En Islandia hay una erupción de literatura

 

texto:  Santiago Birado 

 

Las crónicas reunidas de John Carlin y las novelas de Jon Kalman Stefansson, Sjon y Steinar Bragi nos llevan a recorrer una geografía extraordinaria

 

Islandia es un país de 300.000 habitantes: tiene una de las mayores rentas per cápita del mundo y uno de los índices de criminalidad más bajos. Cuando los nórdicos –esto podría aplicarse a noruegos, suecos y finlandeses- escriben novelas policíacas no escriben género negro sino ciencia-ficción. En Islandia los policías no llevan siquiera pistola, salvo un grupo de élite al que llaman los Vikingos. Las crónicas del país que el periodista John Carlin ha reunido en un libro las ha titulado Crónicas de Islandia, el mejor país del mundo (La Línea del Horizonte Ediciones). Aunque igual que la felicidad es el preámbulo de la desgracia, lo mejor siempre es la antesala de lo peor.

Carlin, que siempre tiene buenos contactos (ahí están sus biografías de Mandela o de Rafa Nadal) antes de su primera visita al país -unos años atrás- consultó al islandés que tenía más a mano: el futbolista del F.C. Barcelona, Gudjonssën y este le dio el contacto de su propia madre para que le dijera a quién tenía que visitar para hacerse una idea cabal del país. En estas crónicas vemos cómo Carlin enseguida queda subyugado por el ambiente apacible, lo bien que hablan inglés y el bienestar económico que se respira. Le cuentan que la gente tiene tanto dinero que no saben en qué gastarlo. En un país incrustado en el Círculo Polar Ártico en ese la importación de motos de gran cilindrada se ha disparado.

Uno se pregunta: si Islandia es un paraíso terrenal donde atan los perros –aunque sean huskies- con longanizas, ¿por qué la literatura tiende a ser tan inquietante? Igual la respuesta a esa falta de alegría la tiene el –olvidadísimo- premio Nobel islandés que rescata Carlin, Háldor Laxness que escribe: “Donde el glaciar se eleva hacia el firmamento, la tierra deja de ser de este mundo y se vuelve celestial. Allí no puede haber penas, de modo que no es necesaria la alegría, sólo manda la belleza”.

Se ha publicado ahora en España la nueva novela de Steinar Bragi, uno de sus autores emergentes, El silencio de las tierras altas (Destino). Bragi nos sube a un coche en el que dos parejas de jóvenes viajan por el interior del país. Es una noche gélida en las cercanías del volcán Askja cubierto por la nieve. La niebla es espesa como el puré de guisantes de las novelas londinenses de Fu-Manchú escritas por Eric Rohmer. No hay cobertura de móviles. Se desorientan. Ya no se ve ni el asfalto que tienen delante y se cruzan una zona pantanosa donde uno de ellos, en una de esas bromas que tratan de disimular los nervios pero sólo los crispan, recuerda que allí han encontrado caballos de la Edad Media bien conservados en el lodo. Afuera la temperatura ha caído vertiginosamente y la angustia va creciendo dentro del coche. De repente, un golpe que los hace frenar en seco, cristales rotos, confusión, el motor echando humo. Se han estrellado contra el murete de una casa perdida en medio de la nada, de la que sale una pareja de ancianos con ojos espantados. Es una pareja extraña. Les ruegan que no salgan de la casa hasta el amanecer en una casa con puertas que no deben cruzarse. Ya sabemos lo que es una novela de angustia y extravío en la noche que te lleva al lugar equivocado, pero aquí veremos cómo deriva hacia el conflicto del cuarteto, que salta en pedazos. Un Stephen King a la islandesa, pero con menos trucos.

Otros dos autores, con más galones que Bragi, también acaban de publicar libro en este verano a la islandesa: Sjón y Jon Kalman Stefánson. Los tres tienen algo en común, una marca a fuego de los autores islandeses: el peso del clima, el mapa y el territorio. Este país es una isla en medio del océano peligrosamente cerca del Polo Norte que debería ser poco más que un cubito de hielo flotante. Está más al norte que la mayor parte de Alaska. Pero la Corriente del golfo que crea corrientes de aire caliente que atemperan el clima y la hacen vivible. Sin embargo, el Norte acecha y aquí la naturaleza se percibe fuerte, poderosa, diseñadora de paisajes maravillosos y capaz de crear infiernos devastadores para la insignificancia humana.

