En el nombre del Brat Pack, de Bowie y de Cortázar

 

texto ENRIQUE VILLAGRASA  foto AARÓN MARTÍNEZ

María Pérez Heredia se revela como narradora de raza en ‘Starman’ (Reservoir Books), novela plagada de homenajes.

Hay un hombre de las estrellas esperando en Los Ángeles. Hay un tal Clay Cassady, chico raro, esperando en Los Ángeles. Hay otro Clay en Menos que cero, de Bret Easton Ellis, esperando en Los Ángeles. Hay un tal Jay, amigo rico de Clay, y un Jay McInerney que conoce Nueva York y ha escrito sobre ella en Luces de neón. Hay muchísimas más cosas en esta segunda novela de la joven graduada en filología hispánica María Pérez Heredia (Zaragoza, 1994) titulada Starman (Reservoir Books), que también nos hace recordar la estructura narrativa de Rayuela de Julio Cortázar. Todo son ecos, pero el mejor libro es aquel que te lleva a otros libros y otras lecturas: como las peripecias del joven adolescente Holden Caulfield en Nueva York, protagonista de El guardián entre el centeno de Salinger, sin ir más lejos. Y, por si esto fuera poco, es un retrato homenaje de Neal Cassady, el Dean Moriarty de En el camino de Jack Kerouac.

Si en su primera novela, María Pérez se preguntaba: “¿Te has dado cuenta de que la realidad es un monstruo?”, en esta, la realidad es monstruo y medio y el actor principal no deja de ser el hombre más veloz vivo desde y en sus eternas resacas. Y menos mal que se da cuenta de que todo a su alrededor ha pasado demasiado rápido. Pues bien, si en Esos días raros de lluvia (Eclipsados, 2013) es Bowie el protagonista, en Starman el título es de una canción del cantante David Bowie, quien reaparece pues se citan sus canciones. Todo referencias del mundo de los titiriteros ricos, de las marcas, de las series y la moda muy bien hilvanadas.

En esta segunda novela, el protagonista, actor primerizo y oscarizado, también busca su lugar, su carretera, su viaje, su ser en el mundo: desde Europa a América, pasaporte lleno de sellos. A veces lo encuentra o no, junto a su amigo Jay o al lado de sus chicas Jen, Leigh o Daphne, entre otras más: Marie; como su madre Caroline, siempre pegada al Chardonnay y al Valium; y Miranda, mexicana, y su hermano Peter, el estudioso; o su agente descubridor de su talento para el cine, el judío Stanley Solomon.

Es la historia de un estrellato de la mañana a la noche, contado en formato diario con saltos en el tiempo; pues no siempre se tienen ganas de escribir y/o algo que contar, que para eso ya están Twitter, Facebook o Instagram, del día 3 al día 500. Es la vida, el tiempo y el espacio de esa juventud de cine, rica, no de otra. Es la música y el cine y los homenajes a las serie televisivas. Es la amistad, el amor, el sexo, el alcohol, la coca y la hierba: y hasta un embarazo no previsto.

Novela intensa, bien escrita, con un estilo directo nada agresivo y con lenguaje sencillo muy actual, no sé si moderno, pues esto ya pasó; escrita en capítulos más menos cortos, que se pueden leer del derecho y del revés: siguiendo los días; flashbacks y confesiones o bien tal como está dispuesta, de la página 11 a la 431; de fácil lectura y con muy buen ritmo narrativo; y que engancha porque habla de lo que supone ser joven estrella de hoy y lo mal o lo bien que les sienta esto de ser súper conocidos a algunos más que a otros, que no sé para qué se ponen, pues; y da muestras del buen quehacer de esta novelista recién iniciada, que apunta maneras y de qué forma. ¡Narradora de raza!

Recuerdo que Horacio dejó escrito que “no porque el hombre salga de su casa sale de sí mismo” y Kafka escribió que “salir de aquí, esa es mi meta”; y tras leer esta historia se entiende más y mejor ese porqué: una huida hacia ninguna parte, que siempre estará Los Ángeles. Si tuviera que ponerle un punto negativo sería el de haberse centrado allende los mares en esa ciudad del sueño y el ensueño y no en una de aquí, más cercana. Aunque ya sé que en los increíbles cementerios de L.A. hay más vida que en algunas ciudades de aquí. Me gusta mucho la descripción de los despertares y que no siempre sean del agrado de todos en la novela, claro. Me entusiasma la anécdota de una joven que va a ingresar en el convento: da la casualidad de que conozco a alguien que también la utilizaba. ¡Realidad y ficción, qué cosas!

Los jóvenes que aquí se reflejan son despreocupados, viven el presente: todo es fiesta; pero son seres más bien descontentos, a pesar de tener sobrado dinero, rodeados de lujo, caprichos y que todo sean facilidades a su alrededor; de aeropuerto en aeropuerto y tiro porque me toca: carretera o autobús. Eso sí, les falta algo a los pobrecitos, una situación familiar donde el cariño sea sincero: aquí el padre ni tiene nombre hasta la pág. 406, es el señor Cassady, Keith; tener la suficiente autoestima o ese sentirse a gusto consigo mismos. Pero eso también falta en la mayoría de votantes y así nos va.

El protagonista, Clay, no quería ser actor, quería pagar sus facturas, ver la televisión y comer pizza congelada. Le gustaba su vida, de verdad; pero un buen día descuelga el teléfono y pasa lo que pasa y la vida se vuelve más interesante y conoce a mucha gente increíble. El cine tiene esas cosas: descubrimiento, auge y caída de casi todo, con final en el camino de las estrellas, para hacer lo que haga falta o no; pues en el mundo real todo, pero todo es diferente. Aunque bien es cierto que todo lo bueno se acaba y lo malo, si acaso es malo, también. ¡Qué buen material para un guion, María! Y espero que la traduzcan pronto al inglés. Una historia sin término medio. ¡Ahí es nada! 

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Comentarios (3)

  • Invitado - Milo Krmpotic

    Estimado/a Jazz,
    Decirle, simplemente, que, caso de llevar usted razón, caso de tratarse de un flagrante caso de machismo enquistado y patriarcalismo galopante, el responsable sería un servidor, editor de la nota y autor del titular, y no Enrique Villagrasa. La idea fue partir de los referentes de la novela, conocidos y reconocidos, para atraer al lector, ya que poner el nombre de un autor o autora prácticamente novel podía conducir a la indiferencia. Puede usted creerme cuando le digo que, si los referentes de la escritora hubieran sido Sylvia Plath, Virginia Woolf y PJ Harvey, servidor habría obrado de igual manera. En cualquier caso, la foto contradice a todas luces su teoría acerca de la "invisibilización" de la autora.
    Saludos cordiales,

  • Invitado - Adoración

    Es sorprendente cómo las personas percibimos las cosas de forma distinta, porque cuando he leído esta reseña he pensado qué buena escritora debe ser María Pérez y tengo que leer su novela. Pero está claro Jazz que nunca llueve a gusto de todos.

  • Invitado - jazz

    Ole, ole y ole... Enrique, guapo, te has lucido con tu reseña: invisibilizas a la autora en el titular y, en su lugar, resaltas a dos varones que "pasaban por allí". No contento con eso, haces lo mismo en el resto del texto: ¿para qué vas a hablar de la autora que ha escrito el libro si puedes hacer un catálogo de "grandes hombres" de todos los tiempos? Un ejemplo claro de los mecanismos sexistas en el periodismo cultural de siempre, eso sí, muy jovial y desenfadado, muy moderno en la forma, pero el fondo, huele a patriarcado rancio rancio.