversa la manera en que las mujeres gobiernan mejor que los hombres el tópico: lo rodean, lo estiran y lo exasperan para su propio beneficio. Los juegos de seducción, física o intelectual, las llevan allá donde ellas se han propuesto llegar. Si caen, vuelven a levantarse. Por lo tanto, Ferrante es una ‘cronista’ de la complejidad”.

Vale decirlo: no todos son fanáticos de Ferrante. En un artículo publicado en La Stampa, el escritor italiano Paolo di Paolo argumentó que los lectores y críticos norteamericanos han adulado desproporcionadamente el trabajo de la italiana y que, en cambio, existen otros autores que no han recibido la suficiente atención, por no estar acompañados de ese aura de misterio: “Más que en sus libros, la fuerza de Ferrante yace en que no está ahí”.

Y es que la obsesión por conocer el rostro tras las palabras puede explicarse, en parte, porque la saga parece una autobiografía. El lenguaje simple, honesto y realista de Ferrante, las descripciones vivas de los lugares, así como la integración de la vida política y social de la época en el mundo privado de sus personajes, lleva a sus críticos y lectores a pensar que ella misma se esconde tras su protagonista; que así como Lenù se mira a sí misma en los ojos de Lila, la autora se refleja en ella. Como en un juego de espejos rotos.

Pero esta fijación con el autor se explica por otra razón. Dice Querini: “Es por esa costumbre heredada del romanticismo que asocia la buena obra al genio”. En el mundo actual, cuando se producen más imágenes que nunca y las redes sociales fomentan la exaltación de la identidad, el anonimato de Ferrante surge como un fenómeno atípico. “Ferrante solo nos entrega palabras –dice su traductora–. Con eso y nuestra imaginación podemos construir un mundo”.