Jean-Claude Carrière o el encanto del sabio

 

 

Texto: Óscar CARREÑO

Fotografía: PAU FRECHINÉ/EVA GUILLAMET

Mi primer contacto con Jean-Claude Carrière fue a finales de 2010. Hacía pocos meses de la aparición de Nadie acabará con los libros, un libro de conversaciones entre Carrière y Umberto Eco auspiciado por el periodista francés Jean-Phillipe de Tonnac, cuando me asaltó la antigua aspiración de invitar a Carrière a Barcelona para que participara en un acto dirigido al público bibliotecario. La sorpresa devino cuando trasladé la propuesta a la responsable de prensa de la editorial y esta me pasó directamente su correo electrónico, con una breve anotación: "Tú mismo, Óscar". Y, debajo de tan escueto y alentador mensaje, la combinación alfabética que me facilitaba la comunicación virtual con el ganador de un Oscar y uno de los guionistas más influyentes del cine contemporáneo.

La admiración por Jean-Claude Carrière se me había desatado veinte años antes, cuando el ingenuo y apasionado adolescente que yo era entonces fue picado por el aguijón del cine. Por aquellos días tuve la epifanía de que mi vida futura habría de estar marcada por la escritura de guiones y la búsqueda del plano imposible; en fin, aspiraba ni más ni menos que a emular los logros del joven Welles, cuyo genio se me mostró rápidamente como la luz que habría de seguir. Para tan majestuoso proyecto de futuro tracé un plan de visionado de películas que me obligó a recorrer videoclubs en busca de algunos clásicos imposibles de encontrar en VHS y a burlar al sueño durante las horas intempestivas en que la segunda cadena de Radio Televisión Española pasaba aquellas películas que planteaban ambiciones estéticas. Junto con el visionado de las películas, mi plan se debía completar con el sesudo estudio de sus fichas técnicas. Así, me pasaba el día citando a Vilmos Zsigmond, Néstor Almendros, John Alcott, Gregg Toland o Gordon Willis, y también a John Barry, Nino Rota o Bernard Hermann, y por supuesto a OrsonWelles, Jules Dassin, Roberto Rossellini, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Godard, Kubrick, Woody Allen… En mi enfebrecido reconocimiento de los nombres que se escondían tras todas las facetas técnicas de las películas que me gustaban, y de las que no, de las que había visto, y de aquellas que aún no había visto y aun de las que tenía la certeza que no podría ver jamás, pronto reparé en la presencia regular de un nombre en el noble arte de la escritura para el cine: Jean-Claude Carrière.

El susodicho Carrière había escrito unas cuantas películas de Buñuel: algunas las había visto, otras por aquellos años aún no. Transitábamos ya la universidad y, aun teniendo el convencimiento de que lo mío era el cine, me había matriculado en Historia. Además, había firmado los guiones de algunas películas de directores que yo acertaba a situar en sitios muy cercanos a las cúspides cinematográficas europeas: Louis Malle, Andrzej Wajda, Volker Schlöndorff o Milos Forman, entre otros; pero sobre todo era el autor del guion adaptado de La insoportable levedad del ser, la novela de Milan Kundera que todos habíamos leído sin entender nada y sobre la que construíamos disparatadas teorías (qué atrevida es la ignorancia juvenil) durante las campanas que pasábamos apoltronados en la cafetería o estirados sobre el césped de los parterres. Esta y El discreto encanto de la burguesía eran nuestras preferidas entre las firmadas por Carrière. Luego, un compañero nos pasó en una destartalada cinta VHS Tamaño natural, la película de García Berlanga en la que se cuenta la historia de un dentista parisino (Michel Piccoli) que se enamora perdidamente de un maniquí. El compañero en cuestión aliñaba sus interpretaciones con la propensión al surrealismo en que lo sumía un programa de experimentación con ansiolíticos del Hospital de Sant Pau, cuya adhesión le ayudaba a financiarse la carrera, al tiempo que le otorgaba, entre placebo y placebo, una verborrea interpretativa de las películas que en el caso de Tamaño natural rozaba la insania. Con el mismo compañero, y durante sus periodos más lisérgicos, nos destornillábamos de risa lanzando interpretaciones sobre esa imagen fascinante de los seis burgueses de El discreto encanto... recorriendo a pie una carretera desierta sin rumbo aparente y sin destino cierto. Cuando volvíamos una y otra vez a nuestras disparatadas conclusiones sobre el sentido de la misma, yo siempre concluía con la misma sentencia: "El día que conozca a Carrière le preguntaré sobre el maldito sentido de esa imagen".

