“El escritor debe ser un niño, un ser confuso, un buscador.”

 

 

texto SABINA FRIELJUDSSËN foto ASÍS G. AYERBE 

Peter Handke es un escritor de definición imposible y eso es seguramente lo que más le satisface. Hay en él un juego de merodeos, como de zig-zag, que hace que uno nunca tenga muy claro no solo cuál es su lugar de llegada, sino cuál es su camino: declara que entre sus autores predilectos está Flaubert, pero que aborrece en literatura del realismo; se declara devoto de Dostoievski, pero luego afirma que de ninguna manera trazaría los personajes con la precisión con que lo hace Dostoeivski; no quiere oír hablar de la palabra "espiritualidad", pero considera lo más importante aquello relacionado con lo espiritual; lamenta la soledad del hombre, pero le producen cansancio las relaciones sociales; adora el Quijote, pero cuando don Quijote se pone en plan salvador del mundo le parece “un gilipollas”… El propio Handke, dotado de una socarronería tirando a vitriólica explica complacido que hay gente que le dice “no comparto sus opiniones pero las respeto” y les contesta, de manera que descoloca a su interlocutor: "¿Pero qué opiniones tengo?".

No es una persona convencional. Hace un acercamiento muy interesante su principal traductor español y una de las personas de nuestro país que más contacto han tenido con él en los últimos veinte años, Eustaquio Barjau, y cuenta, precisamente, que lo que más desprecia Handke son las convenciones. Explica con afecto cómo al paso del tiempo ha ido descifrando sus códigos y, aunque se resiste a utilizar las fórmulas habituales de cortesía para dar las gracias o mostrarse complacido, su silencio es substituido por gestos como acariciar la mejilla de la persona a la que quiere mostrar su aprobación. Y no es fácil conseguirla. Pero el aparentemente arisco Handke, a la vez, es extremadamente respetuoso con sus traductores: hace unos años reunió a unos cuantos de diferentes países en el Parador Nacional de la Sierra de Gredos y, además de hacerles de guía por los caminos de montaña, compartió generosamente con ellos el importe de un importante premio que había recibido. El Handke serio y circunspecto se despachó en su último libro, Ensayo sobre el lugar silencioso, con un espléndido texto breve sobre su relación con los retretes desde la infancia hasta la edad adulta, haciendo una fabulosas metáfora sobre el recogimiento, no exenta de ironía, pero también de confesiones personales emotivas.

Juan Villoro retrata muy bien al escritor austriaco cuando afirma que “no viaja para conocer lugares, sino para interrogarse en ellos”. Señala que “en la Fenomenología del espíritu Hegel advierte que la vida de la mente solo alcanza su verdad cuando se descubre en estado de absoluta desolación. Handke busca una soledad incómoda pero no se asume como un mártir de las ideas originales; no es un eremita en pos de la revelación sagrada, aunque su contemplación se acerque a lo inefable”. El propio Handke escribió en El peso de mundo: “Insistir en la contemplación, aplazar la opinión hasta que nazca la gravedad de una sensación vital”.

Desde sus primeras obras, ha sido siempre un escritor que ha huido de las líneas rectas y de las estructuras sólidas. Por eso, aunque su prosa es diáfana, sus intenciones son más opacas y requieren de un lector con cierto músculo, que no necesite del empujón del enigma o el golpe emocional para seguir página tras página. Aunque, en realidad, los libros de Handke están llenos de esa emoción: la del filósofo que pasea y mira y para quien el mundo es un espejo en el que verse reflejado de alguna manera.

Pero cuando incluso sus lectores más acérrimos creían que ya le habían pillado el tranquillo, sorprendió de nuevo a todo el mundo: de manera discordante, a mediados de los años 2000 alzó la voz para defender el papel de Serbia en la guerra de los Balcanes y acusó a los medios occidentales de manipulación. Incluso publicó un polémico libro titulado Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina o Justicia para Serbia. Ahí trazaba un recorrido por Serbia, a la manera de un Bruce Chatwin balcánico, y mostraba cómo era recibido en las casas de los serbios de manera pacífica y encantadora, incluso invitándolo a pastel de fresas, en un deseo de mostrar al serbio como un pueblo de hobbits inofensivos. Seguramente el papel de malo absoluto o único del conflicto con que se etiquetó a Serbia podría haberse matizado, pero aun así su postura era bastante más que discutible y eso le valió un chaparrón de críticas por parte de muchos intelectuales e instituciones sin que él diera un paso atrás. Incluso se plantó en el funeral de Slobodan Milosevic, juzgado y condenado por genocidio por el tribunal de la Haya, y dijo unas palabras en su favor. Si con su posicionamiento pro-serbio echó el cerrojo a la puerta de los premios Nobel, el día del funeral de Milosevic tiró la llave al fondo del mar. Pero a él seguramente le importa poco. Insiste en sus polémicas opiniones sobre las democracias occidentales: "Las democracias de ahora se permiten, más allá de sus fronteras, comportarse como si fueran dictaduras. Las democracias de hoy, en realidad, son las nuevas dictaduras, las dictaduras humanitarias y económicas: lo más hipócrita que hay".

