La semana de los diez días

 

texto MIGUEL BARRERO  fotos MILO J. KRMPOTIC / ARCHIVO

La Semana Negra de Gijón celebra su 30ª edición en un momento crítico, condicionada por los recortes presupuestarios y el desinterés del ayuntamiento.

Corría el año 1987 y Paco Ignacio Taibo II viajaba de México a España para cumplir, en su calidad de presidente de la Asociación Internacional de Escritores Policiacos, un encargo importante. El colectivo quería organizar un encuentro de autores de novela negra y habían optado por hacerlo en Barcelona. No era una mala elección. En esa ciudad se asentaba ya el epicentro de la industria editorial española, y en ella vivían y escribían Manuel Vázquez Montalbán, Francisco González Ledesma y Andreu Martín, tres de los nombres que más estaban contribuyendo a renovar el género en la península ibérica. La misión de Taibo consistía en verse con ellos, trasladarles la propuesta y urdir entre los cuatro un plan de acción que permitiera poner en marcha, en el plazo de doce meses, un congreso donde se debatiera acerca de la literatura negrocriminal y sus sintonías y desconexiones con la sociedad del momento. Ocurre que Taibo quiso aprovechar el viaje para solventar cientos asuntos propios y, antes de aterrizar en Barcelona, hizo escala en Gijón. Allí tenía sus raíces, pues toda su familia procedía de la ciudad asturiana, y allí vivía uno de sus editores, el recordado Silverio Cañada, con quien había puesto en marcha la colección Etiqueta Negra dentro del sello Júcar. En cuanto se encontraron, Taibo le puso al corriente de sus planes para aquel encuentro de escritores que debía celebrarse en la Ciudad Condal y Cañada, tras escucharle atentamente, le respondió con una frase que terminó siendo crucial: «Vamos a ver a Tini».

Tini era Vicente Álvarez Areces. Acababa de convertirse en alcalde de Gijón y buscaba herramientas con las que reforzar la autoestima de una ciudad atrapada en el trauma de las reconversiones industriales. Les recibió en su despacho del ayuntamiento y organizó, acto seguido, un nuevo cónclave en el que también participaron el escritor y comunicólogo Juan Cueto —que dirigía entonces la revista cultural Los Cuadernos del Norte— y el decorador Chus Quirós. Paco Ignacio Taibo ya no tuvo que desplazarse a Barcelona porque aquellas reuniones se saldaron con una decisión irrevocable: se celebraría un encuentro de escritores policiacos, pero no sería al borde del Mediterráneo, sino a orillas del Cantábrico. Gijón, por sorpresa y en apenas un día, le había ganado a Barcelona un pulso que ni siquiera tenía previsto disputar. Todo estaba tan por hacer que la primera Semana Negra ni siquiera se llamó Semana Negra. Fue, a secas, el Congreso Internacional de Escritores Policiacos. El escenario fueron los diques y los talleres del viejo puerto de El Musel. Las expectativas eran tan mínimas que la afluencia, más bien modesta, se interpretó como un éxito. Se abrieron las puertas para repetir convocatoria, y al verano siguiente la Semana Negra —ahora, ya sí, con ese nombre— volvía a celebrarse en una ciudad que aún desconocía que se estaba convirtiendo en una pionera en esto de organizar festivales literarios.

Con esos mimbres tan provisionales, el haber llegado a la trigésima edición casi es un milagro. Máxime cuando, en los últimos años, ni siquiera el Ayuntamiento de Gijón, principal promotor del evento, parece muy interesado en mantenerla. La llegada al gobierno local de un partido de derechas creado por Álvarez-Cascos hizo que las preferencias en materia cultural fuesen otras y que la Semana Negra, a la que su propio fundador llegó a definir como «una Disneylandia para rojos», se viera cada vez más orillada en los presupuestos municipales y poco o nada valorada por determinadas instancias. Un problema con Hacienda, causado precisamente por el retraso en el cobro de una subvención municipal, estuvo a punto de tirarlo todo por la borda hace unos pocos meses. Aunque el asunto se solucionó, una cierta sensación de inseguridad quedó flotando en el ambiente. Y eso que la Semana Negra está acostumbrada a forjarse en las adversidades. Desde el principio fue pasto de críticas feroces, tuvo que vagabundear por diversos espacios de la ciudad —en un giro paradójico, en tanto que esa itinerancia, motivada por la desafección de determinados colectivos vecinales, ayudó a vertebrar urbanísticamente aquellos enclaves por los que pasaba— y aún hoy carece de emplazamiento fijo, puesto que los terrenos de los viejos astilleros en los que se viene celebrando desde 2012 requerirán más pronto que tarde un tratamiento específico que malamente casará con la celebración de festivales. Ahora todo parece estar en el aire y en algunos sectores se teme que el certamen pueda desaparecer. Sería un craso error, porque, además de ser la madre de decenas de festivales que a su imagen y semejanza han florecido por toda la península en estas tres décadas, la Semana Negra ha sido, sobre todo, el mejor lugar posible para tomar el pulso a la literatura de género. Un punto de equilibrio para averiguar en qué lugar está y hacia dónde puede dirigirse. Y hay otra cuestión: pocos eventos conceden a Gijón tanta resonancia internacional como este encuentro con trazas de aquelarre en el que cada verano llegan a la ciudad más de un centenar de escritores procedentes de las cuatro esquinas del mundo.

 

 

Así pues, cuando este año la 30ª edición abra sus puertas lo hará con cierta melancolía, aunque también con la esperanza y el convencimiento de que la única obligación moral consiste en intentar salir adelante. Hay en este trigésimo aniversario una vocación irrenunciable: la de mirar atrás y preguntarse qué ha sido de nosotros. Estarán en Gijón los supervivientes de aquel lejano estío de 1988, Juan Madrid y Jorge Martínez Reverte, pero también los que se han venido sumando desde entonces y los que, como quien dice, acaban de llegar, representados por Leandro Pérez, Chesús Yuste y Tomás Bárbulo. Se ofrecerá un espacio a la poesía más joven de la mano de Carlos Salem y Escandar Algeet, y se rendirá un sentido tributo a Ángel González, que hace una década visitó por última vez el certamen, del que fue participante habitual y defensor acérrimo. La Semana Negra es así, ecléctica y abierta a todas las generaciones. Se hablará de cómics, otra de las piedras angulares del certamen desde hace ya un montón de años, se debatirá sobre temas tan actuales e importantes como la violencia machista o la crisis de los refugiados y se pondrá el foco en la literatura que se escribe a ambas orillas del Atlántico. Porque otra de las ambiciones de la Semana Negra, quizá una de las más importantes, radica en establecer un puente a través del cual la literatura española dialogue con sus hermanas de Latinoamérica. De ese modo, estarán Berna González Harbour, Empar Fernández o Alejandro M. Gallo, pero también Tatiana Goransky, Vladimir Hernández o Jorge F. Hernández. Todo a lo largo y ancho de un festival tan irreverente que hasta falta a la verdad en su propio nombre. Porque la Semana Negra, eso ya es cosa sabida, no dura siete días, sino diez.

¿Qué pasará después? Es un misterio. Hay quien teme que la edición de este año acabe siendo la última y quien confía en la capacidad del festival para resistir. Su fundador, aquel Paco Ignacio Taibo que un buen día pretendió llegar a Barcelona y terminó echando amarras en su ciudad natal, acuñó en tiempos una frase lapidaria: «Esto es la Semana Negra de Gijón, y sigue». Hasta ahora la máxima ha hecho fortuna. Cabe desear que siga siendo una realidad dentro de otros treinta años.      

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