Pues con estos antecedentes me disponía a escribirle un correo electrónico a Jean-Claude Carrière a finales de 2010 para invitarle a Barcelona cuatro meses después. O mejor, me disponía a escribirle a un o una asistente, convencido estaba de ello, que en el mejor de los casos le haría llegar la propuesta, objetando la conveniencia de aceptarla, acaso por la insuficiencia de la minuta o por lo inadecuado de las fechas. Esperaba, pues, recibir la escueta respuesta de una o un asistente que agradecía la invitación y que excusaba la disposición del señor Carrière por tener ya apalabrado para esas fechas un compromiso ineludible. Desplacé el puntero hasta la esquina superior izquierda de la pantalla y cliqué para enviar mis palabras al vacío espacial.

No habían pasado ni cinco minutos cuando vi emerger un aviso de entrada de correo, en el que me pareció distinguir alguna de las palabras con las que muy sucintamente había informado al o la asistente de Carrière del asunto de mi reciente comunicación. Sufrí una descarga de adrenalina que me impulsó unos centímetros por encima de la mullida superficie de mi silla de trabajo. Joder, allí estaba la respuesta de Carrière. El suflé se vino abajo cuando leí que la previsión de una operación de cadera para las fechas propuestas hacía imposible su viaje a Barcelona, un cordial saludo, Jean-Claude.

Seis años después, a finales de 2016, después de una reunión de trabajo en la Filmoteca con Esteve Riambau y Octavi Martí, volvió a surgir la propuesta de invitar a Carrière. Un acto en una biblioteca para hablar sobre el oficio de escribir para el cine, la incursión de dicho acto en el Festival Loop de Barcelona y la presentación en la Filmoteca de una de sus películas podría ser una buena ocasión. Habían pasado seis años. Carrière transitaba los 85, había recibido la prótesis de cadera, había sufrido una operación a corazón abierto y ya no tenía un Oscar, sino dos, pues en el año 2014 le habían otorgado otro por el conjunto de su carrera.

Un día después de escribirle para proponerle la segunda propuesta y recordarle nuestro efímero contacto durante la primera, me respondió: "Día 18 no puedo, tengo que estar en París, pero si el 16 te va bien puedo venir a Barcelona". Extraordinario, como si la Barcelona en cuestión estuviera en la esquina de su casa parisina, como si el desplazamiento no requiriera del tránsito hasta Orly, dos horas de vuelo y el consiguiente trajín por Barcelona, porque la visita iba a ser de menos de veinticuatro horas. Llegaba el 16 a las 12.30 y volvía a París, para cumplir con su compromiso del día 18, el 17 a las 11.00 h.

***

Los viajeros del vuelo VY8015 procedente de París ya han vaciado el vientre del avión. Por eso, cuando aparece Jean-Claude Carrière, reina en el vestíbulo de llegadas de la Terminal 1 del Aeropuerto de El Prat una relativa calma. La mano izquierda de Jean-Claude se aferra a un bastón, el fulgor de la empuñadora delata en esta la presencia de madera noble; con la mano derecha arrastra una maleta. Le doy la bienvenida y el primero de mis agradamientos, la rama andaluza de mi árbol genealógico me ha impuesto una reiteración en la acción de dar las gracias que, lo reconozco, puede llegar a ser cansina. Me ofrezco a arrastrar las ruedas que mueven la maleta pero con una media sonrisa me dice que no, que la maleta le ayuda a afianzar unos pasos que son lentos pero firmes. Los años le han impuesto la lentitud pero también la firmeza de haber transitado por el mundo entero, esa firmeza que el viajero asiduo no pierde jamás, aunque el sumatorio de sus años ya llegue hasta la segunda mitad de la ochentena.

Una vez en el taxi, lo primero que hace es enviarle un mensaje a su mujer, Nahal. Al poco suena el móvil y Jean-Claude confirma con su voz aquello que sus dedos ya han informado en la sucesión de pulsaciones sobre la pantalla. Que todo bien. Que el vuelo perfecto, que vamos hacía el hotel. Su mirada se pierde tras el cristal del taxi. Le pregunto por sus recuerdos de Barcelona, y por el hecho de que en sus libros de memorias todos los recuerdos parecen referirse a Madrid.

