El arte está en la mirada

 

texto Redacción 

 

En Calle de la mirada el galerista Jean Frémon nos invita a ser testigos de algunos de los momentos asombrosos de la historia del arte

 

Hay títulos que contienen el libro entero. En esta Calle de la mirada publicado por Elba este galerista y escritor de muchos libros sobre arte que es Jean Frémon nos invita a asistir en forma de relatos consecutivos, casi a la manera de parábolas bíblicas, a algunos momentos cotidianos que, sin embargo, resultan luminosos. ”¿Dónde reside la diferencia entre una imagen viva y una imagen muerta? Es un misterio, es una luz. ¿Cuándo está terminado un cuadro? Se pregunta Leon Kossoff en una carta a John Berger: cuando su luz está resuelta, le responde”.

Escuchamos a Mondrian exclamar con vehemencia: “¡Un ramo es estúpido, vulgar! En cambio, una flor, una sola flor..!” Jean Frémon sólo nos habla de las cosas importantes, de lo absolutamente crucial para Mondrian, como el esmero con que cada mañana afila los lápices y deja que caigan sobre la mesa las finas guirnaldas de madera.

El duque Ludovico que paga a Leonardo Da Vinci para que pinte la Santa Cena es espoleado por el impaciente prior de Santa Maria para que lo apremie a terminar la obra. El maestro tiene al cuadro casi acabado, sólo le falta terminar el último apóstol, pero no encuentra ni en la gente que conoce ni en su cabeza qué rostro adjudicarle a Judas. Pasan los meses sin que el cuadro se finalice y el duque lo hace llamar a su palacete para reprocharle que hace semanas que no ha acudido a trabajar a su taller para terminar la obra y se lo ve pasear despreocupado por las calles de Florencia: “El taller del pintor es su cabeza y el mundo”, le responde. Necesita averiguar cómo retratar a Judas: “¿Cómo puedo pintarlo si no lo comprendo?”. El ansioso prior de Santa María pone el grito en el cielo, como debe ser, y tanto lo presiona para acabar la pintura como sea que que él mismo le sirve la solución y, finalmente, termina el trabajo en cuestión de horas: el rostro de Judas será el del propio prior intransigente. Algo de esa manera de concebir el arte le enseña Rafael a uno de los más avanzados discípulos de su taller: “Aprende, mi querido Giulio, que mi mano está en mi cabeza tanto como al final del brazo.”

Las figuras que esculpe Giacometti son alargadas como sombras. Frémon nos habla de la infancia luminosa del escultor, cuando jugaba entre los lechos de piedras blancas de Mera, especialmente en una grande, dorada, con una base excavada en su base por las aguas pluviales que le servían de caverna de juegos y refugio. Y nos descubre el secreto de sus ejércitos de esculturas, estiradas como si caminaran de puntillas. A lo que más se parecen sus figuras es a los picos y las crestas que se ven cuando miras el cielo detrás del techo de la casa de su infancia, en Stampa.

Pierre Bonnard, post-impresionista que pinta mujeres tristes en casas de colores, pasea por el Museo del Louvre y se detiene extasiado ante uno de los grandes ventanales que se abren al Sena: “Lo mejor que hay en los museos son las ventanas”. Frémon, como si observase la escena escondido bajo una de esas mesas estilo imperio con patas de leones alados, susurra que “visto por la ventana, el paisaje ya no es naturaleza bruta e infinita: un orden se le ha impuesto. Está enmarcado. Se convierte en un plan”.

Entreabre una puerta para que observemos en silencio cómo Günther Frog dibuja con la punta de un pincel una figura de brazos separados en medio de lo que parece un campo. Podría ser un espantapájaros. Pero todo es cuestión de enfoque: ese campo también podría ser el Gólgota y tratarse de una crucifixión. Cristos y espantapájaros. Al final, lo crucial es la mirada de las cosas. Vivir no es otra cosa que mirar el mundo de cierta manera durante el breve paseo de nuestros días.

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Comentarios (1)

  • Invitado - chifus

    dice un proverbio zen qe si no se juzga, hasta en las cloacas se puede encontrar belleza
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    por lo demas , creo q´entre ls aristas dl siglo 19-20º, habia bastante esnobismo y
    empeño por personalizar la vanguardia o qe qerían convertír en máxima universal cualquier nueva ocurrencia dentro d su proceso artistico personal, para renovar la vanguardia...y aveces resultaban confusos, absurdos, delirantes y hasta cargantes.