En 2017 “La Guerra de las Galaxias” cumplirá 40 años

 

Texto:   Jordi Costa

 

El recuerdo de aquel estreno estelar en una galaxia muy lejana

 

Entre el 25 de mayo de 1977 (fecha del estreno de “La guerra de las galaxias” en Estados Unidos) y el 7 de noviembre de ese mismo año (fecha del estreno del clásico de George Lucas en nuestro país) pasaron, realmente, muchas cosas. Una de las más pintorescas estuvo protagonizada por un joven italoamericano de Pensilvania llamado Domenico Monardo, que, tras asistir a la puesta de largo de la súper-producción en ese primer día bautismal, repitió al día siguiente (cuatro sesiones en una jornada) y decidió invertir el fin de semana prolongando la obsesiva adoración de ese nuevo fetiche pop. Esta, pues, bien podría ser la historia del primer fan de starwars, pero Monardo, que por entonces no era ningún adolescente impresionable, sino un señor de treinta y ocho años con gafotas a la moda, se convirtió en algo más. Músico de sesión y productor de música disco al servicio de estrellas como Gloria Gaynor y Carol Douglas, Monardo tuvo una iluminación: llamó a las puertas de Casablanca Records –el hogar de Donna Summer y Village People, entre otros- y propuso a su capitoste Neil Bogart su proyecto de adaptar a las pistas de baile el tema principal que había compuesto John Williams para la película. Nacía así, tan sólo tres semanas después del encuentro entre Monardo y Bogart, “Star Wars and Other Galactic Funk”, primer elepé de la banda Meco, que logró convertir su single “Star Wars Theme/Cantina Band”, con su rauda escalada a las listas de éxitos y sus dos millones de copias vendidas, en el disco instrumental más vendido en toda la historia de la música popular.

 

      Sí, la ortodoxia jedi quizá considere, a día de hoy, lo de Meco como una mera nota a pie de página en la historia del Imperio Galáctico de George Lucas, pero espero que nadie se escandalice si digo que, por lo menos para mí, en todo esto… en el principio, fue Meco. O, sobre todo, la manera en que el single de Meco fue girando una y otra vez bajo la aguja de mi tocadiscos, incrementando la lujuria por esa película que tenía todas las trazas de ser un auténtico acontecimiento iniciático, un rito de tránsito o, como diría años más tarde el crítico de cine Chris Gore, Nuestro Vietnam. Es decir, para quienes hoy rozamos o rebasamos por poco la cincuentena, el estreno de “La guerra de las galaxias” fue el Gran Acontecimiento Cohesionador Generacional. No hagan caso a quien diga eso tan socorrido de “Yo soy muy friqui, me encanta starwars”, porque el asunto no tuvo nada de código minoritario, compartido por un reducido círculo de iniciados situados al margen del gusto de las mayorías: la película de Lucas fue el mínimo común denominador de una educación sentimental colectiva y, de paso, transformó la manera de entender el espectáculo cinematográfico (para bien y para mal), encarnó un extraño equilibrio entre tradición y modernidad y abrió nuevas posibilidades en la relación entre el consumidor y la cultura popular que no han dejado de evolucionar desde entonces, en un proceso que tendrá su culminación cerca de las próximas navidades, cuando la refundación de la saga a cargo de J. J. Abrams (uno de los hijos de ese Vietnam) llegue (esta vez sin margen de espera) a las pantallas de todo el mundo.

 

Stardust Memories

 

En mi recuerdo, el tiempo de “La guerra de las galaxias” era, también, el tiempo en que los hermanos mayores pasaban las tardes del sábado (y las del domingo) en el interior de esas naves espaciales para terrícolas que eran las discotecas. Tiempos de imagen aerografiada, de La Juventud Baila (el mítico concurso calzado en el interior del programa musical Aplauso) y del SuperPOP (esa revista que me ganó temporalmente como lector cuando empezó a incluir cromos y demás coleccionables en torno a la saga galáctica). Por eso, lo de Meco fue tan importante: ese sonido se ajustaba como un guante a las expectativas generadas por ese asombro de inminente llegada a las pantallas. Los bipidos de R2-D2, sampleados por Monardo y su equipo junto a los efectos de sonido de los disparos cruzados entre cazas rebeldes e imperiales, permitían visualizar esa película que aún no habíamos visto y de la que otro domingo legendario situado entre esos meses de mayo y noviembre de 1977 La Vanguardia publicó una serie de seductoras fotografías en sus páginas a color: imposible no caer rendido ante esa imagen de Chewbacca y Han Solo disparando al pie del Halcón Milenario. Sí, “La guerra de las galaxias” tenía todo la pinta de ser esa Discoteca Definitiva en la que, finalmente, todos –incluso los menores- podríamos entrar.

