La irresistible atracción del vampiro

En su 120 aniversario, se reedita “Drácula” de Bram Stoker

 

 

Texto: TONI ITURBE

 

En nuestros viernes de terror clásico, celebramos los 120 años de la publicación de Drácula, escrita por Bram Stoker, con la reedición de Penguin Clásicos. En el prólogo  Christofer Frayling explica que la crítica literaria no le fue del todo propicia en su día a este clásico: la revista Atheneum consideró que era un libro deficiente en destreza constructiva” y lo consideró una serie de acontecimientos “grotescos  e increíbles”. Nadie recuerda ya a ese crítico, pero Drácula ha visto más de 200 adaptaciones cinematográficas, traducciones a más de cien lenguas y se ha convertido en el icono del vampiro.

Drácula estuvo a punto de no ser Drácula. En las primeras notas tomadas por Bram Stoker, lo había bautizado como “conde Wampyr”, influenciado por otras narraciones vampíricas  (por ejemplo la de Polidori, escrita cien años antes). Pero ya en esos apuntes está toda la esencia compleja del que va a ser el maestro de vampiros. En una enumeración de sus características entre sus notas lo describe de la siguiente manera:

-              Poder para generar pensamientos malignos

-              Ser capaz de ver en la oscuridad

-              Insensibilidad a la música

-              Los pintores no pueden pintarlo

-              No se lo puede fotografiar: sale velado o como un esqueleto

-              Nunca puede verse su reflejo en un espejo

-              Nunca come ni bebe.

Bram Stoker trabajó de funcionario en el departamento de multas y, posteriormente, en un juzgado. Más tarde se convirtió en administrador y jefe de sala del Lyceum Thetre de Londres y ahí aprendió mucho sobre cómo armar historias asistiendo noche tras noche a las obras, que veía de manera repetida hasta fijarse en todos sus engranajes.  Pero la semilla del libro germinó con nocturnidad y alevosía, durante la hora del sueño. Tuvo una pesadilla escalofriante, pero con un punto excitante, en que se vio a sí mismo rodeado de mujeres sensuales y una de ellas al acercarse a besarlo no lo hacía en los labios sino que buscaba su garganta de una manera amenazante y aparecía entonces un conde extraño y furibundo que lo reclamaba airadamente para él. Ese sueño le dio vueltas en la cabeza mucho tiempo, hasta que empezó a tomar notas para completar la historia alrededor de esa situación tan intrigante. Buscando inforemación en la Biblioteca-Museo de Whithby de leyendas de Valaquia y Moldavia, dio con el nombre del conde Draculea. Lo inspiró vivamente la figura de un personaje real, Vlad el Empalador, un tirano medieval de Valaquia que empalaba a sus enemigos y que causas de su extrema crueldad lo llamaban Draculea: el hijo del diablo. Jamás pensó que esa historia se convertiría en lo que es actualmente: un icono de la cultura popular y el máximo arquetipo del vampiro, que más de un siglo después sigue haciendo que sus páginas sigan leyéndose con un temblor  en las manos.

Es cierto que antes de ingresar en la mitología popular gracias al Drácula de Bram Stoker, la figura del vampiro había cautivado ya a grandes escritores. En la antología Vampiros (Penguin Clásicos) Rosa Samper y Óscar Sáenz recogen una muestra de las recreaciones más brillantes que hicieron del vampiro autores como Byron, Polidori, Gógol, Maupassant, Edgar Allan Poe o Conan Doyle, cada una ellas distinta, poniendo el acento en los distintos aspectos que dotan al terrorífico conde transilvano de un magnetismo irresistible: el sexo, la muerte, la trascendencia o el deseo de inmortalidad.

Aunque la imagen más difundida sea la del aristócrata decadente canonizada por la novela de Bram Stoker, el vampiro es una criatura proteica con una portentosa capacidad de adaptación a cualquier circunstancia y latitud, a cualquier tiempo e intención. En La dama pálida, Alexandre Dumas nos lleva a los Cárpatos, cuna y tumba de los vampiros de pasta negra: la protagonista es una noble polaca a la que se disputan dos hermanos de caracteres absolutamente opuestos: uno luz y otro sombra. En El parásito, Arthur Conan Doyle trenza una sólida trama en torno a un vampiro psíquico, que no sorbe la sangre de su víctima, sino la voluntad. En El Horla, Guy de Maupassant lo dibuja como una presencia invisible, más fantasma que otra cosa. En Vi de Nikolái Gógol, en cambio, el vampiro es uno más -ni siquiera el más peligroso entre ellos- en una estirpe de brujas, trasgos, gnomos y otras ramas desgajadas de un mismo tronco legendario...  el vampiro adquiere múltiples personalidades porque no hay espejo que lo refleje y la imaginación para volcar en él las fantasías más sofisticadas e inquietantes es una tentación que los grandes de la literatura no han podido resistir. No es fácil resistirse a la atracción del vampiro...

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
términos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios