Zapico sigue con su revolución

 

 

 

texto ANTONIO ITURBE  fotografía ASÍS AYERBE

El aeropuerto de Asturias es un ejemplo de consenso salomónico en la España de Caín y Abel: no está ni en Gijón ni en Oviedo, sino en medio de la campiña, justo a mitad de camino de las dos ciudades. Lejos de la una y lejos de la otra. Dicen en Bolivia que un buen trato es aquel que deja descontentas a todas las partes. Este aeropuerto parece un buen trato. La terminal es clónica, indistinguible de las de Hamburgo o de Vigo, y en la librería, al lado del Duty free, junto a las almohadas en forma de yugo y los Toblerone gigantes, están los best sellers de aeropuerto habituales. Pero hay algo que llama la atención y rompe la monotonía visual de cubiertas brillantes de rímel: en medio de los thrillers con asesino en serie amante de los ritos raros y los folletines románticos con más o menos guindilla se ha colado una novela gráfica: La balada del Norte. Es Alfonso Zapico. Mineros mal afeitados entre abogados guaperas y policías metrosexuales.

En persona, Zapico parece salido de un cómic. Su bigote y perilla medio rubios y algo desmañados podrían darle un aire de mosquetero desgarbado si no fuera porque tiene la corpulencia de un palo de golf. Pero sí tiene de mosquetero la alegría en la mirada. También, el aire relajado de los despistados recalcitrantes. Pierde trenes, aviones, podría perder hasta el bigote. Lo invitan a un partido al palco del Real Oviedo, el club de sus amores, y llega tarde. Pero no es descortesía: si lo invitara Dios el día del Juicio Final también llegaría tarde. Ha hecho del despiste una religión.

Es uno de nuestros escritores gráficos con más mano y más mirada. Su libro Dublinés fue Premio Nacional de Ilustración en 2012. ¿Y dónde está trabajando uno de nuestros talentos creativos formado en la Escuela de Arte de Oviedo? Pues en Francia, que es donde lo han tratado bien. No es que aquí traten mal a Zapico: en Asturias pronuncias su nombre y se abren puertas, asienten cabezas, se descorchan botellas de sidra, incluso en este país tan desconfiado con los que les va bien, salvo que sean futbolistas, se suceden los elogios. Pero España es un país de frases. Y, como decía la abuela de una buena amiga –por cierto, más asturiana que la leche–: "Mucho te quiero, perrito, pero pan poquito". Aquí, Zapico recibe palabras. En Francia, tras una beca en la Maison des auteurs de Angoulême, le han facilitado alojamiento, trabajo en talleres de ilustración para dar clases pagadas y apoyo a la promoción de su obra. Zapico ama Asturias con locura, pero se ha quedado a vivir en Francia con su mujer, donde los dos dan clase en un instituto. Maravilloso, el diario de Zapico como profesor, una especie de profesor Keating de El club de los poetas muertos pero con alumnos que se llaman Mohamed o Ibrahim llegados de una banlieue con mal presente y peor futuro. En Francia tampoco las cosas son fáciles ni atan a los perros con longaniza, es evidente. Pero saben que tener a gente de talento impregnando una sociedad compleja es una manera de tener una ciudadanía más sana.

Zapico regresa a menudo a Asturias. En realidad, nunca se ha ido. En su coqueto apartamento de Angoulême escribe y dibuja minas asturianas y hombres del Norte dispuestos a luchar por la dignidad hasta el final. Incluso aunque haya que hacerlo abriéndose paso con dinamita. Y vuelve constantemente a Asturias con un empeño de activista cabrales. Movilizó todo lo que pudo y hasta organizó unas jornadas para tratar de que las instalaciones mineras abandonadas se convirtieran en centros para actividades artísticas. No le hicieron mucho caso, pero él no se resigna. Es pacifico pero insistente. Y ha montado también un pequeño estudio en Oviedo porque, aunque no esté, está. Lo acompañamos a una presentación en Oviedo: la gente le quiere. Una señora se va hacia él emocionada; tiene 97 años y estuvo en aquella revuelta del 34 y le agradece que la rescate del olvido. Con esa señora guapa y aguerrida, todavía soñadora, es como si en la sala se hubiera levantado de nuevo la Isolina de su novela. Tal vez era ella.

Por eso, Zapico está tramitando en Francia la doble nacionalidad, pero no se ha ido de los valles mineros. Y está, allá en Angoulême, empeñado en ese proyecto de gran novela gráfica en tres partes que es La balada del Norte, donde nos lleva, literalmente, a 1934. Sus dibujos, precisos pero con esa textura como si fueran soñados, nos sumergen en la revolución de los mineros de la cuenca, que fue un anticipo de la Guerra Civil. Pero no es una historia de guerra sino, sobre todo, de amor: ese amor contaminado por odios ancestrales entre la hija del líder minero y el hijo del adinerado propietario de la mina que es reflejo del romance de Romeo y Julieta, enamorados y enemigos. Pero también es un gran relato sobre el amor de Apolonio por su hija y el de ella por su padre, y del amor de unos mineros menesterosos por una sociedad más justa.

