¿De verdad quieres saber la verdad?

 

texto ANTONIO ITURBE   foto Paulua Ponizak

 

El abogado penalista Ernest Von Schirach se ha convertido en el autor de novela negra de referencia en Alemania

 

La fiscal Landau al abogado Biegler: “Nunca es bueno engañarse a sí mismo”

El abogado Biegler a la fiscal Landau: “Tonterías. Cuuando me acuesto finjo que duermo hasta que me duermo”.

Texto Antonio Iturbe

A Ferdinand Von Schirach los años como abogado penalista le han hecho ver de todo, defender de todo. Por eso cuando se ha puesto a escribir, sus narraciones criminales son jugosas, gotean una verdad densa y maloliente como cuando chorrea la bolsa de la basura. Y el maldito Von Schirach encima escribe asombrosamente bien. En su nueva obra, Tabú, despliega un estilo de frases muy cortas que nos arrojan por precipicios muy largos. Los abogados penalistas suelen ser excelentes narradores: han de contarle al juez o a un jurado impresionable historias que emocionen y, discretamente, lleven el agua al molino de su defendido, aunque sea el criminal más sangriento y despiadado.

El ciudadano medio se pregunta por qué hay hombres inteligentes, cultos y sensibles como el señor Von Schirach que ponen todo su saber y dedicación a favor de lo más podrido de nuestra sociedad: violadores, parricidas, atracadores, pederastas, asesinos en serie. Todos ellos son la clientela de un penalista de pro. Pero debe ser así: han de defender con el mayor ahínco incluso al asesino más execrable y confeso porque eso es la garantía que todo el mundo tenga derecho a un juicio justo donde haya acusador y defensor, y esa garantía es la primera piedra que aguanta el equilibro de bailarina de la democracia.

En Tabú, la fiscal Landau se hace preguntas sobre el sentido de un sistema judicial donde la valla electrificada de las leyes a veces electrocuta a la propia justicia. En un caso donde ejercía de acusadora en el que un hombre escaldó a su mujer con leche hirviendo sobre el pecho, la mujer se suicidó durante el juicio. La víctima perdió, el sistema judicial no había servido de nada y ella quiso dejar su cargo, pero un superior le dijo algo que no ha olvidado desde entonces: “nosotros no ganamos, no perdemos, hacemos nuestro trabajo”.

Y los abogados, como Biegler en la novela, han de defender a un tipo con las manos manchadas de sangre de una muchacha desaparecida que ha confesado su crimen. Y sin embargo… no tiene claro que la verdad esté clara. Al fin y al cabo, la verdad es resbaladiza. Muy resbaladiza. Igual que la culpa. Senja Finks, que ha sufrido todas las vejaciones que puede sufrir un ser humano, que la han querido asesinar y aun así ha sobrevivido, pero no ha salido moralmente indemne, le pregunta con tono febril a un magullado Sebastian tirado en la cama del hospital: “¿qué es la culpa?”. Él contesta: “no lo sé”. En Sebastian von Eschburg está el meollo de Tabú. No es una persona corriente, ni tampoco especialmente equilibrada. No es fácil serlo si tu madre te trata con una frialdad polar y tu padre espera que regreses de tu internado por vacaciones para suicidarse en su gabinete. Y tampoco ayuda su ultrasensibilidad a los colores, que le hace apreciar gamas que escapan al resto de la gente, si su manera de ver a las personas tiene más que ver con un escáner médico que con un ojo humano. Eso le ha permitido convertirse en un artista fotográfico de primer nivel internacional, pero le priva del consuelo de la belleza engañosa de nuestros ojos torpes y simplificadores. Cree que las caras y los cuerpos, son sólo el punto medio: “la cara más bella es la que está en el punto medio. Nada más. La belleza es solo simetría. Es tan ridículo. Yo soy ridículo”. Y, algo sombríamente, añade: “la belleza no es la verdad”. Cuando el temblor se apodera de él, la única verdad sólida es la que vio el día que su padre lo llevó a cazar un ciervo. Tras abatirlo, lo abrió en canal y le sacó las vísceras con sus propias manos: “la verdad es fea, huele a sangre y excrementos”.

La fiscal Landau asiste a un tenso interrogatorio con el presunto secuestrador, y probablemente asesino, de una joven desaparecida: un tipo algo enajenado, que apenas habla, enfangado hasta las cejas de manchas de sangre y ADN de la muchacha secuestrada. Se llama Sebastian von Eschburg. Si quieren conocer la verdad, tendrán que leer el libro. Sería un crimen no hacerlo.

 

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