Pelotones de mujeres en la ducha

 

texto ANTONIO LOZANO  ilustración ARCHIVO

Aceptémoslo: el hardboiled —la ficción negra estadounidense que arranca en los años 1920 con la publicación de relatos en revistas pulp— podría ser fácilmente la producción literaria más misógina y machista que la legalidad jamás haya amparado. Escrita por hombres para hombres y protagonizada por hombres, propaga una visión de la mujer que no encontraría hoy en día editor que la cobijara, so riesgo de demandas contra el honor y la dignidad, y más que justificables acciones incendiarias de colectivos feministas —un Fahrenheit 451 orquestado por Femen sin duda tendría un vistoso impacto mediático.

En su magnífico ensayo Hardboiled America. Lurid Paperbacks and the Masters of Noir (Da Capo Press), Geoffrey O´Brien recorre la génesis y evolución de los libros de bolsillo de temática noir en Estados Unidos, salto evolutivo respecto a los cuentos aparecidos en revistas como la canónica Black Mask y cuya fecha oficial de nacimiento fue el 19 de junio de 1939, momento en que el sello Pocket Book lanzó sus primeros diez títulos. El concepto de pequeño formato revolucionó el mercado y Pocket Book litigó por poseer el derecho exclusivo a comercializarlo, batalla legal que perdió, lo que desencadenó que solo en la década de los 1940 florecieran otras nueve editoriales que ofrecían lo que aquí bautizaríamos como “literatura de quiosco” con unas dimensiones físicas que la hacían susceptible de compartir espacio portátil con la cartera y las llaves.

La guerra por agenciarse lectores se jugaba en un frente primordial: las portadas. “Sus colores chillones y flagrante lascivia buscaban proyectar visibilidad entre docenas de productos similares. (…) La provocación adquirió varios modelos de uso estándar, que los editores no dudaron en explotar una y otra vez. La imagen más frecuente consistía en una mujer sosteniendo un cigarrillo, o a medio vestir en una habitación bajo la atenta mirada masculina. Una segunda categoría, más perturbadora, implicaba violencia perpetrada contra las mujeres. Tampoco se arrugaban a la hora de explotar el potencial erótico de un cadáver en lo que, por lo general, no eran más que reediciones de whodunits tradicionales. Otro motivo sorprendentemente frecuente mostraba a una mujer apuntando con un arma a un hombre”. El libro de O´Brien reproduce algunas de estas portadas que, pese a la reprobable cosificación y demonización de la mujer, provocan sonrisas culpables dado su aire ingenuo, simplón y maniqueo (difícil decantarse por una a partir de “méritos” artísticos, pero no se ha comentado que los argumentos de venta de la trama también resultaban inefables. Sirva como botón de muestra el epígrafe de Lovely Lady, Pity Me de Roy Huggins: “Su violenta muerte dejó a «la otra» custodiando el pecado oculto de un marido”).

La cruzada puritana del McCarthysmo y el agotamiento de las fórmulas pusieron fin a esta imaginería sexista, señala el estudioso, y desde 1953 las portadas dieron un giro hacia el diseño abstracto y el uso creativo de la tipografía, por lo que, “en poco tiempo, los libros de bolsillo accedieron al reino del buen gusto”. Por fortuna, la misoginia se ha desterrado del universo actual del hardboiled y las polémicas sobre el presunto tratamiento denigrante de la mujer resultan muy anecdóticas, afectando quizá la más notable de los últimos años al ámbito televisivo, donde la cruzada contra la serie True Detective no pareció reparar en que su título remitía a la revista homónima que, entre 1924 y 1995, incurrió en no pocos de los pecados aquí comentados.

Sin embargo, de tanto en tanto la recuperación de clásicos hace revivir todos estos fantasmas. Recuerdo la estupefacción que me causó leer El jurado de Mickey Spillane —la primera de sus novelas, que data de 1947, recuperada por RBA en 2011—. Y uno sospecharía que, transcurridos casi veinte años, prácticas tan rijosas ya estarían prácticamente desterradas del género, pero Pesadilla en rosa (aparecida en 1964 y rescatada ahora por Libros del Asteroide), del por otra parte entretenidísimo John D. MacDonald, prueba que no. “Regresé a la sala. El embriagador aroma a mujer enjabonada pareció seguirme hasta allí. Ordené a McGee que dejase de visualizarla en la ducha. Le recordé que había visto a pelotones enteros de mujeres duchándose y en su día les había restregado la resplandeciente espalda a un montón, y este no era precisamente el momento para dejarse arrastrar por fantasías eróticas adolescentes”.

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