Una de las cosas que sorprende la primera vez que pisas Islandia es que es un país en el que la tierra late. En Geysir, a hora y media en coche de Reikiavic, los géisers funcionan como un corazón enterrado en el cuerpo arcilloso de la isla: el latido del agua en las pozas se va haciendo más y más grande hasta que estalla en un chorro de agua caliente que recuerda que este es un país de volcanes. En 2010 el Eyjafjallajökull se puso a fumar en pipa y obligó a cancelar más de 5.000 vuelos de la todopoderosa industria aeronaútica europea. Aquí la naturaleza no está al servicio del turismo ni de la empresa. No se deja domesticar.

En la anterior novela de Jon Kalman Stefanson, Entre cielo y tierra (Salamandra), sentías el peso de las fuerzas primigenias como si al abrir el libro abrieras una ventana al vendaval. El paisaje tiene un magnetismo extraordinario. La belleza es extrema, tan extrema que mata. Uno de los personajes dice “La bahía de Faxaflói es ancha”. “¿Cómo de ancha?”, le preguntan. “Tan ancha que la vida no consigue cruzarla”. La vida de los pescadores que relata Stefanson es dura, muy dura. El muchacho del que nunca nos dice el nombre es el hilo conductor de su mirada hacia ese Far west islandés que son los West Fjords. A los pescadores el mar les da la vida y también se la arrebata. El chico se quedará huérfano en ese rincón el mundo donde los cielos pueden irritarse hasta arrasarlo todo, pero donde la comunidad, con sus momentos de mezquindad y también de entrega, subsiste y aún es capaz de asombrarse ante la magnificencia que los rodea y también los sitia. En ese lugar donde el invierno se convierte en una larguísima noche de varios meses, el autor nos dice que “Somos casi oscuridad”. Alegrías, pocas.

La segunda novela, La tristeza de los ángeles (Salamandra) tiene un título esclarecedor. Es una continuación de la anterior (será una trilogía) y vemos cómo el muchacho huérfano, al que el mar le ha arrebatado la familia y su único amigo verdadero, va a parar a la posada de Helga. Allí nos reencontramos con la bella e independiente Geirprúdur, a la que la rancia comunidad la quiere casar a toda costa porque su libertad es un mal ejemplo para el resto de las mujeres. Encontramos personajes que beben para calentarse y luego siguen bebiendo hasta caer redondos. Uno de ellos es el cartero Jens, al que han de ayudar a bajar del caballo porque llega con las piernas casi congeladas después de su larga ruta para traer cartas y noticias a ese inhóspito rincón.

Los jefes bordes no son un invento de la sociedad capitalista. El de Jens le tiene una tirria visceral, tal vez porque Jens se niega a hacerle caso cuando le dice que atraviese los fiordos en barco para ganar tiempo. Él es hombre de pisar tierra firme y prefiere subir y bajar montañas que bambolearse en el mar invernal a merced de lo que diga el viento. El doctor Sigurdur, farmacéutico y cacique local que dirige también el servicio de correos lo manda, sin dejarlo descansar a cubrir una ruta desconocida para Jens, seguramente con la intención de que fracase y tenga la excusa que necesita para despedirlo. Jens y el muchacho, turbado por las primeras señales del amor, emprenden el viaje hacia el interior del país en una travesía épica en la que suben glaciares, tropiezan y se levantan y, sobre todo, terminan mirando en la misma dirección. Un país del que Steffanson nos dice que “el cielo dispone de una cantidad infinita de nieve”. Un relato que tiene su propio tempo, no apto para lectores con prisas, pero en el que si entras, quedas hipnotizado.

Mucha nieve hay también en algunas novelas de Sigurjón Birgir Sigurdsson, que firma sus libros como Sjón, que significa “visión”. Sjón ha colaborado con la artista totémica de Islandia, Björk, para la que ha escrito varias canciones. Aquí Björk es un icono. El gobierno, en reconocimiento a su valiosa aportación en dar a conocer Islandia por el mundo (y atraer turismo e inversiones) le dio en usufructo una isla. Hubo cierta polémica, sobre todo porque la mayoría de sus canciones están en inglés y su domicilio fiscal a muchas millas náuticas de su país. Pero en Islandia se discuten los detalles pero se está de acuerdo en lo fundamental; se lo confirma a Carlin el escritor Hallgrimur Helgason (autor de 101 Reykjavik): dos cosas han dado la vuelta al país en pocos años, la cantante Björk que ha atraído a personalidades de todo el planeta y la derogación de la ley que prohibía el consumo público de cerveza en 1989.

