“El primer hombre fue el primer filósofo”

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texto:  Gonzalo Santiago  foto: Jesús Javier Matías

 

Javier Gomá, cráneo privilegiado

 

“Yo soy el individuo. Primero viví en una roca (allí grabé algunas figuras). Luego busqué un lugar más apropiado. Yo soy el individuo. Primero tuve que procurarme alimentos, buscar peces, pájaros, buscar leña… hacer una fogata, leña, leña, dónde encontrar un poco de leña, algo de leña para hacer una fogata. Yo soy el individuo…” El desesperanzado poema de Nicanor Parra, para algunos, como Roberto Bolaños, uno de los mayores genios de la poesía chilena, es un recorrido por la historia de la humanidad, por las distintas fases de la evolución humana. Es el discurso de quien habla sólo, con uno mismo, y se pregunta el porqué de este incierto camino que es la vida.

En el poema pensaba mientras contemplaba los fósiles hallados en Atapuerca, de individuos de una antigüedad cercana al medio millón de años; en esos albores en los que el que el hombre comenzó a hacerse preguntas, a pensar en su trascendencia, en el más allá, en la muerte.

Imaginar los inmensos espacios temporales que nos han precedido puede resultar angustioso, pero si en ese viaje te acompaña el filósofo y escritor Javier Gomá la experiencia se convierte en reveladora. Doctor en Filosofía y Licenciado en Filología Clásica y Derecho, Gomá es de aquellos que no dejan de hacerse preguntas para hallar siempre respuestas que plantean nuevos interrogantes. Durante el día que pasó en el Museo de la Evolución Humana de Burgos para presentar su último libro ‘Filosofía Mundana. Microensayos Reunidos (Ed. Galaxia Gutemberg) no dejó de interesarse sobre las especies descubiertas en esta ‘montaña mágica’ que es la Sierra de Atapuerca, su filogenia, lo que aún queda por conocer… yo aproveché el momento para preguntarle por el gran misterio que nos aguarda a todos.

“Casi todo lo distintivamente humano nace de la conciencia de la muerte. Yo distingo entre muerte y mortalidad; la muerte es algo muy vulgar, que acontece también a los mosquitos. Es la vivencia de esa mortalidad lo que nos hace humanos; es un privilegio moral reservado exclusivamente al hombre”. Una primera conciencia moral de esa finitud quizá fue lo que empezó a distinguirnos como humanos; la desgarradora certeza de vivir para morir, de estar para desaparecer. Esa sensación comenzó a despegarnos del resto de especies, a ensimismarnos. En Atapuerca se han descubierto ofrendas funerarias que podrían significar, según los arqueólogos, huellas de ese primer pensamiento simbólico en la muerte. “Es una conciencia que podríamos denominar ontológica, porque tiene que ver con el tipo de ser que somos: somos seres mortales y lo sabemos y precisamente porque lo sabemos nace todo lo típicamente humano. Nos enamoramos porque el objeto de nuestro enamoramiento es efímero, ¿por qué protegemos a nuestros hijos? Porque sabemos que son vulnerables, ¿por qué producimos arte? Porque queremos dar continuidad a lo que no es perdurable.

Dentro de mi consustancial pesimismo le digo que el ser humano está condenado a una lucha que de antemano sabe perdida y trata de vivir como si fuera a ganarla, que en eso consiste el ‘Oficio de Vivir’ –recordando a Cesare Pavese-. Él en cambio apuesta por vivir la mortalidad como palanca para existir de otra manera; pensar en la muerte como impulso para vivir con mayor intensidad. “La muerte está permanentemente presente en nuestra sociedad en forma de imágenes o noticias, pero lo que escapa a nuestra reflexión es la mortalidad, viviríamos de otra manera si fuéramos conscientes de que somos seres temporales, seres contingentes”.