 

      Supongo que a ninguno de los niños de entonces –yo tenía once años- se le ha olvidado el momento en que vio “La guerra de las galaxias”. Cineastas como Kevin Smith, Matthew Vaughn o Juanma Bajo Ulloa han reconocido que se les despertó la vocación de director en ese preciso instante. Un servidor también tiene un recuerdo vívido del momento: compramos las entradas anticipadas, el día anterior mis padres tuvieron una bronca apoteósica, llegamos al cine como los restos de un naufragio (por separado), mi padre justo entró, la proyección ya empezada, cuando R2-D2 caía electrificado al suelo arenoso de Tatooine después de recibir un disparo de los jawas. Sí, el primer encuentro con “La guerra de las galaxias” está aquí mezclado con un recuerdo familiar traumático. Del mismo modo que la llegada, años después, de “El imperio contraataca” –por aquel entonces, el estreno de cada capítulo en ese macro-serial era, realmente, un acontecimiento: ahora corremos el peligro de que se convierta en una rutina anual- se vio perturbado por la injerencia de aquel compañero de clase que ya había visto la película –no recuerdo si en París o Andorra- y nos contó a todos los presentes que Darth Vader era el padre de Luke Skywalker. Curiosamente, cuando he podido ver cada nueva película de la saga sin otros sinsabores, la capacidad para el deslumbramiento ya había cruzado el umbral de mi edad de la inocencia.

 

La Fuerza y su Lado Oscuro

 

La película recaudó más de cien millones de dólares en sus primeros tres meses de exhibición, logró incrementar en más del doble los beneficios anuales de la Fox –que pasaron de 37 a 79 millones de dólares- y convirtió al joven cineasta en uno de los hombres más poderosos de Hollywood. Antes había tenido que soportar los recelos de sus compañeros de generación, que le consideraban el más banal del pelotón, y las humillaciones de Brian De Palma, que, según recoge Peter Biskind en su libro “Moteros tranquilos, toros salvajes” (Anagrama, 2004), se ensañó con él tras una primera proyección de la película: “Tienes que quitar esa mierda del Jedi Bendu, nadie va a entender de qué hablas”, le soltó, entre otros zarpazos. Steven Spielberg, por el contrario, no abrigaba ninguna duda sobre su éxito, aunque se quedó corto en sus previsiones: “Va a hacer 100 millones”, aventuró el otro candidato a rey Midas. La película de Lucas sería la primera de la historia en rebasar el listón de los 300 millones de dólares de recaudación, que, por entonces, parecían una cifra de pura ciencia-ficción. El presupuesto total de la película –incluido el gasto en copias y promoción- había rondado los 13 millones de dólares, de los cuales cinco fueron destinados a la labor de efectos especiales desarrollada por la Industrial Light and Magic, la firma que se iba a convertir en el brazo mejor musculado del imperio Lucas.

 

      Como es sabido, y como se encarga de detallar el propio Biskind en su libro, el fenómeno starwars fue una clara manifestación del Síndrome Revancha de los Novatos: el éxito combinado de la película y del “Tiburón” de Steven Spielberg saboteó ese sueño utópico de un Hollywood adulto que tenían sus compañeros de generación. Los nerds del pelotón fueron, así, quienes rieron los últimos, abriendo las puertas a una etapa de blockbusters progresivamente aparatosos que, a día de hoy, tanto Lucas como Spielberg contemplan con la prevención de quien accionó, sin prever las consecuencias, el botón que activaría una suerte de Apocalipsis del Ocio a través de la burbuja del franquiciado.

 

“La guerra de las galaxias” y el resto de películas de la saga no inventaron nuevas formas de narrar: de hecho, Lucas nunca ha ocultado su deuda con “El héroe de las mil caras” de Joseph W. Campbell y su cartografía de sincronías en el viaje del héroe de las más diversas fuentes mitológicas. Hay, pues, algo primordial en el camino recorrido por Luke Skywalker entre las arenas del planeta Tatooine y el duelo final con el Padre Oscuro. Al mismo tiempo, el espíritu que animaba al cineasta en las formas tenía más de aplicado tradicionalista que de bárbaro radical: los climáticos montajes paralelos que remataron cada entrega de la saga invocaban al modelo instaurado por David W. Griffith y los referentes básicos del relato eran tanto los viejos seriales cinematográficos de “Flash Gordon” (revisitados aquí a partir de una inédita competencia técnica) como “La fortaleza escondida” de Akira Kurosawa. Lucas fue, ante todo, un hábil remezclador capaz de hacer una space-opera definitiva que tenía tanto de película de samuráis como de western, todo ello aderezado con cierto misticismo a lo Castaneda –el maestro Yoda es, en el fondo, un eco de la resaca hippie- y con la soterrada intención de ofrecer una lectura político-pop de la política exterior americana y su tensión entre imperialismo y democracia.

 

La Venganza del Fan

 

Los fans fatales del universo starwars no se han llevado demasiado bien con Lucas, a pesar de que este tuvo manga ancha a la hora de consentir toda suerte de versiones y reinterpretaciones por parte de los seguidores de la saga. ¿Qué aportó, en su día, “La guerra de las galaxias”? Más que una nueva forma de narrar, una mitología poderosa que reordenaba ecos clásicos y proponía una celebrada iconografía de espadas láser y combates galácticos premonitorios del lenguaje del videojuego. ¿Qué aportará la inminente resurrección de la saga? Probablemente, el triunfo del fan sobre el creador –si con “La guerra de las galaxias” el espíritu de serie B conquistó Hollywood, ahora lo hará el espíritu de la fanfiction-, pero también la exacerbación de algo que inició el propio Lucas cuando decidió renunciar a parte de su sueldo de director a favor de los derechos de merchandising. Lamento que el pronóstico suene agorero, pero me temo que el nuevo starwars va a ser más papista que el Papa en su respeto al canon –la ortodoxia del fan siempre es más irrespirable que la flexibilidad creativa de todo fundador de mitologías- y la consagración de este universo como auténtico Imperio del Consumo donde la película va a ser, en el fondo, lo de menos.

 

 

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