Escribir contra la brutalidad del mundo

 

texto MILO J. KRMPOTIC  foto ARIADNA ARNÉS

La coreana Han Kang obtuvo el Man Booker International con ‘La vegetariana’ (:Rata_).

Han Kang no habla en público: murmura. Obliga, pues, a que la sala se mantenga sumida en un silencio oriental, en un silencio que casi podríamos calificar de amenazado, pues se transmite entre la audiencia la sensación de que cualquier comentario entre dientes, cualquier estornudo por amortiguado que se presente, incluso el sutil zumbido del díptero de turno se bastará para partirle el espinazo a su discurso, para desgajarlo en una lluvia de fonemas del grosor del papel de calcar, inasibles incluso para Sunme Yoon, su intérprete y traductora en el ámbito hispano.

Han Kang, en cambio, no lee en público: manifiesta. Una fuerza insólita se adueña de su voz, modulada y rotunda, de modo que hasta los silencios cobran vigor, como si la ausencia de eco fuera un fenómeno en sí mismo.

Han Kang es una mujer celosa de su privacidad, de una existencia que prefiere dedicar a la escritura antes que al comentario de dicha escritura. La concesión del Man Booker International a La vegetariana la sacó inevitablemente de su órbita. Tuvo que hacer frente a una prensa mundial ansiosa por averiguar quién era esa súbdita coreana de 1970 que de repente había pasado a compartir nómina de galardonados con Ismaíl Kadaré, Chinua Achebe, Alice Munro o Philip Roth —si bien es cierto que la de 2016 fue la primera edición en que este premio reconoció una obra concreta antes que una carrera—. Y, evidentemente, una visita promocional a España no iba a ayudar a que las aguas volvieran a su cauce.

Pero son aguas rápidas, las de su literatura. Discurren turbias y feroces, sin extraviar un ápice de belleza. Por eso, una cosa es comentarlas desde la orilla y otra muy diferente sumergirse en ellas: Han Kang habla en público bajo el volumen de su fragor, pero Han Kang lee en público llevada por el latigazo constante de su corriente. Y esta tiende a alimentarse de algún frente de alta montaña.

La vegetariana, sin ir más lejos, cuenta la historia de Yeonghye, una mujer que se declara incapaz de seguir participando de la violencia del mundo y deja de comer carne. Pero esa decisión simbólica y en apariencia inocua, por íntima y personal, va a revelar las grietas de su existencia privada: la indiferencia de su marido, la arbitrariedad de su padre, el deseo ilícito de su cuñado, el consiguiente desencuentro con su hermana… Todo lo cual, por extensión, desnudará ciertos usos sociales propios de Corea, país sometido a una tensión creciente entre el dictado de la tradición, en ocasiones asfixiante, y la seducción de la modernidad, no exenta de trampas neoliberales. Y, a su vez, en una tercera onda concéntrica (también expansiva), con pinceladas sutiles va brotando un lúcido fresco de la naturaleza humana, a menudo tan brutal que no es de extrañar que ciertas almas sensibles prefieran bajarse del tren, echar raíces a un lado del camino y abrazar el mundo vegetal.

Pero no solo de metáforas se construyen las reacciones literarias de Han Kang. En Human Acts (que :Rata_ publicará también a lo largo de 2018), la autora se retrotrae a los sucesos que tuvieron lugar en mayo de 1980 en Gwangju, su ciudad de nacimiento, cuando el ejército respondió violentamente a una protesta de corte político en la universidad de Chonnam y, al levantarse en armas los vecinos, sitió la localidad y reprimió la insurrección a sangre y fuego. Aunque la versión oficial habla de unos doscientos muertos y cerca de 4.000 heridos, otras fuentes han ampliado el cómputo hasta las seiscientas, las mil e incluso las 2.000 bajas. Pero a Han Kang le basta con dar voz a una de ellas, un solo cuerpo en la montaña de carne joven acribillada por las balas, para que la tragedia se anude en torno a nuestra garganta. Para que reduzca nuestra voz a murmullo. Para que no nos quede más opción que leer como si un altavoz resonara de ojos hacia adentro.

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