James Rebanks nos lleva más allá del rebaño

 

texto ANTONIO ITURBE   foto  LISA WHITEMAN

 

Un pastor de ovejas herdwick de las colinas inglesas del Distrito de los Lagos cuenta su vida en un libro especialmente indicado para urbanitas encantados de haberse conocido

 

 

“No hay principio ni final. El sol sale y se pone todos los días, y las estaciones pasan. Los días, meses y años se van alternando, dejándonos sol, lluvia, granizo, viento, nieve y heladas. Las hojas caen otoño y brotan de nuevo en primavera. La Tierra gira en la inmensidad del espacio. La hierba aparece y desaparece con el calor del sol. Las granjas y los rebaños duran más que la vida de una persona. Nacemos, vivimos nuestras vidas de gente trabajadora y morimos. Pasamos por aquí como las hojas de roble que vuelan sobre nuestra tierra en invierno”.

Quien escribe esto en La vida de pastor es un currante. Un pastor de ovejas herdwick, propia de las colinas del Distrito de los Lagos, en el interior de Inglaterra. James Rebanks nos abre una puerta que los urbanitas nunca nos molestamos en abrir, una manera de entender la vida en el campo imposible para los paseantes de fin de semana. Nos habla de una profesora abatida en esa población atrasada con unos alumnos que desaprovechaban la oportunidad de tener un futuro mejor. Trataba de insuflar a aquellos zoquetes algo de sentido en sus cabezas huecas porque para ella “el Distrito de los Lagos era un patio de recreo para una pandilla ambulante de escaladores, poetas, paseantes y soñadores, gente que, a diferencia de nuestros padres y de nosotros mismos, había hecho algo de verdad”. Y es que “Las comunidades industriales modernas están obsesionadas con la importancia de ir a alguna parte”. Piensa que: “si queremos entender a quienes viven en las montañas de Afganistán, quizás tengamos que intentar entender primero a quienes viven en las montañas de Inglaterra”.

“Para esa amplia sociedad, habitada por gente sin conexión con la tierra, este es un lugar de ensueño”. Para él y su familia es un lugar de vida. Y de trabajo, y de sufrimiento, y de alegría. Uno de pregunta dónde está el truco de este libro escrito de manera impecable por un pastor que abandonó la escuela sin sacarse el certificado de primaria. Efectivamente, ante el desaliento de sus profesores, dejó el colegio para trabajar en la granja de sus padres. Y se aficionó a leer. Leía mucho. Cuando la gente ensalzaba el valor de los estudios universitarios, él lo desdeñaba: “regresan a casa con muchas tonterías y nunca terminan de encajar del todo”. pero a los 21 años le picó la curiosidad y se apuntó al bachillerato para adultos. Se lo tomó como un reto, y tozudo como una mula de Yorkshire, deslumbró a su tutor con su capacidad y sus calificaciones. Tanto, que lo animó a pedir el ingreso en la Universidad de Oxford. Y entró. Al menos, a medias. Nunca se despegó de la granja y cuando le preguntaban qué quería hacer en el futuro, él lo tenía muy claro para espanto de sus interlocutores oxonienses: volver con sus ovejas.

Lo hizo. Las páginas del libro relatan esos años y, sobre todo, el trabajo diario que arranca a las cuatro y media de la mañana. El campo no es un chollo. Es duro. Pero esas montañas solitarias, donde en medio del frío y la lluvia se siente vivo, es el lugar desde el que contempla el mundo: “las ovejas llaman a los corderos y van detrás de ellos subiendo por los peñascos. Esta es mi vida. No quiero otra”.

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