Tribulaciones de una taiwanesa en el Sáhara español

 

texto IOLANDA BATALLÉ

La editora de :Rata_, Iolanda Batallé, nos cuenta cómo fue en busca de Sanmao y sus diarios.

Echo huyó de Taiwán y lo hizo de muchas maneras, de tantas como supo y pudo. Huyó de la escuela siendo niña. Huyó de la isla con apenas 20 años para ir a estudiar filosofía a Alemania. Huyó enamorándose de un alemán mucho mayor que ella, con quien se hubiera casado si la muerte no hubiera aparecido días antes de la boda. Huyó viniendo a España, a ese raro país fosilizado y expectante que fue entre los 1960 y los 1970. Huyó al desierto con un chico ocho años menor que ella, su gran amor, José Quero. Huyó a las islas Canarias, donde vivieron y donde la tragedia les alcanzó. Huyó a América sola, con la vida rota. Huyó incluso cuando, cansada, volvió a Taiwán y le sorprendió la popularidad. Huyó de su nombre para llamarse Sanmao, huyó de su cultura, de su familia, de sus raíces, hasta que dejó de huir una noche en un hospital de Taipéi, a los 48 años, cuando el cáncer la consumía, suicidándose.

Si toda la vida huyó de Taiwán, ¿qué sentido tiene venir a esta isla buscando a Sanmao? ¿Qué espero? ¿Qué deseo? ¿Qué puedo encontrar que no haya encontrado ya editando ese trozo inmenso de vida que es Diarios del Sáhara?

Aterrizo en el aeropuerto de Taipéi una tarde bochornosa de agosto. El taxi circula por autopistas que descansan sobre pilares, bifurcándose y uniéndose en el aire, bajo un cielo encapotado y un fondo de pequeñas montañas verde mate. Cuando piso las aceras de la capital, los rascacielos ya iluminan el atardecer. Tengo una cita con Gray, un hombre joven, listo y entusiasta que dirige la agencia que posee los derechos sobre la obra de Sanmao. Hemos quedado en vernos porque esa misma noche cenamos con los herederos de la escritora. Le enseño una maqueta de Diarios del Sáhara, charlamos sobre los plazos de los siguientes libros y, claro, me habla de otros autores suyos.

Una hora más tarde descendemos juntos las escaleras que nos conducen a un comedor reservado de un buen restaurante. Allí conozco a Henry Chen, abogado y hermano pequeño de Echo. Es un hombre de aspecto pulcro, elegante y cercano. Observa, sonríe. Se muestra cortés y relajado. Le acompaña otra hermana de Echo, Mona, y una joven, hija de Henry. Ambas mujeres hablarán poco, pese a mis esfuerzos. Henry me responde con un pudor que no termino de comprender.

Hablamos de sus recuerdos, de la niña que fue Echo, de sus dificultades para encajar en la escuela, de su rebeldía, de su deseo de viajar. Conozco muchos detalles de la vida de la escritora y los voy compartiendo, pero tengo la sensación de que no estamos hablando de la misma persona. Me escuchan con atención y añaden poco a lo que yo digo. Henry parece poder explicar mucho más de lo que me cuenta. Me dice que Echo era una gran narradora oral. Que parecía vivir para poder explicarte aquello que había vivido. Eso fue siempre una característica suya. No es, sin embargo, una característica de Henry.

¿Dónde vivió Sanmao siendo niña?, pregunto. En una casa que ya derribaron, hace mucho tiempo, me contesta Henry. ¿Y la escuela?, insisto. Fue poco a esa escuela, y también la derribaron. No queda nada.

¿Nada?

Me gustaría saber en qué hospital murió, qué supuso su muerte para ellos. Había intentado matarse antes. Lo logró en 1991, colgándose de una media. En la prensa de la época incluso hay quien especuló con un asesinato. Pero sé que la familia no desea hablar del tema. Henry me confiesa que prefiere que la gente no sepa que es el hermano de la escritora más célebre de su país.

Henry no estuvo nunca en las Canarias, no visitó a su Echo mientras vivió en España o el Sáhara, ni conoció a José. Sus padres sí viajaron a Las Palmas, en 1979. Estuvieron allí unos días, conocieron a José, buzo de profesión, y aprovecharon su estancia en Europa para, con su hija, volar a Londres. En Londres, Echo recibió la noticia de la muerte bajo el agua de su marido.

 

Medio año atrás, en Madrid, en el popular barrio de la Concepción, más allá de la M30, alrededor de una mesa larguísima de un restaurante navarro, me encontraba con todos los otros familiares de Echo. Eran las hermanas, primos y algunos sobrinos de José Quero. Fue una cena ruidosa, caótica, apasionada y española. Llevaba ya varias horas en su compañía. Me habían convocado a media tarde en la casa donde vivieron todos siendo jóvenes. Era un cuarto piso, creo, con un balcón que se abría al verde impecable de un campo de futbol. Allí vivió José, con quién estuvo casada Echo durante seis años. Era el pequeño de una familia con ocho hermanos, cinco de los cuales eran mujeres. Mientras escuchaba a unas y otras me di cuenta de que los recuerdos que cada uno guardaba de la exótica cuñada no eran coincidentes. Eran incluso contradictorios, cosa que hacía que unas y otras entraran en encendidas discusiones que bordeaban asuntos familiares aún no resueltos y de los que temía, a cada momento, ser testimonio. Te escribía unas cartas larguísimas, me decía una. Sí, eso es cierto, pero también te explicaba lo que ella quería, replicaba otra. Mientras escuchaba a unas y otras pensaba en Echo, que huyó de Taiwán y también debió huir de Madrid y de su familia española. En el desierto encontró libertad y poesía. Allí pudo empezar a explicar la vida que quería vivir, una vida libre y extraña, la vida que narró en Diarios del Sáhara, una vida en la que tu amado, el día de vuestra boda, te regala un cráneo de camello que te hace inmensamente feliz.

