En las calles de la Barceloneta, con el comisario Camarasa

 

texto y foto Antonio Iturbe

 

Nos regala un viaje alucinante al fondo del género negro en “Sangre en los estantes”

 

La calle de la Sal es una rendija en esa cuadrícula nerviosa que forma el trazado geométrico de las calles del barrio de la Barceloneta. Calles estrechas en un territorio peninsular rodeado de mar y chiringuitos, que fue marinero y donde ahora sólo se pesca a extranjeros de chancleta y apartamento turístico bullanguero. La puerta verdeazulada de la librería Negra y Criminal cerró sus puertas al público en otoño de 2015. En 2002, cuando las vacas gordas de esa España opulenta no hacía otra cosa que cornearlos, el librero Paco Camarasa y la ilustradora, escritora y activista Montse Clavé decidieron montar la librería Negra y Criminal. En aquellos años los alquileres en la Barceloneta eran todavía asequibles en comparación con el centro de la ciudad y fue en esos bajos de la calle de la Sal donde abrieron las puertas de una librería que ha sido única en el mundo: la primera exclusivamente especializada en novela de género negro. La primera en servir libros y mejillones, cortesía de la casa los sábados por la mañana. Durante estos años la librería se convirtió en el epicentro de un tsunami que ha hecho que la novela policíaca haya vivido estos años en nuestro país un auge extraordinario. Cuando Paco Camarasa empezó a comisariar hace diez años el festival BCNegra, únicamente existía la resistente Semana Negra de Gijón comandada a su personal manera por el simpar Paco Ignacio Taibo II. Actualmente, los festivales de novela negra se han multiplicado a lo largo y ancho de la geografía en un simpático ejército de clones: Aragón Negro, Pamplona Negra, Getafe Negro, Granada Noir, Casas Ahorcadas de Cuenca, Segre Negre…

Observo los estantes, todavía con libros y me parece escuchar la voz de ogro de James Ellroy tan fascinado por la librería que propuso comprarla, o ver por un instante en la trastienda a Donna León en sujetador, mientras se quitaba la blusa para ponerse la camiseta negra de la librería. Aquí el gran Francisco González Ledesma se sentaba en una silla en la puerta como el doctor que era, a tomarle el pulso a las calles. A todos nos encantaba la librería, se mandaban correos elogiosos y se ponía “me gusta” en el Facebook. Pero con eso no bastaba para mantener abierta una librería. Incluso los personajes de novela como Paco Camarasa y Montse Clavé tienen la molesta costumbre de comer tres veces al día. En octubre de 2015, tras muchos tiros pegados, decidieron plegar velas ante las pocas ventas y el mucho trabajo de una librería: “ahora, la novela negra está de moda, ocupa colecciones editoriales y grandes superficies, librerías y gasolineras, pero muy pocos de los lectores bajaban hasta la Barceloneta a dejarse recomendar alguna que otra rareza o llevarse el último Camilleri. No supimos luchar contra la comodidad de la gente”.

Aunque, de puertas adentro, han seguido maquinando. Y de esas maquinaciones ha salido Sangre en los estantes, que es el curso más completo, divertido y apasionado sobre la novela negra que se haya impartido nunca. Una pacopedia donde están de la A a la Z todos los grandes autores, los de culto, los incultos, los carcelarios, los de los enigmas, los del espionaje con rusos y sin rusos, los escandinavos, los polares, los mediterráneos… y todo regado con esa agua de valencia de Camarasa, que le da un toque de desenfadada ironía a todo lo que mastica.

Yo soy de la Barceloneta. Quizá por eso tengo el privilegio de traspasar esas puertas verdes cerradas de la Negra y Criminal y penetrar en ese santuario del crimen leído. Ahí está el altar laico dedicado al dios Hammet con un halcón de cartón piedra vigilando las ediciones de diversos países de El halcón maltés recopiladas por todo el mundo, las ediciones pulp más asombrosas, el móvil del crimen flotando sobre nuestras cabezas y la rejilla que impide caer a través de la trampilla que lleva al almacén del sótano, donde puede verse pintada la silueta de un cadáver. Está el archivador donde Camarasa guarda obsesivamente recortes de prensa y, cómo no, el mueble oscuro que archiva otro material no menos sensible: las botellas de whisky personalizadas. El Macallam de Andreu Martín, el Jameson de Joan de Sagarra, el Glenmorangie de Lorenzo Silva o el Talisker para Philip Kerr, que no soporta el whisky irlandés. También hay Calvados para cuando se habla de Simenon o el ron venezolano de Gisbert Haefs. Camarasa tiene un sentido democrático de la bebida: “el alcohol es una droga que nos gusta”. Pero es intransigente –con contadísimas excepciones- con la bebida blanca. En su librería sólo ha entrado bebida oscura: hasta el vino para las mejillonadas de los sábados había de ser tinto. Entre los muchos récords de su librería, uno de ellos ha sido el de ser la única de Cataluña en que jamás se ha servido una copa de cava. Aquí tonterías, las menos posibles.