—De Barcelona tengo muchos recuerdos. Es verdad que no he llegado a vivir como lo hice en Madrid, pero mi hermana Marguerite vivió en Barcelona. Hace treinta años me pasé mucho tiempo en un taller de guión que organizaba Lorenzo Vilches en la Universitat Autónoma —y remarca la oclusiva para subrayar la catalanidad del vocablo, al tiempo que esboza una sonrisa de niño travieso.

—Y tienes en Barcelona un librero muy amigo, ¿verdad? Hablas de él en Nadie acabará con los libros.

—Sí, Ramón Soley. El hombre que más sabe sobre la historia de Catalunya. Me ha ayudado muchas veces.

—Como García Márquez, tú también tienes un amigo que es un sabio catalán y además se llama Ramón.

—Sí, sí. La última vez que lo vi, en México, ya no recordaba nada. No sabía quién era yo. Ni tan siquiera sabía quién era él. Una persona tan vital y divertida. Poco después de mi última visita murió —con mirada vidriosa evoca a Gabo.

Y a mí me asalta el marco de intenciones con el que Carrière y Buñuel comenzaron a trabajar el guión de El discreto encanto de la burguesía, cuando aún no tenía nombre y llamaban a la futura película Los invitados. La repetición como lucha contra el olvido, ese debía ser el tema de la película y esa repetición, además de articular la estructura del film, había de ser un remedio contra el olvido y la desmemoria que ya comenzaba a atenazar a Buñuel. Volviendo a Buñuel, me dice que compartieron mesa y cubiertos más de 2.000 veces, muchos matrimonios no han compartido tantos ágapes, ni aun aquellos que no acaban bien, es decir, que duran siempre. Pero, junto a Buñuel, otro personaje de la fauna hispánica ocupa un papel relevante entre los gratos recuerdos de Carrière: Pepe Bergamín.

—Bergamín era divertidísimo. Siempre estaba rodeado de mujeres bellísimas. Cuando le preguntaba cómo las encontraba, me respondía: "Muy bellas". Traduje al francés un libro suyo, El clavo ardiendo.

La entrada a Barcelona por la Gran Vía nos sorprende hablando sobre la memoria y la manera de fijar las historias para que no se desvanezcan. Durante veinte años, una parte de sus viajes los dedicó a recopilar historias y leyendas que no habían respondido a otra trasmisión que la oral. África, Asia, el subcontinente indio, América Latina (con especial protagonismo de México) y China, pero también Europa… Cuando llegaba a un pueblo preguntaba por la persona más capaz a la hora de explicar historias. Inevitablemente, su petición siempre encontraba la respuesta de los más viejos del lugar.

—Era maravilloso escuchar los relatos de aquellos hombres y mujeres, la sabiduría oral con la que trazaban las historias.

De esa experiencia nacieron los dos volúmenes de su obra El círculo de los mentirosos, un compendio maravilloso de relatos, un libro que inevitablemente habrá de acompañar toda la vida al lector que decida adentrarse en la sapiencia excelsa que emana de las historias que lo componen. El hombre necesita explicarse, me dice. Necesita explicar su historia. Y continúa:

—Una vez le pregunte a Oliver Sacks cómo definiría a un hombre normal. Su respuesta fue: "Un hombre normal es el que sabe contar su historia".

—Y mentir sobre ella…

—Sí. La mentira vale, la mentira es parte de toda historia personal.

***

En la recepción del hotel nos informan de que tendremos que esperar cuarenta minutos hasta poder disponer de la habitación reservada para Jean-Claude. Nos acomodamos en una de las mesas del lobby ante un par de cafés. Entonces la vemos: una enorme muñeca sentada en el sofá largo, rojo ardiente, que se alarga frente a nosotros. La inmensa cabellera le tapa los ojos. Sus dedos plásticos aguantan una copa triangular de bermejo brebaje. Está embutida en un remedo de vestido corto de licra que enfatiza las curvas y muestra la regatilla que se abre entre sus dos redondeces más rotundas. Con una mirada nos confirmamos que nuestra mente divaga por la misma idea. ¡Cómo no hacernos una foto con la muñeca! Cómo no realizar un homenaje tan explícito a Tamaño natural.

