Eva Díaz Pérez nos lleva al taller de Murillo

 

texto ANTONIO ITURBE

En “El color de los Ángeles” recrea con una seductora paleta de colores la vida del gran pintor sevillano

 

El taller de Murillo huele intensamente a bosque de indias. En las páginas del libro podemos aspirar el aroma a América de su taller, no solo en las maderas de los bastidores traídas del nuevo mundo sino en la azurita de las minas americanas que le ayuda a componer los azules celestiales de sus vírgenes ensimismadas. Estamos en el siglo XVII en Sevilla y al asomarse por la ventana de esa ciudad que ha sido el cordón umbilical con la Nueva España del otro lado del océano, el pintor sigue asombrándose a una edad avanzada del color de Sevilla, una ciudad que le parece tan maravillante como difícil de pintar, precisamente por el exceso de luz que la llena de sombras profundas en el suelo.

Palpando los pigmentos, embadurnándonos del barro que los aprendices del taller donde se forma el murillo joven van a buscar a las orillas del Guadalquivir, nos adentraremos en la vida del pintor y en la de esa Sevilla de claroscuros. Una ciudad que está a mediados del XVII en la decadencia de aquella urbe todopoderosa como capital administrativa del trasiego con América y que en 1648 recibe el golpe mortal de la epidemia de peste. Una epidemia que asola la ciudad entera. El propio Murillo ve morir a tres de sus hijos. Los datos históricos de la vida de Murillo están llenos de agujeros documentales, pero ahí la habilidad de Eva Díaz Pérez, con la necesaria mezcla de rigor histórico y ensoñación, completa los huecos. Nos cuenta que Murillo puso los rostros de sus hijos a algunos de los personajes de sus cuadros y de esa manera su esposa Beatriz halla algún consuelo al dolor, vagando por la ciudad para contemplar las obras que le devuelven por un momento a sus niños.

Hay episodios extraordinarios en el libro, como el encuentro entre dos maestros de su tiempo en Madrid: Murillo y Velazquez. No existe una corroboración histórica precisa de si llegaron a verse, pero la autora ha rastreado la trayectoria de Murillo y sabe que viajó dos veces a Madrid. Y resulta, por tanto, verosímil que estos dos pintores obsesivos se encontrasen. Y si se encontraron, debería haber sido tal y como ella lo cuenta. Velázquez, casi veinte años mayor, le da un consejo a su colega sevillano: “Pintad el aire, pintad el instante, pintad el silencio”. A Murillo en Madrid lo dejan impresionado las obras de Tiziano y de Tintoretto y veremos cómo ese estilo veneciano se impregna en su obra. Aunque Murillo tiene una personalidad como pintor que lo hace único. Se convierte en un experto en la obtención de colores hasta entonces nunca vistos. La piel de sus figuras celestiales tiene una blancura rosada por una mezcla precisa del blanco y el bermellón, como de algodón de caramelo, que la autora apunta que había creado la leyenda de que el maestro Murillo pintaba con sangre y leche.

Pero no sólo son importantes los cuadros religiosos de Murillo sino también sus retratos naturalistas de mozalbetes en la calle captando sus miradas con un fondo de desvalimiento en los que los claroscuros consiguen detenerlos en el tiempo. Una fotografía que frente a la fastuosidad religiosa nos muestra también la miseria de esos años en las calles. No todo es celestial en la vida de Murillo y la Sevilla que retrata está llena de luces y también de muchas sombras y él mismo no podrá zafarse del ambiente. Pero las debilidades del artista también nos ayudan a identificarnos con él: es un genio, pero de carne y hueso. Este libro no es una biografía de Murillo, es aún mejor: una ensoñación sobre Murillo y la Sevilla de la época trazada con un una textura que hace de cada página un lienzo pintado de manera apasionada.

Eva Díaz Pérez –ganadora de premios como el Premio Málaga de Novela o el Premio Andalucía de la Crítica) combina una trayectoria como periodista cultural con su faceta de escritora, que llega en este libro a un punto de madurez sobresaliente. Su querencia por la historia, su rigor en la documentación, la curiosidad descarada del periodista y la sensualidad de su toque literario hacen de ella una de las autoras españolas con más cosas que contar y con mejor mano para hacerlo.

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