Ian Gibson, un torero de Dublín

 

texto y foto ASÍS G. AYERBE

Ian Gibson vino de Dublín pero ya es tan español como el toro de Osborne. El pasado verano, cuando aún estaba acabando Aventuras ibéricas (Ediciones B), una rememoración de su primer encuentro con el país, nuestro director de arte lo lio para ir en busca de una portada hispánica y un poco cañí para su libro.

El plan de la tarde es hacer una foto a Ian Gibson para ilustrar la portada de su próximo libro, Aventuras Ibéricas. En él, el irlandés repite un viaje en furgoneta por España que hizo en los años 1960 y narra lo que ven sus ojos. La idea es profundizar en el país a pie de calle, o de carretera... Furgo nueva, España nueva. Algo folclórico y quizá cañí. A la hora de pensar en una localización, surge el icónico toro de Osborne como posible fondo. Es demasiado evidente, pero la idea me divierte, localizo un toro accesible desde mi casa gracias a los satélites y quedo con Ian, en mitad del verano y en plena tarde, bajo un calor horroroso, para ir en coche hasta ese Miura de metal. Los elementos para la comedia de situación están servidos.

Ian entra en el coche y pregunta si hay aire acondicionado. Le respondo alegremente que creo que no, que es el coche de mi madre, odio conducir y no sé nada de coches. Esto le horroriza doblemente, puedo leer el escepticismo en su cara, empieza a pensar que la aventurita del toro podría ser la última. “Me voy a morir en este coche”, murmura. Además, añade que es una locura ir en pleno verano a esta hora a perdernos por ahí y en la editorial me quieren matar por semejante idea... en fin, a lo hecho pecho. Pecho mojado y sudoroso. “¡Es por la luz!”, le digo. “Encontraremos la luz maravillosa y todo merecerá la pena, verás”. En realidad, no estoy seguro de esto, no sé bien qué orientación tiene el toro. La verdad es que ni siquiera estoy hiperseguro de dónde está, pero opto por no comentarlo. Le pregunto a Ian por su viaje. “Bueno, teníamos aire acondicionado y nevera... aunque en el viaje no hizo más que llover”.

Aunque yo quería hablar del viaje, la charla se centra en temas políticos y sociales. Ian está triste y preocupado con algunos asuntos de actualidad, cree que es terrible que nadie respete nada, que la gente se descargue libros. Comenta que el país es un asco por culpa de los gobernantes. “No hay moral. ¿Cómo se concibe dejar 100.000 fusilados en las cunetas? Y Mariano se jacta de no haber gastado ni un euro en la memoria histórica. Este gobierno te quita las ganas de seguir creando. La gente pierde la paciencia y la esperanza. Encima admiran a personas como Mario Conde por ser más listos y estar por encima del sistema. Y el IVA cultural me hace pensar que el gobierno odia la cultura. No se puede crear. No hay adelantos. Escribí un libro sobre Buñuel y me dieron una placa. Mi mujer me dijo que si volvía con otra placa a casa, en vez de con un cheque...”.

Mientras escuchaba a Ian, con el rabillo del ojo buscaba el toro en la cuneta, que debía de estar cerca. La verdad es que me había imaginado que en este trayecto me relataría aventuras singulares con la furgo mientras se documentaba para el libro, perdido por carreteras secundarias, tormentas, gentes inimaginables, puestas de sol cinematográficas... Para suplir su parquedad hablo yo, hablo por los dos, o por cinco. ¡Ahí está el toro!

Paro el coche. Calor terrible. Orientación regular de la valla. Luz regular. Ay, Dios… “Ponte por aquí, Ian, voy a buscar un teleobjetivo y un polarizador”. Ian sale del coche. Lo veo alejarse y pararse en el horizonte. Parece cansado. Quizá yo haya hablado demasiado. Está aturdido. Mira hacia la lejanía: ¿qué estará pensando? Y de pronto se gira y grita con total alegría: “¡España! ¡Tierra abundante en conejos!”. Y, ¡caramba!, ahora veo en él otro ser radiante en mitad del campo. La pasión lo ha inundado. Parece un colegial. El toro le mola, pero el cereal que hay plantado, más. Entusiasmado, me señala los viñedos a lo lejos y distingo una familia de conejitos jugueteando entre las uvas. De pronto, el sol se abre paso entre las nubes y surge una estampa maravillosa. Ahora todo es genial. Es como si sonara la música de la banda en el tendido y tocaran Paquito, el Chocolatero. Ian mira por fin al astado imponente de una ganadería de gigantes y se dispone a torearlo: como muleta con la que darle unos pases saca la libreta y, para dar la estocada, su bolígrafo. “Amo este país -dice-, pero a veces se mezcla la rabia”. Sigue sin soportar el calor y sigue teniendo pinta de guiri. Pero España le duele. La mira con afecto pero sin condescendencia. Es uno de los nuestros.

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