Después de las fotos le explico que hace unos meses se abrió en Barcelona el primer prostíbulo de muñecas de silicona. Le digo que el negocio duró apenas un par de semanas, pues el propietario decidió rescindir el contrato de alquiler a los inquilinos cuando se enteró, por la prensa, de que el local se utilizaría para concretar citas entre hombres y figuras femeninas de goma a 120 euros la hora. Carrière sustituye la sonrisa traviesa por la carcajada abierta antes de volver a referirse a Tamaño natural para preguntarse por qué hay películas que el tiempo entierra en el olvido aunque sus temas sean tan actuales.

Los siguientes treinta minutos los dedicamos a charlar. A charlar como lo hacen dos viejos amigos. Me sorprende la complicidad con la que Jean-Claude trata a un anfitrión al que ha conocido apenas hace una hora y con el que no ha tenido otro contacto previo que el envío de un puñado de correos electrónicos. Hablamos de Luria, el neuropsicólogo soviético que nos enseñó que el cine tal y como lo entendemos (la sucesión ante nuestros ojos de imágenes en movimiento) lo llevamos dentro nuestro y que solo es necesario estimular eléctricamente la corteza visual secundaria del cerebro para que los recuerdos se proyecten ante nosotros. Carrière encuentra la génesis del cine en las pinturas rupestres y la habilidad extrema de nuestros antiguos congéneres para dibujar las figuras en movimiento. Después, extrae el teléfono móvil de uno de los bolsillos del pantalón y reclama mi atención para mostrarme un vídeo-montaje sobre clásicos del cine musical norteamericano. Mientras desfilan por la pantalla Fred Astaire, Gene Kelly, Rita Hayword, Frank Sinatra, Leslie Caron, Ginger Rogers o las largas piernas de Cyd Charisse doblándose y estirándose en el aire, escucho el maravilloso murmullo con el que Carrière saluda cada nueva aparición de una estrella bailando, brincando por el aire en busca de la contorsión imposible. El movimiento, el movimiento repite, cómo nos enseñaron que el movimiento no es solo una cuestión de la cámara y que su efecto más extraordinario se consigue cuando son los actores lo que se mueven ante ella.

—Además, sabes, este vídeo me alegra tanto.

Y es la primera vez que percibo en su voz la pesadumbre de la tristeza.

Acto seguido me muestra una foto de Milos Forman, al que ve cada diez días. Milos ve muy poco y yo le leo en voz alta. Me dice que Forman tiene el don extraordinario de permanecer quieto y en silencio mucho tiempo, y que él es incapaz de escudriñar sus pensamientos. Le digo que Milos Forman es el dueño de la que acaso sea la mejor definición de la Guerra fría y del choque de bloques que yo haya escuchado nunca, o, si no es el dueño, yo se la escuche decir a él. Fue cuando la primavera de Praga de 1968 le sorprendió en París y tuvo la certeza de que no iba a poder volver. Entonces, Forman le respondió a un periodista que lo interrogó por las diferencias entre el mundo occidental y la Europa oriental que en Checoslovaquia te garantizaban cada día la comida pero vivías en una jaula, era como estar en el zoológico. En cambio, en París nadie te asegura la comida, pero vives en libertad, es como estar en la selva. En esas estábamos cuando apareció Ricard Borràs, con quien Carrière había quedado para almorzar, y nos avisaron de que el huésped ya podida tomar posesión de su habitación en la décima planta del hotel.

***

Ricard Borràs, el otrora inseparable compañero de aventuras de Makinavaja/Rubianes en la recordada serie de televisión, es hoy miembro de la Academia de las artes escénicas de España y un actor con dilatada carrera en el cine, el teatro y la televisión. Borràs adaptó en un espectáculo teatral el texto de Jean-Claude Las palabras y las cosas, adaptación que publicó Blackie Books el año 2016, y que se centra en el disparatado encuentro entre un viejo filólogo y una actriz dobladora de películas porno que maldice la pobreza del lenguaje de los guiones que ha de doblar, guiones en las que apenas hay lugar para otra cosa que no sean las onomatopeyas que impone el jadeo. A raíz de esta adaptación surgió una amistad profunda entre ambos. Mientras Carrière está en la habitación, le comento a Borràs que ya he podido comenzar a comprobar la unánime opinión que los conocidos de Carrière me han manifestado sobre su bondad y su caballerosidad. Borràs me dice que esa gran generosidad responde a una idea de retorno. Me dice que Carrière considera que la vida ha sido muy generosa con él y que, llegados a este punto, él cree que debe devolver con su generosidad todo aquello que la vida le ha dado.