Ese es uno de los muchos momentos raros y preciosos que vivieron Echo y José. Me encanta del texto ese surrealismo. Y me gusta la dureza con la que Sanmao describe otras situaciones y personas, lo incorrecta que es, lo cafre de sus comentarios, la condescendencia con la que trata al pobre José –esa especie de niño-adulto barbudo que no comprende a su amada, que no desea aprender chino, que vive maravillado junto a una mujer que a menudo lo deja sin palabras–. Echo y José son como Sancho y Quijote, siendo a veces ella Quijote y a veces Sancho.

 

La mañana siguiente, un tren de alta velocidad cruza los arrozales en dirección a la ciudad de Tainán, al sur de la isla. En la estación, a Henry y a mí nos espera el chófer del Museo de Literatura de Taiwán. Mantenemos una larga reunión con la directora del museo y diversas asesoras, me parece entender. Al terminar nos acompañan a un montacargas que desciende varios pisos bajo tierra. Al abrir sus pesadas puertas nos encontramos frente a un pasillo de lo que parece una especie de búnker. Debe ser un lugar acorazado para salvaguardar los tesoros literarios taiwaneses de una hecatombe nuclear. El lugar me produce sensaciones desapacibles. Para entrar en una sala debemos ponernos batas y calzarnos unas fundas en los zapatos. Finalmente se abre otra puerta, de grosor considerable, y allí nos esperan otras personas, con manuscritos de Sanmao expuestos sobre una mesa. Cada hoja está protegida por una funda de plástico. Observo la elegante caligrafía de Echo, encajada en unas hojas pautadas en forma de columnas de cuadrados, dentro de cada cual hay un precioso hanzi.

En otra sala, igualmente protegida, nos muestran algunos objetos de la escritora taiwanesa: unos collares bastante aparatosos, un plato de cobre con los nombres grabados toscamente, punteando la chapa con un punzón; la matrícula del coche del que habla a menudo en sus narraciones del Sáhara y una prosaica bota de vino, que en aquel lugar parece perpleja.

Me despedí de Henry frente al edificio del Museo de la Literatura. Yo me quedaba en Tainán porque deseaba dar la vuelta a la isla. Él regresaba al norte, a Taipéi. Los dos días siguientes los pasé en viejos trenes que traqueteaban entre túneles y acantilados. A un lado la montaña, al otro el océano. A menudo cruzábamos interminables cauces de ríos sin agua pero con un barro gris y enormes piedras. No hay muchas construcciones y las que hay son endebles, provisionales, como si los humanos de por allí se hubieran cansado ya de ver sus casas destruidas y se hubiesen resignado a levantarlas perpetuamente provisionales. Pocas cosas más deseo explicar de Taiwán, el lugar de donde Echo huyó para ir a buscar las dunas del Sáhara, las aguas cálidas de Canarias donde moriría José.

Me gusta Sanmao porque su literatura es más vida que literatura, porque escribe sin importarle un rábano el estilo, sin ninguna pretensión intelectual, sin querer explicar nada más que lo que siente. Echo es de verdad y eso me emociona.

Conservo el recuerdo de la voz de Henry, el hermano pequeño de ella, y también la voz igualmente discreta y triste de César, el hermano mayor de él. Tras un par de horas hablando animadamente en aquella habitación con unas y otras, donde fue oscureciendo sin que nadie reparara en la necesidad de encender una bombilla, el hermano mayor, César, muy delicadamente, me cogió del brazo y me invitó a salir al balcón. Miramos unos segundos en silencio el color agradable del césped del campo de futbol y un peso enorme me pareció aprisionar las anchas espaldas de aquel hombre. Mi hermano sabía que podía morir, me lo dijo, lo sabía y así fue.

En el otro extremo del mundo, también Henry me miró con una mirada similar a la de César, la mirada de quien recuerda haber contemplado a un ser luminoso, la mirada triste de saber que en el mundo hay seres que se atreven a vivir de una manera única y que esos seres, aun pudiéndolos tocar durante un tiempo, son libres y un día se marchan para siempre.

(Copyright de las imágenes: Familia Quero / Chen Tien Hsin, Chen Sheng, Chen Chieh y Crown Culture Corporation.)

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Comentarios (1)

  • Invitado - 雷蒙

    Estupenda noticia la traducción al castellano de los diarios del Sahara de Sanmao (三毛) y enhorabuena por el artículo. Es increíble cómo cualquier persona oriental conoce España por los toros y por los libros de Sanmao (三毛). Además, cuando estuvo por aquí, le gustó tanto Mafalda que la tradujo al chino y resulta espectacular ver cómo gente de tan lejos te habla de Mafalda, Guille, Susanita, con el mismo cariño que un hispanoparlante. Lo dicho, estupenda la noticia!!