Javier Gomá habla y se mueve con elegancia, con pausa, pasa de un tema a otro sin esfuerzo aparente, ante las cuestiones inabarcables y enigmáticas que nos plantea este inmenso museo que recorremos con tranquilidad. El misterio de la humanidad, del universo, de la realidad, la infinitud de enigmas que plantea la evolución humana, los infinitos espacios temporales que nos han precedido, la insignificancia del presente. ¿A qué agarrarse para explicar este desaguisado? ¿A la Ciencia? ¿A la Filosofía? “La Ciencia tiene siempre que explicar la causa última y lo tiene muy complicado porque siempre puedes pensar en la causa última que no es causada. Por su parte, la religión tiene otra incomodidad y es la de preguntarse por qué un Dios bueno, sabio y todopoderoso ha hecho un mundo tan mal hecho”. En su opinión, el problema entre Dios y Ciencia no hay que situarlo en el Dios físico, sino en el estudio de las relaciones interpersonales que tienen que ver con la empatía, la simpatía, la confianza; conceptos que no funcionan desde el punto de vista científico. “Creo que es ahí donde se ha producido el mal entendido con el problema de Dios. El Dios físico es el que genera incomodidades, hay que volver a reflexionar sobre el Dios persona”.

En este punto recuerdo que Einstein dijo alguna vez que hay dos formas de ver la vida: una es la de creer que no existen milagros, la otra es creer que todo es un milagro. ¿Somos un milagro? ¿Fue la evolución humana un milagro? ¿La obra de un gran arquitecto? “Las leyes que rigen el mundo son plenamente autónomas. Yo al menos no reconozco ningún diseño inteligente que haya seguido la evolución humana porque sí existiera tal diseño desde luego no lo consideraría nada inteligente”, Cree que el hecho de que poseamos una dimensión espiritual, que reconoce (“el hombre presenta un torso no natural, casi se podría decir que antinatural”), no desafía necesariamente las teorías evolutivas, sino que es resultado de una configuración histórica que se alumbra en un momento dado. Por tanto, lo humano es humano y no divino. “A mí me gusta poner el ejemplo de los Derechos Humanos; somos los seres humanos y no una divinidad exterior los que les hemos otorgado su valor trascendente en un determinado momento. El arte, el lenguaje, la filosofía, la poesía, el descubrimiento de la intimidad y, sobre todo, el último estadio de la evolución, la individualidad, tienen una configuración histórica, se alumbran en un determinado momento, pero que una vez concebidos tienen autonomía, sustancia”.

Existe entonces una realidad no verificable con los métodos de la ciencia que es válida para lo eminentemente humano. “La Ciencia es siempre una rama especializada y positiva, pero eso no significa que posea el monopolio del conocimiento de la realidad. En cambio, la Filosofía, tal y como yo la veo, es un intento de explicación de la totalidad del mundo, de la imagen del mundo, un intento de diseñar el cuadro entero respecto al cual las ciencias especializadas tienen que hacer aportaciones, pero de ningún modo contar con el monopolio”.

Empate a los puntos entre Filosofía y Ciencia –pienso- y le preguntó en qué lugar reside la verdad de la Literatura, incluyendo a la Filosofía en este terreno. “Lo que para la Ciencia es la verificación para la Literatura es el consenso, el acuerdo que se va trenzando generación tras generación de que determinados textos siguen siendo fecundos o ¿es que alguna vez alguien ha verificado en un laboratorio a Platón, Sófocles, Aristóteles, San Agustín o Kant? ¿Es superior Tolstói a Goethe, éste a Shakespeare, éste a su vez a Dante, Virgilio y Homero? Carecemos de un criterio objetivo que determine la verdad literaria. El espíritu artístico no progresa, sino que deviene, y las obras maestras, incluso las más antiguas, disfrutan de una actualidad simultánea”.

Esto lo dice alguien que se siente sobre todo escritor, con una vocación que él califica de totalizadora y que, en su caso, fue muy temprana y violenta, casi salvaje, aunque de maduración tardía; su primera obra, el primer libro de su Tetralogía sobre la Ejemplaridad, lo publicó con 38 años. “La vocación literaria es una excentricidad que añade complejidad a tu vida y representa un empobrecimiento, ya que sólo concentras tus energías en una de las múltiples posibilidades que te ofrece la existencia”. Una anomalía vital que también le provocó ansiedad en su juventud, como ha dejado escrito: “Ahí tenemos a un hombre preñado de vocación soportándose malamente a sí mismo y sobrellevando su extraña gravidez en el lento rotar de las estaciones, abandonado a la más perentoria y solitaria ansiedad”.

