¡Que no es poesía, que no, por más que se empeñen!

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texto ENRIQUE VILLAGRASA

Tyler Knott Gregson peca de cursilería e impostura en ‘Por mucho que duela’ (Espasa).

Leía Por mucho que duela (Espasa), del casi cuarentón Tyler Knott Gregson, y me llevaba esta lectura a Garcilaso de la Vega y a Quevedo y a Góngora, por lo que sigo sin entender por qué, teniendo a los grandes de la poesía en casa, vamos a buscar algunas de las más infantiles tonterías escritas y las traducimos. Si en su lenguaje original, el inglés de Norteamérica, pueden resultar esta especie de versos impactantes, en la versión al español dejan mucho que desear. No digo que estén mal traducidos, porque si a un servidor se le ocurre decirle a una amiga esta cursilada: “Si yo soy una ola, tú eres el mar. Si tú eres una flor, yo soy tu abeja”, me suelta tal improperio que me quedo sentado. ¡Vamos, que ni se me ocurriría tamaña desfachatez! (Copio en esta crítica los pretendidos versos sin marcar la diferencia entre ellos, curioso ejercicio).

El autor “es poeta, fotógrafo y artista. Vive en las montañas de Helena, Montana, con sus dos golden retriever, Calvin y Hobbes. Licenciado en Humanidades por la Universidad de Montana, y titulado en Sociología y Criminología, se especializó en Psicología y estudios religiosos, estudios que incluían las filosofías orientales, la espiritualidad de los indios norteamericanos y otros credos alternativos como el budismo, doctrina que sigue y que le hizo ver la vida de un modo distinto. Escribe con ojos abiertos de fascinación por la vida, los milagros de lo cotidiano y una apreciación de la naturaleza propia de Whitman”. Para escribir así y de estos temas, mejor leer a William Carlos Williams, que escribió poemas más o menos cortos con versos muy breves, a la vez que se dejaba conmover con la sencillez de lo cotidiano y la búsqueda de formas poéticas dispares, por supuesto sin rima ni métrica al uso, pero sí con musicalidad, con ritmo. Que yo sepa, poesía es palabra sujeta a ritmo, cuando y cuanto menos, y en Por mucho que duela este, el ritmo, brilla por su ausencia: “Tú eres el poema que nunca supe cómo escribir, y esta vida es la historia que siempre he querido contar.”

Ya sé que los norteamericanos entienden la poesía de otra forma y puede ser que esta especie de poesía no se pueda comparar con ninguna tendencia poética europea. Y es más, desde siempre, con Whitman a la cabeza, los poetas norteamericanos creo que intentaban e intentan cantar y reflejar los valores de sus Estados Unidos de América, su nación, la líder mundial, y de su gente, su paisanaje: “Somos guardianes de la memoria y tramperos del tiempo”.

En este libro, el autor termina afirmando que “nosotros somos cazadores de luz”. Seguramente tiene el candil apagado. Fuera bromas, él sabe que esa luz puede iluminarse a través de la lectura, de los encuentros (parroquiales): quien mejor lo sabe y lo practica es la Iglesia católica. Sabe Tyler Knott Gregson que lo que hay que lograr es mantener una relación estrecha entre autor y lector, siendo el lector el coautor, si se quiere, del poema. Pues el lector es quien reescribe el poema y su decir significado. El lector es quien le da prolongación al verso. Pero versos que conmuevan, que emocionen, que hagan vibrar al lector, porque en el poema no solo debe haber sentimiento y pensamiento. Debe lograr que el lector viva la experiencia que plasma el autor y reconocer la fuerza y la intensidad del lenguaje con la que expresa esas experiencias. El poema debe prolongarse en quien lo lee, lo recita o lo escucha. Y nada de ser cursi: “Cuento las sílabas de tu risa y espero la interrupción de tus largas y profundas respiraciones. Yo puedo ser un escritor, pero tú eres un poema y te derramas como la tinta sobre el papel de nuestros días”.

Sigo diciendo que con esta mal llamada poesía no vamos a ninguna parte, pero no hay que tener miedo por eso: todos podemos coexistir y, si se quiere, convivir, como la ópera y la canción del verano. Igual estoy equivocado, pero creo que la presencia de escritores y/o poetas en las redes sociales es la búsqueda de la identidad de ellos y su ganancia, no de sus lectores. Pero, sin criterios, el lector de redes queda atrapado y de qué manera: y así nos va.

En este libro de 160 páginas, encontramos un prólogo de Loreto Sesma y una introducción de propio Tyler, quien combina textos de estructura versicular con prosas más o menos líricas sencillas y de fácil lectura, desde los dos versos a los 66 versos del poema último; todo ilustrado debidamente por los dibujos de Adriana Moragues, que al igual que esta pretendida poesía son de trazo sencillo, pero más firme. Hasta ahí llego: sigo pensando que estos textos son cantos a sí mismo, cual Whitman, a la vez que textos de confesión personal sobre la vida y la persecución del amor de ella, y no parece haber mucha literatura en ellos. Creo que es imposible emocionarse con estos versos. Poemas, pues, fallidos, si se les puede llamar poemas, y llenos de impostura. Hay falta de sinceridad. Sí son verosímiles; pero es la narrativa la que debe ser verosímil. La poesía debe ser verdad. Sería mejor, pues, que la máquina de escribir siguiese callada: “Mis brazos no son lo suficientemente largos para envolverme en ellos, y he descubierto que entrelazar los dedos en el breve espacio de la columna vertebral marca la diferencia”.

El autor no engaña a nadie: “Este libro, por decirlo de manera sencilla, es un mapa que mis pies errantes han trazado para perseguir la luz. Pues por mucho que duela, siempre habrá luz, y yo jamás dejaré de perseguirla”. Y sin brújula, añado. Que el lector o lectores de este libro, ¿tal vez legión, a tenor de sus seguidores en las redes?, formen su propia opinión: por mucho que duela. ¡Está claro que no tiene que coincidir con la mía! 

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