La mejor manera de conocer a alguien es observar sus libros

 

texto ANTONIO ITURBE

Jesús Marchamalo nos muestra las bibliotecas privadas de los escritores en “Los reinos de papel”

Jesús Marchamalo es un agrimensor de libros. Antonio Gamoneda lo bautizó como “inspector de bibliotecas. Tras publicar anteriormente Las bibliotecas perdidas o Tocar los libros, reúne ahora sus visitas a bibliotecas de escritores en Los reinos de papel (Siruela). Nos recuerda en el prólogo que Margaritte Yourcenar afirmaba que “la mejor manera de conocer a alguien es observar sus libros”. Es lo que hace al colarse, con permiso, en las bibliotecas privadas de una veintena de autores españoles. El común denominador son casas donde los libros se desboirdan de manera exuberante, en general, con mayor orden del que podía pensarse. La de Muñoz Molina y Elvira Lindo enorme y en pasillos de estantes asemeja una biblioteca pública (son defensores absolutos de las bibliotecas públicas), la de Atxaga en unas golfas perfectamente rehabilitadas o la Molina Fopix, que es una apartamento, tan enamoradoi de los libros como un amante que hasta les ha puesto un piso.

Al subir hacia la biblioteca de Bernardo Atxaga escalera la escalera cruje en cada peldaño. Fue desván y Marchamalo nos cuenta que ahora semeja ser la bodega de un viejo bergantín. Tal vez una goleta. Mucho Onetti, Paul Theorux, Vila Matas… Atxaga parece disculparse por media docena de libros de Donna Leon que dice que le han regalado unos amigos que insisten que la lea y aún no ha leído.

Julio Llamazares rememora con afecto el quiosco donde cambiaba novelas del Oeste: “libritos impresos en octavo, de papel basto, áspero y amarronado, quebradizo; las tapas con frecuencia deslucidas, dobladas las esquinas: sheriffs, forajidos, revólveres, croupiers, apaches y caballos...” Marchamalo nos muestra cómo tiene en el salón “una librería vertical que llama la atención de las vistas en la que los libros parecerían estar levitando”

Cuenta Ignacio Martínez de Pisón que sus estanterías Billy de Ikea “tienen mucho más fondo del que precisa el lomo de los libros y se acaban llenado de una quincallería emocional indefinible: piedras, fotos, postales y pequeños objetos que andan por ahí como en suspenso” “El problema cuando decides deshacerte de algo es que es irremediable”. Sus propios libros ocupan apenas media balda de una librería enorme “tanto trabajo y tanto darle vueltas para escribir este puñadito de libros, no mucho más de una esquina”.

Manuel Vicent tiene una habitación que es como la celda de un cartujo con paredes de libros. Luis Goytisolo tenía un padrino que en los cumpleaños le regalaba libros de Salgari, Sabatini o Karl May. Ahora en el epicentro de su biblioteca están Francisco Ayala, Bioy Casares, Borges, Benet…

David Trueba cree que “las bibliotecas son siempre un accidente y con frecuencia el resultado de una obsesión”. En su caso afirma que cada libro que entra obliga a otro a salir y reflexiona muy sensatamente que “son libros que no voy a volver a leer, que a mis hijos no van a interesarles y que, en todo caso, puedo volver a comprar”. Sin embargo, esta una ley que se aplica con laxitud, ya que Marchamalo descubre pilas de libros por todas partes. Brillan especialmente los libros de Bohumil Hrabal, su escritor favorito.

Javier Gomá dice que ha leído todo Turgueniev, que le fascina Jane Austen, Ediuth Warthon y Theodor Fontane. Este filósofo muy lector, amante y desmitificador de los libros, se pregunta para relativizar la importancia de las bibliotecas personales: “¿Cuántos libros leyó Platón? ¿Un centenar? ¿Y Homero, que era ciego?”

El truco de Luis Antonio de Villena para que le quepan más libros es hacer tres filas en las baldas altas, haciendo una primera fila horizontal a modo de pedestal. Libros y libros, en todo tipo de encuadernaciones, clásicos y modernos. Muchos de Oscar Wilde: “lo he leído, he escrito sobre él y todo ha sido para pagarle lo que hizo por mí”. Manuel Longares muestra la edición dedicada por Cela de La familia de Pascual Duarte donde le desea “talento, suerte y paciencia” Comenta el autor que “me aclaró que eran las tres cosas que iba a necesitar si quería dedicarme a la literatura y razón no le faltaba”.

Talento, suerte, paciencia… y muchas lecturas. Se descubre en estos merodeos agudos de Marchamalo que no hay escritor sin libros.

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