Bohemios, magos y vagabundos literarios en Formentor

 

texto ANTONIO ITURBE

El premio de las Letras a Alberto Manguel y las Conversaciones Literarias han traído a Mallorca a Falstaff, Martin Eden y el Capitán Nemo

El más importante divulgador actual de la historia del libro y la lectura, Alberto Manguel, ha sido el Premio Formentor de las Letras 2017. El autor de libros como Una historia de la lectura., Guía de lugares imaginarios o Una historia natural de la curiosidad acaba de publicar un hermoso libro titulado “Mientras embalo mi biblioteca” (Alianza). Con su tono pausado y la humildad de la gente inteligente, se ha mostrado complacido “y avergonzado” al recibir un premio que empezó con Borges y Beckett y el año anterior recayó en Roberto Calasso: “yo me pongo a la cola de una lista extraordinaria”.

En el emotivo discurso de aceptación del premio, seguido por cerca de 400 personas desplazadas al mítico Hotel Formentor del norte de Mallorca para escucharlo, señaló la importancia redentora de la lectura. En sus palabras reconstruyó el episodio bíblico en que Dios pide a Abraham que para mostrar su lealtad sacrifique a su hijo Isaac, que le parecía de una inaudita crueldad. Y cómo ese episodio inconcebible, aunque finalmente Dios conmutara la pena a muerte del niño cuando ya el padre estaba dispuesto a cortarle el cuello, es descrito desde la literatura no desde la óptica grandilocuente del que ordena matar y del que obedece sino desde la óptica de la víctima. Un poema del siglo XVI hallado de manera azarosa en un libro sumergido en una biblioteca le mostró la verdad literaria que la historia sagrada ignoraba: el dolor de Isaac. Isaac pidiéndole a su padre que, ya que ha de matarlo, que al menos en ese momento lo abrace tiernamente para que pueda ver sus lágrimas.

El décimo aniversario de esta segunda fase de la historia de los encuentros de Formentor, pilotada por el escritor y agitador cultural Basilio Baltasar, ha tenido como lema de este año: “Bohemios, magos y vagabundos”. Dos docenas de militantes del libro han elegido un título para echar leña al fuego de las Converses Literàries. Por los jardines y la trastienda del mítico Hotel Formentor, donde Vargas Llosa terminó de escribir Pantaleón y las visitadoras y Carlos Fuentes se retiraba en busca de inspiración, han zascandileado el bohemio pintor Roca Fuster que decoraba ataudes, glotones como Falstaff o el soldado Svejk, los alucinados escritores beatniks, paseantes febriles como Robert Walser, los detectives salvajes de Roberto Bolaño o ese “bello ángel devastado” que fue Anne Marie Schwarzenbach.

Juan Gabriel Vásquez, hablando de ese vagabundo vocacional que fue Robert Walser afirmó que “caminar es una manera de estar y de ser en el mundo”. Víctor Amela, al hilo de la psicomagia de Alejandro Jodorovski, se erigió en prestidigitador para mostrar cómo “la imaginación es la materia de la que todo está hecho”. La traductora Marta Rebón, al rememorar a ese emigrante permanente que fue Dovlátov, señaló que “todos los libros tienen forma de maleta”. El periodista Lluís Bassets escapó por un par de días de la olla a presión de la política para rescatar el libro de un bohemio recalcitrante como Léautaud al que “le asqueaba la política”. Andreu Jaume coló de manera aguda en los elegantes jardines de Formentor al desaforado y ruin Falstaff de Skakespeare, al q1ue al final uno termina por coger cariño. El escritor y profesor de Oxford Felipe Fernández Armesto, en una exposición brillante donde conjugó la erudición y el sentido del humor, mostró cómo el hombre que dio nombre a América, Américo Vespucio, fue un buscavidas, que incluso se ganó la vida en algún momento arreglando citas de caballeros con señoritas de vida disipada y señaló con socarronería cómo el país mandamás del planeta tan puritano para algunas cosas, los Estados Unidos de América, llevara “el nombre de un proxeneta”. Cuando alguien del público lamentó la injusticia de que América se llamase así y el nombre de Colón hubiera quedado sólo para un pequeño país (Colombia), Fernández-Armesto le respondió que había que quitar importancia a las denominaciones de las cosas: “no es más que un nombre”. Y se puso como ejemplo: “Yo me llamo Felipe, que significa “el que ama los caballos”… y aunque yo siento simpatía por ellos, ¡a mí los caballos me odian!”.

Aunque la gran respuesta de las jornadas la dio el ganador del Premio de las Letras Alberto Manguel, tras haber hecho una emotiva semblanza de ese personaje ambiguo, entre la sensibilidad y la violencia, que es el Capitán Nemo. Cuando alguien del público le preguntó, siendo él un experto en Homero, si la llegada masiva de refugiados a Europa no escondía también gente que eran Caballos de Troya, Manguel respondió con voz suave pero palabras contundentes: “Eso que usted dice no es que sea políticamente incorrecto, es que es humanamente inaceptable.”

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