También ha tenido una pendular relación con Austria. Se marchó para vivir un tiempo en París, pero regresó ya como autor consagrado a su propio país, donde incluso tuvo una etapa de cierto idilio institucional. El idilio con Austria finalizó cuando se descubrió que su compatriota Kurt Waldheim –entonces secretario general de la ONU– había pertenecido a un grupo nazi en su juventud. Handke fue especialmente beligerante pidiendo su dimisión y, al no producirse, fue él quien dimitió de Austria. Actualmente vive en Francia, en una casa cerca de Versalles rodeada de bosques donde pasear, y tres o cuatro veces a la semana toma el tren para ir a visitar a su esposa a París. A lo largo de las últimas décadas también ha sido muy importante en su vagabundeo físico y literario la geografía de España. Varios de sus libros parten de visitas a nuestro país y hay referencias españolas desperdigadas por toda su obra. La editorial Alianza ha reunido en el volumen Handke y España una selección de fragmentos de varias de estas obras en las que vemos al introvertido austriaco pasearse por Linares, Soria o el Pirineo, acompañados de entrevistas de Handke o una semblanza de Eustaquio Barjau.

La fascinación por España:

“Es porque el paisaje es tan vacío. Allí uno se puede imaginar historias. Hay una energía, no sé, erótica. Es un país con espacios enormes donde no hay nada, donde piensas: si alguien viniera por aquí, pasaría algo, estaríamos abiertos el uno al otro. Tal vez es esto. Luego también porque soy un lector de San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, que he leído palabra por palabra en castellano, y de fray Luis de León, el sucesor de Horacio.”

La España actual:

“Los españoles ahora son europeos, casi demasiado. Puede sonar cínico, pero opino que ciertas fronteras entre los países no están mal. Para que no se vuelva todo igual, para que uno no pueda estar en todas partes como si nada. Las ciudades españolas, sobre todo las pequeñas, siguen conservando su singularidad.”

La mirada interior:

“Mi problema es que soy una persona orientada más bien hacia dentro. De ahí que quisiera sacar las energías hacia fuera, que, por supuesto, primero tienen que estar dentro. Solo lo que anida en lo hondo puede salir fuera: las imágenes que uno saca de lo más profundo provocan el ritmo más hermoso.”

El viaje:

“Siempre hay cosas que contemplar si uno viaja con los ojos bien abiertos, nunca se siente solo. Lo que hay de música, de cuadros, de literatura en los países extranjeros y que toca descifrar –si uno sabe hacerlo– permite estar constantemente en diálogo.”

La intervención occidental contra Serbia en la Guerra de Yugoslavia:

“Se inicia una guerra para deshacerse de un supuesto dictador y entonces se asesina a más de mil personas y se dice que son daños colaterales. Lo más abyecto que oí es que se decía que una de las metas de la guerra era sencillamente desmoralizar a la gente, no destruir, no vencer, sino desmoralizar al pueblo. Lo consiguieron, desde luego.”

El escritor:

Me parece horrorosa la manera en que se comportan hoy los escritores. Todos se han vuelto tan oficiales, se comportan como dignatarios, como cardenales. Eso nunca le debe pasar a un escritor. Constantemente dan entrevistas, ahora están en Irak, después en Sarajevo o en Perú. Están en todas partes y por doquier tienen que escribir artículos para los periódicos. Ya no tengo ninguna confianza en esa gente. El escritor debe vivir secretamente. Aunque yo también he tenido una época, cuando tenía alrededor de los cuarenta, en la que los amigos me llamaron irónicamente 'el escritor nacional austriaco'. Había una lista de unos treinta escritores de todo el mundo, entre ellos varios permios Nobel, a los que se dirigieron invariablemente todas las peticiones para que firmasen o levantasen su voz a favor de Cuba o se pronunciasen sobre Irak, y esto va cada vez de mal en peor. No puede ser. El escritor debe ser un niño, un ser confuso, un buscador.”

 

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