***

Un poco antes de las cinco y media estoy de vuelta en el hotel para recoger a Jean-Claude y conducirlo hasta la Biblioteca Xavier Benguerel, donde tiene programada la conversación con Carlos Losilla sobre el oficio de escribir para el cine. Una luminotecnia a todas luces excesiva me avisa del descenso del ascensor. Al abrirse la puerta, son las cinco y media en punto, aparece Jean-Claude.

Ya en el taxi le pregunto si ha podido descansar.

—Sí, descansar y trabajar. Cuando tienes mi edad cada minuto es un tesoro. Y son tantas las cosas que me quedan por hacer.

—Y las hechas. También son muchas las hechas.

—Sí, sí. He hecho muchas, pero son tantas las que me quedan por hacer —reitera con la firmeza con la que se acuñan las sentencias que uno da por absolutas.

Pero en Carrière no hay síntomas de impaciencia, ni de prisa, esa forma tonta del tiempo de la que hablaba Rulfo. Aflora la serenidad mayestática de quien sabe que ya serán muchos los proyectos que se queden por hacer, y eso aunque hayan sido tantos los hechos. Y eso aunque su trabajo en el cine lo haya convertido en uno de los guionistas más importantes de la cinematografía moderna. Y eso aunque El círculo de los mentirosos se haya convertido en un referente ineludible de la antropología cultural, emulando a su admirado Claude Lévi-Strauss. Y eso aunque haya hecho aportaciones de extraordinaria profundidad sobre la historia de las religiones, sobre los más diversos temas científicos, y haya realizado escritos autobiográficos imprescindibles o nos haya dejado una serie de reflexiones sobre el acto de leer absolutamente cruciales. Todo ello para convertirse en uno de los humanistas europeos más importantes. Y, a pesar de todo esto, con la tranquilidad con que el sabio articula sus frases, repite:

—Sí, pero me quedan muchas por hacer.

La sala de la biblioteca Xavier Benguerel esta rebosante de gente. Entre las hileras de sillas se abre un pasillo central por el que Carrière avanza hasta la mesa. Acaba de cumplir con un par de compromisos, una serie de preguntas contestadas ante la presencia fijadora de las cámaras, y ahora se aviene a las muestras de afecto que le propinan amigos, conocidos y admiradores. Apenas concluida la glosa que de él hace Carlos Losilla, Carrière invoca las sagradas escrituras para anunciar que los últimos serán los primeros y para, acto seguido, proponer que todo acto que se precie ha de responder a la complicidad entre los actores y el público, de manera que los que están al final de todo, hagan el favor de coger sus sillas y venir hacia aquí delante. Las gentes cumplen el designio con entusiasmo. En pocos minutos circunvalan la mesa de los invitados para escuchar las peripecias de Carrière ante la hoja en blanco ("toda imagen antes es escritura, aunque cuando se acaba la película el guion habita una profundidad de basureros"), para asentir ante la frase de que no debemos rendirnos a la teoría de que lo importante es la práctica (después reconocerá en petit comité que hace años que no lee un libro de teoría cinematográfica), para plegarse rendidos antes las anécdotas vitales de su trayectoria cinematográfica, o para sonreír ante la máxima de que él forma parte de la generación de la Nouvelle vague, de la cual "ya solo quedamos Godard y yo, aunque Godard es un año mayor". Después volverá a Godard cuando Losilla le pregunte si el reciente boom del cine documental no ha relegado un poco el papel del guion, y Carrière responda que el único director de cine que trabaja exclusivamente con imágenes y que es capaz de prescindir totalmente de cualquier texto escrito es, justamente, el realizador de À bout de souffle.

Un abierto y prolongado aplauso pone punto final a la conversación y antecede a las peticiones de firma sobre páginas de libros, soportes plásticos de DVD o satinados de carteles de películas. La generosidad de no ahorrar una sonrisa, una palabra, una firma, una conversación, un consejo… doblega las energías de Jean-Claude Carrière. Sobre el pavimento que rodea la biblioteca, de nuevo en busca de un taxi que nos conduzca hacía la Filmoteca, Carrière busca el apoyo de mi brazo, mientras los fotógrafos apuran la caza de la instantánea en un frenesí de pulsiones.

