Atrapados entre la certeza de los ignorantes y la duda de los inteligentes

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texto  José Ángel López   Foto Archivo Infinito

La filósofa Victoria Camps despliega su “Elogio de la duda”

 

Como define Victoria Camps en su último y delicioso libro Elogio de la duda (Arpa Editores) lo que caracteriza y hace atractivo al ensayo “es el carácter subjetivo del discurso, que el centro de atención y el lugar de donde fluye el pensamiento que se expresa en el ensayo sea el yo… el de cada uno, el yo empírico”. Es decir, en cierta medida, la teoría sin la prueba explícita que definía Ortega. No obstante, estamos cada vez más habituados a la confrontación, a los discursos extremistas fundamentados en certidumbres absolutas. Nadie convence a nadie de nada; no hay espacio para el diálogo ni para la práctica de la escucha activa.

Como resaltaba Bertrand Russell en buena medida las dificultades del mundo pasan por la seguridad absoluta de los ignorantes y la duda permanente de los inteligentes. Nada perturba más que un individuo que no duda sobre nada. Alrededor de este tema se estructura este “ensayo” de Camps que hace un recorrido por los diversos escenarios de la intolerancia derivada de las certezas absolutas: el oscurantismo doctrinal de las religiones, los dogmas de la tribu en sus diferentes manifestaciones (nacionalismos excluyentes, terrorismo al servicio de cualquier pensamiento radical) la búsqueda de la verdad a través de la moderación, la filosofía como ficción;

Dejar de pensar, como forma de entrega a un fanatismo que nunca duda, es lo que violenta las verdades éticas “condensadas en tres máximos valores: la libertad, la igualdad y la dignidad, que deben ser entendidos como exigencias inalienables de la condición humana” y que son el sustrato sobre el que no hay que extender la duda. Este ensayo, altamente recomendable, realiza un recorrido por los principales exponentes filosóficos de la duda de una forma brillante, sencilla para los profanos en la materia y amena.

Mientras algunas mentes brillantes abogan por el sano ejercicio de la duda asistimos –perplejos- al sectarismo de aquellos que son gregarios sumisos de prácticas que, por lo demás, no dejan de constituir técnicas terapéuticas de eficacia relativa pero que, en ningún caso, constituyen la certeza que algunos de sus practicantes plantean a sus “pacientes” como el remedio de todos los males para su feligresía. Una reciente biografía sobre Freud -demoledora- plantea las notables deficiencias de base de los planteamientos pseudocientíficos del gran profeta de la secta que posteriormente se ha generado en torno a sus “mandamientos”.

La obra de Michel Foucault, Enfermedad Mental y Psicología (ed. Paidós) defiende una tesis, sostenida en este texto que fue publicado originalmente en 1954, que en el ámbito de determinadas corrientes, escuelas o “sectas” psicológicas parecen haber olvidado en aras de la “duda”: la psiquiatría se mueve -como especialidad médica- en un mundo científico, en sentido estricto.

Por el contrario, la cientificidad de determinadas prácticas que se cobijan bajo el gran paraguas psicoterapéutico no deja de tener un mero carácter instrumental y aparencial. Un estudioso de Lacan -como Foucault- destapa en este ensayo como la psicología “jamás podrá dominar la locura, y hay una buena razón para ello: que la psicología no pudo existir en nuestro mundo hasta que la locura no estuvo dominada y excluida del drama”. Rastrear las raíces filosóficas conectadas con el surgimiento de la psicología es muy recomendable-lo realiza Foucault- y puedo permitirnos discernir entre un carácter homeopático de esta última-fundamentada en el efecto placebo de la misma-y un conocimiento más profundo del sustrato de las enfermedades mentales.