No es un libro panfletario, aquí cada uno actúa según el papel que le ha tocado en la obra del destino: el rico protege sus privilegios y el pobre se levanta contra esos privilegios. Los mineros no soportan más la violencia de la explotación de sus patronos y reaccionan con violencia; no son ningunos santos. Ponen en marcha una revolución que no saben tampoco hacia dónde lleva, pero esperan que cada paso les enseñará el siguiente. Apolonio nunca pensó que sería un revolucionario, simplemente quería ser un hombre que viviera en armonía con su familia. Pero los acontecimientos lo empujan como una corriente, que luego se convierte en ola, y luego en tsunami. E Isolina se va a pelear junto a su padre. El estallido la ha separado a Tristán pero ellos no dejan de buscarse en sus pensamientos. Ríanse de los enigmas de los thrillers zopencos de Dan Brown: aquí la incógnita es infinitamente más estremecedora: ¿Serán capaces de mantener su unión emocional pese a estar en dos orillas distintas y enfrentadas? ¿Ganará la partida el amor o la guerra? Este es el diálogo entre Isolina y su padre metidos en un coche con otros trabajadores levantados en armas con el que arranca esta segunda parte de la novela:

"-Tú ya sabías quién era desde el principio, ¿no? Y me lo trajiste a casa. Comió y bebió en mi mesa, y se fumó mi tabaco.

-¡No es verdad! Me enteré después, pero para entonces… ya no me importó.

-No estoy enfadado contigo, Isolina… pero si vuelvo a ver a ese Tristan… lo mataré".

Y las palabras no dicen ni la mitad de lo que dicen sus rostros y sus miradas. Zapico es pacífico pero revolucionario, tranquilo pero apasionado. Es un rebelde tan despistado que igual ni siquiera sabe que lo es.

 

En el prólogo, habla Javier Pérez de Albéniz de la capacidad de huir del panfleto en La balada del Norte. ¿Y eso cómo se consigue?

Es una cuestión de intereses: La balada del Norte no muestra una versión sesgada de la historia, no es una novela propagandística, no tiene un sentido heroico, el autor no quiere convencer al lector de nada. Ni siquiera entro en la discusión sobre si fue una revolución o un golpe de Estado porque no me interesa lo más mínimo. La Balada del Norte simplemente es una novela clásica dibujada que rescata un momento histórico complejo y la identidad de una sociedad, la de la Asturias de las minas de carbón, que es la mía propia.

En casa del abogado del ferrocarril les preguntan qué hay después de la revolución y se quedan mirándose los unos a los otros… ¿Tú qué crees que hay?

No lo sé, porque fue una revolución malograda. Mis personajes tampoco lo saben, como creo que tampoco lo sabían los hombres y mujeres que se levantaron en armas contra el gobierno. Ni sabían lo que habría después ni sabían cómo hacer la revolución, porque todo era nuevo para ellos en un mundo que se desmoronaba. Quizá la única certeza que tenían era la de que todo tenía un límite, y el suyo ya había sido superado ampliamente.

Apolonio trata de proteger a su hija al principio, cabreándose porque participa de la revolución… ¿una cosa son las grandes teorías y otra, los afectos?

Una cosa es subirse en una vagoneta de carbón y justificar el derecho de los hombres a rebelarse y otra ver a tu hijo en una trinchera… Apolonio es un personaje complicado y tiene sus luces y sus sombras. Hay muchos conflictos de intereses en medio de una revolución, y las contradicciones salen a la luz con los primeros disparos. Revolución social, sí, pero que no le toquen un pelo a su hija; abajo los patrones, sí, pero él manda en su casa y punto. Es la paradoja de esta sociedad.

En un momento como ese he sido consciente de la sutileza de la novela gráfica, sin el subrayado de la narrativa. Cada uno puede interpretar las expresiones faciales como quiera, leer las miradas… ¿Qué más hace falta para que la novela gráfica sea considerada un género literario mayor? ¿Cuándo veremos un premio Nobel de literatura salido de la novela gráfica?

Muchos lectores todavía tienen muchos prejuicios con la novela gráfica (sobre todo los que no han leído ninguna). Los autores de cómic libran una batalla muy ardua desde hace tiempo; un mal novelista o un mal poeta siempre estarán mejor considerados que un buen autor de cómic, simplemente porque se expresan en lenguajes diferentes. A pesar de todo, yo soy optimista y reconozco que las cosas están cambiando, estamos creciendo en mercado editorial, ocupamos cada vez más espacios sociales y culturales. Todo muy poquito a poco y con mucho esfuerzo, claro. Nunca habrá un Nobel salido de la novela gráfica, pero no importa. Hay muchas historias que contar, y en ello estamos.

Escribes sobre cosas muy íntimas de Asturias y de España desde Francia. ¿Cómo se ve nuestro país desde el otro lado de la frontera? ¿Te ha llegado el ruido de la bronca permanente?

En realidad, en los últimos tiempos la bronca permanente se ha instalado en Francia, incluso más que aquí. España es un país de discusión agria y de tensiones cíclicas, pero no me imagino a diez millones de españoles votando en bloque a un partido neofascista, xenófobo y antisemita. El problema de España es que tiene muchas heridas abiertas que supuran de vez en cuando, muchas son viejas, algunas parece que no se cerrarán nunca.

Aun huyendo del panfleto en tu libro, al narrador el sufrimiento de sus personajes no le es indiferente. ¿Cuál es la fuerza moral que subyace en todo el relato?

No soy muy moralista, pero diría que he hecho todas mis obras con un humanismo militante, con una fe en el ser humano a prueba de bomba, incluso en las peores circunstancias. Y con la creencia, como decía Camus, de que el ser humano se encuentra casi siempre en situaciones absurdas.

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