Paco y Montse nos reciben risueños en la sala de juntas: una cocina acogedora donde ella se mueve como una bailarina.

Camarasa tiene un aire de guasón republicano. Pero no se fíen de él. Nos engaña con su disfraz de hombre despistado y campechano. Chilla como un cochino para San Martín en cuanto le nombras a la bicha: “¿Intelectual? ¡Ni hablar! ¡Yo no soy un intelectual! ¡Yo soy un librero, o sea, un divulgador!” No se fíen ni un pelo. Lees Sangre en los estantes y te quedas pasmado: no se trata solo de la enormidad de lecturas de Camarasa, que van del más recóndito autor de hard boiled hasta la colección Séptimo Círculo de Borges & Bioy Casares sino de la manera en que descubre los hilos que las mueven. Este es un libro sobre autores y novelas policiacas entreverado de su experiencia personal como lector y librero pero también es una inmersión donde se llega al fondo. Además de un homenaje y una enciclopedia sui generis, es una indagación que nos lleva hasta el meollo: la novela negra es novela social y, por tanto, espejo de lo que somos. A Paco Camarasa lo define muy bien Carlos Zanon: “está hecho de libros y de conciencia de clase”. Si Camarasa no es un intelectual… ¿quién lo es?

Nuestro fotógrafo inasequible al desaliento, Asís Ayerbe, convence a Paco para que bajemos por una escalera empinada a esas catacumbas que utilizan como almacén de libros, legajos y misterios.

Me cuenta que Sangre en los estantes está escrito “con la documentación de una vida”. Por eso dice que no va a haber más entregas... “¡Con lo que me costó sentarme a escribir! Yo soy más de hablar que de escribir. Este es un libro que durante muchos años empezaba en verano y abandonaba en septiembre. Y ahora ya está”. Observo unas ediciones setenteras de novelas de Conan Doyle: “Sherlock Holmes no es menos importante como arquetipo literario que Hamlet o Don Quijote. El problema es que es fácil de leer”.

Salimos a la superficie de calles estrechas con ropa tendida en los balcones y, mientras caminamos hacia uno de sus templos de oración, el bar Jaica, me cuenta que el libro fue un encargo de la editorial Destino, que al principio le pedían unas memorias, pero que ha escrito con total libertad lo que ha querido: “me he podido incluso meter con la industria editorial. Porque algunos son muy torpes. Don Winslow, por ejemplo, está muy mal editado. No puedes publicar después de El poder del perro una novela que escribió 15 años antes porque a la gente la descolocas”.

Entre los muy diversos saberes de Camarasa, está el de conocer en qué parte de la barra del Jaica hay que sentarse: el rincón de los del barrio, donde le van a poner una caña de cerveza más grande por un precio más pequeño. El Jaica es un bar de toda la vida, alegre y bullicioso, que ahora sale en las guías de viaje y lo visitan japoneses recelosos que entran como si pisaran huevos y rubios mal informados que piden sangría. Le digo a Paco que cómo ha hecho para reunir un más de un siglo de novelas en un volumen… “Tuve que dejar cosas fuera, claro. Y resumir, desde luego. Pero tampoco he pretendido abarcar todo, lo que quería sobre todo era dar pistas”.

Rememora su propia época de estudiante universitario, cuando empezó a descubrir el género: “Eran los años 70 y leíamos de manera atolondrada. Leíamos mal a Simenon, como a un señor de derechas. Maigret nos parecía anodino, que le faltaba acción. Y al paso de los años vas descubriendo el doble fondo.” Le digo que con Agatha Christie ha seguido teniendo sus más y sus menos… “No es mi autora favorita, pero la respeto mucho. Agatha Christie ha formado parte de la infancia y de las gripes de varias generaciones”. Él tiene ahora la salud revuelta. La enfermedad es un criminal que lo inquieta pero no lo amedrenta. Sabe que el mal existe, que está ahí, que forma parte del barro de la vida misma. Y que hay que plantarle cara siempre. Lo hace.

Intento pagar, pero es imposible. El camarero mira mi billete mustio y esboza una mueca de escepticismo digna de un barman fogueado de los que visita Philip Marlow: si vienes con Paco, forastero, aquí tu dinero es del Monopoly. Yo soy del barrio, pero hace demasiado tiempo que me fui y Paco es de los que se ha venido para quedarse. Montse Clavé y él son de los que resisten. Un tándem como Bonnie and Clyde, o mejor aún porque no han dedicado la vida a vaciar cajas fuertes sino a llenar estanterías para que las vidas de la gente sean más intensas. Fue Montse la que sugirió el título del libro: Sangre en los estantes. Y sudor. Y lágrimas. Y felicidad.

Le digo si no está ya todo inventado en la novela negra y se ríe: “¡Todo está por inventar!”, y mientras se baja del taburete me dice que “el capitalismo no dejará de hacer barbaridades, así que nos queda mucha novela negra por delante”. Quiero invitarle a otra ronda, pero la rechaza educadamente. Es casi la hora de la comida y está en casa Montse. Eso también lo hemos aprendido en las novelas negras: nunca hagas esperar a una rubia.

 

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