La altura moral del desertor

 

texto  ANTONIO ITURBE

“El Bravo soldado Svejk” muestra cómo la guerra es cosa de idiotas

 

Las aventuras del buen soldado Svejk fueron escritas por Jaroslav Hasek y publicadas por entregas entre 1920 y 1923 y nos muestran a un tipo que no sabemos si es tonto, parece tonto o se hace el tonto. Un pícaro aficionado a comer y beber licor lo más que puede, y a trabajar lo menos posible. Se gana la vida recolectando perros callejeros y revendiéndolos como si fueran de raza, adjudicándoles un falso pedigrí. Habla con todo el mundo muy educadamente y demuestra una enorme bondad en sus gestos y su mirada afable. Ante cualquier cosa que se le requiera, siempre tiene alguna historia o anécdota que ilustra el asunto, aunque muchas veces no vengan al caso ni nadie le haya pedido escucharlas. Y una cosa que deja perpleja a todo el mundo es que cuando alguien lo ataca, grita o insulta él, en vez de replicar, le da la razón al otro. De esa manera muchas veces lo dejan estar, convencidos de que es un idiota de remate.

Cuando lo llaman a filas durante la I Guerra Mundial, en lugar de mostrarse remiso, lo que hace Svejk es exhibir un patriotismo apasionado y un fervor incondicional al emperador: “Me eximieron del servicio militar por estupidez y la comisión me declaró oficialmente idiota. ¡Soy un idiota oficial!”. Švejk es detenido en la taberna por un policía secreto por pronosticar que habría guerra y de paso también detiene al tabernero, que afirma que ha retirado el retrato del emperador para evitar que las moscas se cagasen encima.

Tras un recorrido por prefecturas y comisarias muestra tal fervor patriótico y amor al emperador que lo mandan al manicomio. Allí vuelve locos a los psiquiatras: “los médicos forenses que escriben ese informe basan su juicio respecto al absoluto embotamiento mental y cretinismo innato del enviado a la comisión Josef Svejk en la sentencia: ‘¡Viva el emperador Francisco José!’ que es del todo suficiente para ver que el estado mental de Josef Svejk es el de un idiota manifiesto”. Al fin y al cabo, hay que se idiota para estimar a quien te manda. Y lo mandan a casa.

Cuando más adelante recibe otra orden de reclutamiento, se presenta al reconocimiento médico en una silla de ruedas porque tiene, al parecer, un tremendo ataque de reuma que no le permite caminar. Pero esta vez el oficial que lo examina ve una intencionalidad desertora y no lo deja salirse con la suya tan fácilmente. Es destinado como asistente de un capellán militar más borrachuzo que el propio Svejk.

“Está borracho como una cuba. A todos estos capellanes militares, sean de la categoría que sean, Dios les ha dado el don de poder hartarse siempre de bebida hasta reventar. Yo estuve con un páter llamado Katz que por poco vende su propia nariz para beber. Vendió la custodia y nos bebimos todo lo que nos dieron por la ella, y si alguien nos hubiera dado algo por Dios, también nos lo hubiéramos gastado en bebida”

A Svejk estar al servicio de ese páter alcoholizado que ni siquiera cree en dios le parece un buen empleo. Al final el sacerdote en una mala noche a las cartas se apuesta a su asistente y lo pierde. Es así como Svejk se convierte en asistente del teniente Lukáš, apacible y mujeriego, y bastante paciente, aunque cuando hace de las suyas lo llama animal y le da algún pescozón cada vez que lo saca de quicio. Porque lo cierto es que Svejk tiene una gran facilidad para complicarlo todo, extraviar los documentos que se le confían, ejecutar las órdenes al revés y poner al oficial en ridículo, aunque el bravo soldado siempre lo haga todo, aparentemente, con su mejor intención y sus maneras bondadosas, pero con escaso cerebro.

Un ejemplo de cómo hacer cumplir las órdenes a rajatabla es la mejor manera de sembrar el caos y mostrar su ridiculez es la visita de inspección al regimiento de un general austriaco altivo y cargado de medallas. Tal es su afán escudriñador, que el general, acompañado de un teniente, se asoma incluso a las letrinas. Svejk al verlo asomarse aplica la ordenanza militar: cuando aparece un mando hay que ponerse de pie en posición de firmes. Así que se levanta con una sonoro “¡En alto! ¡Firmes! ¡Vista a la derecha!” con los calzoncillos bajados. Y el resto de soldados, vista la iniciativa de Svejk no tienen más remedio que levantarse y ponerse firmes ante el general con sus encogidos miembros al aire y sus culos cagados. El teniente se echa las manos a la cabeza: “Mi general, este hombre es tonto, es un idiota reconocido” pero el general reprueba al oficial a gritos e incluso pide un ascenso para ese aplicado soldado.

El autor de este libro, divertido, pero que con la excusa del humor nos muestra la estupidez de la guerra era aún más tremendo que el propio Svejk. Él mismo vendía, como su personaje, perros sin pedrigrí en Praga. Ejerció de periodista y estuvo escribiendo sobre animales en una revista de temática zoológica. Los editores estaban fascinados con sus magníficos reportajes de razas exóticas y los lectores escribían entusiasmados. Hasta que se descubrió que las raras y curiosas especies de las que hablaba con riguroso detalle eran de su completa invención y lo echaron.

Hasek, como Svejk, combatió en la Primera Guerra Mundial, y de su experiencia extrajo personajes y vivencias de lo más jugosas para su libro, que se mofa del militarismo y contempla la guerra como un continuo despropósito. Hasek desertó en mitad de la guerra y se pasó a los rusos, e incluso se casó con una rusa, aunque ya tenía otra mujer en Praga. Su editor debía de ir a buscarlo por las tabernas para que entregase cada nuevo capítulo de las aventuras del soldado Svejk, que se publicaban por entregas, pero empinaba más el codo que la pluma.

Svejk es un boicoteador de los engranajes de la guerra, simplemente cumpliendo las órdenes a rajatabla, manifestando a todas horas su fervor por el emperador, y haciendo desaparecer unas cuantas botellas de cerveza. También en cierto momento, Svejk se despista y pierde el tren que lleva a su batallón al frente y echa a andar. Cuando es interceptado días más tarde a punto es mandado a la horca por desertor pero, una vez más, tan solo es un tonto y salva el pellejo. Late detrás de esta obra aparentemente de risa algo muy serio.

Svejk explica que “El último recurso de los que no querían ir al frente era la prisión militar. Yo conocí a un profesor que, como no quería ir a disparar en Artillería siendo como era matemático, le robó un reloj a un oficial para ir a la prisión militar. Lo hizo con toda premeditación. La guerra no le impresionaba ni lo fascinaba. Dispara contra el enemigo y matar a otros profesores, a otros matemáticos del lado contrario tan infelices como él con proyectiles y granadas lo consideraba una estupidez”.

En estos tiempos donde parece que vuelven a ponerse de moda las trincheras en unos y otros lados, me parece de lo más saludable reivindicar el coraje e incluso la altura moral del desertor. Ante la indigestión de banderas, consignas nacionales y fuerzas vivas, yo personalmente prefiero irme al bar de los desertores con Svejk a tomar una cerveza. Y si Svejk está loco, a mí que me encierren con él.

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
términos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios