Mallorca, capital del Más Allá literario

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texto y fotos NATALIA NOGUERA 

Roberto Calasso recibió el Premio Formentor a las Letras. El embrujo de la cultura se amañó en tierra mallorquína. 

Durante tres días, la poesía, el arte y la literatura se dieron cita en el Hotel Barceló Formentor, al norte de Mallorca. Más de cuarenta escritores, artistas, catedráticos, traductores y poetas conversaron sobre los fantasmas, las almas en pena y los espíritus que han acompañado la historia de las letras durante siglos. Se discutió en las jornadas sobre una de las posibilidades de la literatura: contar el mundo de lo invisible y hacer que tome forma en lo visible. Que es, justamente, lo que Roberto Calasso ha logrado en su obra formada por ocho libros: desentrañar las sombras que yacen en lo desconocido y convertirlas en ensayo, en narración.

Por supuesto, Calasso estuvo a la cabeza de la celebración. Antes del evento de entrega del premio, el jurado que le concedió el reconocimiento (formado por Basilio Baltasar, presidente; Victoria Cirlot, catedrática de filología románica en la Universitat Pompeu Fabra; Francisco Ferrer Lerín, poeta, narrador, filólogo, ornitólogo y traductor; Ramón Andrés, ensayista, y Vicente Verdú, escritor, pintor y periodista), discutió la obra del italiano. “Calasso se pregunta por la historia del mito”, aseguró Cirlot, “y el mito es lo más alejado del dogma”. Edgardo Dobry, traductor de varios libros de Calasso al español, destacó que hay en la literatura algo ilegible que debemos leer y que el escritor italiano explora esa relación entre lo visible y lo invisible. El escritor Vicente Verdú se explayó contra los escritores de novela: “Un narrador es un tontorrón”, y aseguró que, en contraposición, Calasso suscita preguntas, “provoca un pensamiento diferente y personal”.

 

Una hora antes de la entrega del premio, Calasso caminaba por los pasillos del hotel calmo, sin efusividad evidente. Pero fue en su discurso de aceptación, con el murmullo del viento colándose en su micrófono, donde tiró una premisa controvertida, a la vez que profunda: la literatura ha entrado en una fase de latencia. Recordó a los primeros ganadores del Formentor, Jorge Luis Borges y Samuel Beckett, en 1961, y aseguró que “difícilmente hoy un grupo de editores encontraría un territorio común en el que debatir, eligiendo al fin dos guardianes comparables a Borges y Beckett para sellar la paz”. Pero por lo mismo agradeció que “un grupo de personas afines se haya reunido para dar continuidad a la historia improbable y luminosa de la que he apuntado alguna muestra. Tanto mayor es, en fin, la gratitud por el hecho de que la atención de ustedes se haya cruzado con los libros de quien ahora les habla”.

 

 

El escritor italiano, también director de la editorial Adelphi, recibió el premio gracias a que su “obra discurre por senderos narrativos y reflexivos en donde la belleza literaria, el rigor conceptual y la intuición poética conforman una insaciable inteligencia”, según indica el acta del jurado. Así mismo, el rechazo natural de Calasso a todo dogma “y la continua tendencia a la apertura de caminos hacen de su pensamiento y su escritura un auténtico lugar de aprendizaje, una contestación a la modernidad y una luz que permite ver con la mayor claridad el fluir de distintas culturas y tradiciones”.

Durante el sábado, luego de la entrega del premio, los diálogos de las "Converses Literàries a Formentor" se centraron en los espíritus, los fantasmas, las almas en pena y las arpías. Obras como La vida privada de Henry James, discutida por Mercedes Abad; Jardín Umbrío, comentada por Antonio Enrique; Fausto, con anotaciones de Rafael Argullol, o El barón Bagge (de Alexander Lernet-Holenia, único autor repetido durante la jornada), discutido por Ignacio Vidal-Foch, sirvieron para que los autores invitados reflexionaran sobre sus pasiones. “El mundo del creador es solitario, pero tiene que partir del mundo exterior”, dijo Juan Antonio Masoliver. “La literatura es un viaje al Más Allá. Es un error que acierta. Una equivocación que es un éxito”, reflexionó José Ángel González Sainz. “Barbara Jacobs tiene una escritura con aristas”, dijo Sonia Hernández, y agregó que “hace reflexiones que nos ponen en una situación incómoda”. Y qué es el arte sino eso: subversión, una oposición, la búsqueda de una verdad particular.

El día del cierre, el agua de lluvia y las nubes se desplegaron como telón de fondo, un ambiente ideal para las sombras y los arcontes, sujetos de las conversaciones. Los autores Gonzalo Celorio, Cristina Fernández Cubas, Laura Siscar, Francisco Ferrer Lerín y Francisco Jarauta estuvieron a cargo de los primeros. Al comentar La invención de Morel, Siscar apuntó la importancia del eterno retorno y de “vivir cada momento como si tuvieran que vivirlo eternamente”. Son esas reflexiones las que atañen a la literatura: las posibilidades infinitas de existencias inventadas, pero a veces más verosímiles que la misma realidad.

La última mesa contó con David Rieff, quien discurrió sobre Dinero para fantasmas en un perfecto español; con Basilio Baltasar, que además de ofrecer intensos comentarios sobre El vagabundo de las estrellas entregó el discurso de cierre de la jornada; con Lila Azam Zanganech, la escritora iraní que discutió El asno de oro de Lucio Apuleyo y destacó el espíritu transgresor de las letras, el tema eterno en su trabajo. Y el broche de oro fue Roberto Calasso, quien hizo una lectura de K y destacó uno de los temas centrales de su obra: la culpa del sacrificio. “Era cazador: ¿qué culpa hay en eso?. Gracchus no sabe que su existencia es como una claraboya que se precipita, más claro resulta que su pregunta tiene una respuesta: Sí, hay una culpa. Es la culpa”.

Con aplausos del público y cierto pesar por la conclusión de las jornadas, los autores dejaron Mallorca. Hasta que vuelvan a encontrarse, allí o algo más allá.