Pero un día llega -o no- la iluminación y como a Marcel Proust le sorprendió encadenando resurrecciones de memoria, Gomá concibió su aportación a la Filosofía con cuatro volúmenes sobre ese valor tan repetido en la actualidad que es la Ejemplaridad, ofreciendo un gran relato y proponiendo un ideal justo cuando nuestra condición postmoderna sospecha de los grandes relatos. Él, en cambio, cree que la Filosofía debe volver a ser gran Filosofía y proponer un ideal cívico para el hombre democrático ante un escenario de descreimiento general, de subjetivismo, en la llamada era del fin de las ideologías. “Yo lo he intentado con estos cuatro libros, que pretenden iluminar diferentes sectores de la Ética, el Derecho, la Estética, la Antropología, la Ontología, la Ciencia Política, la Sociología. No se puede aspirar a un ideal que sea válido para todas las épocas y para todos los regímenes del mundo, que nunca pueda ser sustituido o mejorado, pero nuestra época tiene que producir una gran Filosofía, un gran Arte, una gran Teología, una gran Literatura y no veo ninguna razón para resignarse y decir que esos grandes relatos forman parte de épocas pasadas”.

Después de visitar el Museo, en el debate que surgió tras la presentación de su libro, alguien del público le preguntó si en realidad sabíamos hoy en día para qué servía la Filosofía. “Todos somos filósofos porque todos tenemos una interpretación del mundo; vivimos el drama de la existencia y la misión de la filosofía es dar razón a ese caos. Un filósofo es como ese portero de fincas que custodia las llaves de la vivienda y conoce sus datos fundamentales”. El filósofo pues, custodia la llave de la vida. “En la vida se vive, se sufre, se ama, se envejece, se muere. ¿Quién no acudiría a ese portero para pedirle explicaciones sobre nuestra vida?” En consecuencia –dice casi con sorna- “la filosofía es una actividad de porteros”.

Por eso insiste en que en los últimos treinta años ha desertado de su misión de proponer un ideal a la sociedad de su tiempo y que la gran Filosofía ha sido sustituida por un modo vicario de filosofar: “Su enseñanza se limita a hablar sobre la historia del pensamiento o a ensayos de corte existencialista y no a proponer una imagen del mundo completa e unitaria. Ya no se trata de hablar de la vida, sino de libros que hablaron de la vida cuando la Filosofía es, como a mí me gusta definir, la apropiación de tu propio tiempo con el pensamiento”.

Gomá mantiene que la Filosofía es hermana de la Literatura y que ha perdido vigencia justo cuando ha abandonado su condición literaria, queriendo parecerse a la Ciencia: “Lejos quedan los tiempos en que filósofos –Rusell, Sartre- merecían el Premio Nobel de Literatura”. En su opinión, el filósofo es un novelista, un creador de lenguaje que propone un relato veraz, aunque inverificable y que por tanto ha de desarrollar un sentido poético, cuidar el estilo aunque, como señaló Wittgenstein, “la poesía muestra, mientras que la filosofía dice”.

¿Y el futuro? Él, que se define como hijo gozoso de su tiempo, no está de acuerdo con la desmoralización con la que vivimos el presente. “Con perspectiva histórica nadie desearía vivir en una sociedad o en una época distinta a la actual. Vivimos en el mejor momento de la historia”. Abstenerse pues pesimistas y agoreros, incluso los que vaticinan el fin de la Literatura ante la falta de lectores comprometidos y atentos por la influencia de las nuevas tecnologías. “En la época en la que Thomas Mann escribió la ‘Montaña Mágica’ sólo un cinco por ciento de la sociedad alemana y austriaca, personas todas de clase alta, tenían la suerte de acceder al libro; hoy cualquiera lo puede leer en papel o en formato digital”. Tengo que admitir que razón no le falta.

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Comentarios (1)

  • Invitado - Una Persona

    En resumen: la humanidad, la ciencia, la creación, la filosofía son profundamente masculinas. No hay absolutamente ninguna mención a ninguna pensadora, creadora, científica. No hay absolutamente ningún sujeto (gramatical o social) femenino en este texto sobre El Hombre. El portero de fincas guarda las llaves del saber (las porteras sólo cotillean). Un perfecto diálogo entre caballeros.