El cambio ha sido radical en dos décadas, veinte años atrás sólo había dos restaurantes en Reikiavik y ahora hay docenas del máximo nivel internacional. Lo corroboro. En un restaurante con esa calidez nórdica de paredes forradas de maderas con tratamientos naturales, montones de cuadritos y cortinas festoneadas como si fuera la casa de la abuela de Caperucita, anuncian en la carta frailecillo. Ese pájaro de pico anaranjado es el emblema nacional: está en camisetas, gorras, imanes de nevera y hasta en las cazuelas. Pero al pedir el plato lo que aparecen son tres tiras minimalistas con unas artísticas gotas de salsa y cinco hojas de algo parecido a la lechuga. Desde que pasean por aquí Robert de Niro, Clint Eastwood o personajes de la jet set mundial, la cocina de diseño ha llegado a la dura Islandia.

En El zorro ártico, obra extraordinaria con la que Sjón ganó en 2005 el premio de Literatura del Consejo Nórdico, de nuevo topábamos con una naturaleza arrolladora que no sabe nada de estrellas de la música ni estrellas Michelín, sino de las que brillan con una luz helada en los días despejados. Un libro lírico, con un punto de humor en la persecución obcecada del pastor Baldur Suggason del zorro escurridizo, pero también áspero e incluso muy duro, como cuando explica cómo en esa inmaculada Islandia un siglo atrás se hacía desaparecer a los niños que nacían con síndrome de Down con el amparo social y eclesiástico. Acaba de publicar El chico que nunca existió (Nórdica), una novela urbana (cosa rara en la literatura islandesa) centrada en Reikiavik. Quizá al faltar el componente telúrico, en esta novela Sjón brilla menos. También el tema es más sórdido: la gripe española que llena la isla de cadáveres, la clandestinidad del protagonista ejerciendo a escondidas de chapero en la hipócrita sociedad de mediados del siglo XX... Y, sin embargo, al final hay una redención, a través precisamente de la ventana a la luz y la imaginación que eran para él la pantalla de cine, cuando por fin se marcha –o lo expulsan- de esa ciudad mustia y provinciana y regresa con los sueños cumplidos, como profesional del cinematógrafo. Porque en los libros de Sjón hay una pulsión por ir más allá de la peripecia y buscar un sentido trascendente de las cosas.

Una trascendencia que en Stefansson es aún más acentuada, a veces incluso excesivamente subrayada, pero estimulante. Nos dice en La tristeza de los ángeles: “Sería cuestión de subir a las montañas en las noches serenas y oscuras como el infierno en busca de la locura o la felicidad, y entonces quizá le encuentres el sentido a la vida”

Porque hay un dato a tener en cuenta: Bragi, Stefansson y Sjón, los tres antes que novelistas son reconocidos autores de libros de poesía. En Islandia los volcanes arden, la tierra se hiela, los géisers saltan… la naturaleza es tan tremenda que no se puede ser escritor sin ser poeta.

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Comentarios (1)

  • Invitado - Enrique Bernárdez

    Un artículo interesante. Lástima que se conozca tan poco la literatura islandesa. Llamar "olvidadísimo" a Laxness, que está permanentemente en el candelero literario en otros países... ¡incluso EEUU!, una de cuyas novelas (Gente independiente) figura siempre en las listas de 100 mejores novelas del siglo XX (no hay ninguna española; si García Márquez), que se ha retraducido íntegro al alemán, etc etc... Lo malo de este país es que lo que no leemos nosotros pensamos que no se lee en ningún sitio. Por otra parte, decir que la novela urbana es rara en Islandia... es no saber de qué va el mundo literario islandés (puede recurrirse a las novelas de Gudbergur Bergsson publicadas en Tusquets, por ejemplo, pero también a las de Hallgrímur Helgason (en español hay dos: 101 Reikiavik y La mujer a 1000º), etc etc etc. Así que gracias y enhorabuena por interesarse por la literatura islandesa, pero hay muy a mano información que habría venido bien tener en cuenta.