El crepúsculo vespertino ha teñido las formas de púrpura. A Carrière parece reconfortarle la visión del mar. En la Filmoteca lo recibe Esteve Riambau, que rememora una cena en compañía de Carrière y Emili Manzano entre otros. A la pregunta de Carrière sobre el tiempo pasado desde aquella cena, Riambau le responde que demasiado, que siempre el tiempo pasado es demasiado, una sonrisa de Carrière sella complicidades y el devenir del tiempo se entretendrá en la presentación y el pase de la película Liza de Marco Ferreri, una de esas historias de amor extremas en su extravagancia que tanto gustan a Carrière, aunque ya sabemos que no hay extravagancia mayor que aquella que la realidad se empecina en mostrarnos cada día.

Luego, la cena y la noche.

***

A las ocho y media de la mañana, Jean-Claude Carrière ya está preparado en el lobby del hotel. Abordamos el último trayecto en taxi, el que ha de conducirnos hasta el aeropuerto. Al volante nos espera un ejemplar que esgrime sin pudor una de las características esenciales del taxista hispano: la locuacidad. En este caso se trata de una taxista que no tarda en criticar las ansías recaudadoras de la administración, para a continuación detallar, con todo lujo de detalles, las triquiñuelas que esgrime para tal propósito y que se concretan en las cámaras ocultas bajo el lecho de matorrales y adelfas de los arcenes de la Ronda Litoral. Todo bien oculto para que el conductor se confíe y entonces ¡zasca! el disparador de la cámara y multa al canto por exceso de velocidad. Claro, es que te la ponen en un punto en el que hay un indicador que limita la velocidad hasta 80 cuando vienes de un trazado de 120. Si es que no me dirán ustedes que no está hecho con toda la mala leche, si es que debe de ser ilegal y todo. Qué ilegal, debe de ser hasta inconstitucional. Después, opina sobre el flujo del tránsito en la ciudad, no, no, Barcelona no sufre demasiado con el tráfico. Usted viene de París, buf, París sí que es tremendo, yo he ido unas cuantas veces y es terrible, acabábamos de invocar Autopista del sur y Week-end para ilustrar la magnitud del tráfico rodado en París cuando la intervención de la taxista nos devuelve a la realidad perentoria de la mañana barcelonesa.

Jean-Claude Carrière interviene para decir que no ha conocido ciudad peor en lo que al tráfico de coches se refiere que Teherán. Nos referimos a la última película de Panahi, Taxi Teherán, y Carrière me confirma que sí, que no hay mejor momento para acumular historias en la capital de Irán que durante los imposibles desplazamientos automovilísticos. Observo el gesto de cabeza de la taxista, gesto con el que se acostumbra a certificar la conformidad con la opinión expuesta por otro, y espero que nos narre unas experiencias iraníes que no llegan. Sí llega, en cambio, el arribo a la Terminal 1 del aeropuerto. Abandonamos el taxi y nos adentramos en la terminal, en la que ya se amontonan los viajeros madrugadores y en la que un grupo de japoneses esgrimen aparatosas mascarillas para recordarte que en Barcelona el aire invoca cada instante a la parca. Seguimos el flujo humano a través del laberinto que trazan los postes delimitadores que conducen hasta los arcos de seguridad y los detectores de metales. Con el billete electrónico en la mano, nos despedimos. Jean-Claude Carrière me abraza, me dice que si un día voy a París no dude en llamarle. Un apretón de manos y vuelvo a desandar el espacio recorrido, esta vez sorteando a los viajeros que se dirigen a la zona de acceso cuando yo me dirijo a la salida. El camino de Carrière lo guía hasta la cinta corredera del control de metales. Entonces me invade un recuerdo pretérito, un parterre elevado de césped, el eco de unas jóvenes voces tan ignorantes como atrevidas y mi propia voz reverberando en un deseo: "El día que conozca a Carrière le preguntaré sobre el maldito sentido de esa imagen". Me giro rápidamente, ante el disgusto de los apresurados viajeros que no entienden mi vagar entre los postes y las cintas extensibles del laberinto. Busco la figura de Carrière y la encuentro cuando ya ha traspasado el arco de seguridad. La alarma no ha sonado y los hombros de Jean-Claude Carrière se pierden en el trayecto descendente de unas escaleras mecánicas. 

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