Cuatro poetas para este otoño

Un repaso a cuatro poetas para este otoño

 

 

 

Texto: ENRIQUE VILLAGRASA

 

En silenciosa soledad está la poesía: es otoño. Y este es un paisaje de dudas. Y octubre, nos trae las certezas de La noche en el espejo (Editora Regional de Extremadura), de la poeta colombiana Lucía Estrada (Medellín, 1980), quien me ha sorprendido muy gratamente, pues esta poeta va y ve más allá de la realidad por medio del lenguaje, con la apuesta clara de que en este mundo global es necesario que exista un espacio para la poesía: “La piedra es movimiento,/ hondos declives en los que la luz se derrota a sí misma.” Porque al igual que a la mujer de Lot la mirada hacia atrás nos petrifica, aunque, en ese instante de la mirada desobediente algo se hace posible: el triunfo de la vida sobre lo pétreo, el vacío, la caducidad, la propia muerte. “Por cada mujer de sal,/ otra de agua se yergue.” Porque para esta poeta, “El árbol duerme bajo el árbol;/ el hombre, bajo su raíz de sombra.” Y esta es la apuesta, la poesía actual necesita emigrar y encontrar nuevos espacios abiertos o no habrá regeneración, si acaso es necesaria. No hay que defender ni el paisaje ni el paisanaje que tenemos, hay que crear paisaje nuevo o mirarlo con otros ojos: “El desierto es todo lo que existe./ El desierto son mis ojos.” Un poemario contemplativo y meditativo a la vez, que observa la naturaleza y se funde con ella: “cuando todo duerme.”

Otra poeta que sorprende a propios y extraños, siempre para bien por la belleza de sus versos abiertos y también por la de algunas de sus fotografías, que ilustran las portadas de sus libros, es Isabel Bono (Málaga, 1964), quien en este paisaje otoñal presenta sus dos más recientes libros: La canción de Mercurio. (Po)e-mails 2003-2015 (Baile del Sol) y Lo seco (Bartleby), con un notable prólogo de Agustín Calvo Galán. Isabel pinta con palabras su vida y milagros y es incapaz de matar el misterio, aunque aparentemente sea muy obvia en sus textos. Sus poemas son invasivos, dado que su poesía no es ocio. Su poesía exige y en ambos libros sus versos son aquello que queda tras el incendio, aquello que queda en las ruinas, aquello que aparece cuando se ha derrumbado. Los versos de Isabel Bono reflejan la apariencia exterior e interior, evocan el ornato vacío del que, sin embargo, huye. Si en uno son los correos con los amigos, “cuando las obligaciones se alejan/ monte coronado arriba”, en otro es la memoria de la infancia, tobogán arriba tobogán abajo: “la niña con gafas que no le temía a nada”. Esta poesía de Bono es más necesaria que nunca, en aras del pensamiento y la proyección de futuro. Y si un poemario se inicia con “hoy he salido a perderme” y lo acaba con “hay días que cualquier cosa bien iluminada/ me parece un poema tristísimo”; el otro libro lo hace con estos versos: “donde tantos años/ mejor o peor la vida;” y lo termina con: “un día que se me escurrirá entre los dedos/ como tantos otros”. Son dos bellos libros de alto voltaje poético, que rezuman amor.

Y un poeta que despierta hasta a los fantasmas, vivos y muertos, con sus versos es el asturiano José Luis Piquero (Mieres, 1967), quien en Tienes que irte (Siltolá), reúne una cuarentena de poemas hilvanados con sutura; los poemas son ese material destinado a favorecer la cicatrización de las heridas grandes, manteniendo los bordes juntos para que disminuya la tensión entre ellos: “Nos han jodido bien a los poetas con la Rosa, la Rosa.” Es un poeta dueño de la ironía más sofisticada y ha escrito un libro con la paciencia y la soledad del orfebre, aunque sin barroquismos ni adornos innecesarios. Por eso no tienes que irte, poeta. Queremos seguir leyendo estos socarrones monólogos dramáticos tan existenciales, tan realistas: “Entre tanto, pon a cargar el móvil,/ tu arpa hertziana./ No cese tu adulterio de susurros.”

También, amanece en esta editorial sevillana La isla de Siltolá el primer poemario del chileno Luis Tulsa (Valparaiso, 1993), Las pesadillas de un artista del siglo XXI. En sus más de 80 poemas con una media de una cuarentena de versos cada uno, el poeta habla de lo humano y lo divino, desde Sócrates a Vilas, pasando por Kierkegaard. Y es que parece que lo haya leído todo y a todo le saque punta, cual perro flaco al que todo son pulgas o “jodido como Lázaro después de despertar.” (¡Ahí es nada!) Es decir, su poemario es un coctel de todas las lecturas habidas a pesar de su juventud o por ella. Para este poeta, “Lo importante sería/ el don de la visión,/ el don de las visiones que nacen del lenguaje.” Sus poemas son cantos desesperados del poeta que ama y descifra el lenguaje para después intentar la comprensión y aceptación de sí mismo desde la laguna Estigia. Tal vez, sea esta la voz de “los drogados de cielo y de promesas”. Estoy convencido de que escribir un poema es una declaración ética y estética: “Ahora voy a dormir./ Ya oigo los clarines.”

Considero pues, que es muy importante, en estos momentos, recuperar la esencia de la poesía y dar valor al verso y no al espectáculo. ¡Que nunca las hemorragias verbales de unos, ni las anemias cerebrales de otros nos lleven a Ítaca; pues, siempre hay más mar para navegar y continuar viaje!

 

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