Olivier Rolin Un observador del cielo en el infierno.

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

Fotos: Libros del Asteroide

 

Olivier Rolin (Boulogne-Billancourt, 1947) ha tenido varias vidas. De adolescente residió en Senegal, luego fue una de las cabezas visibles de Mayo del 68, formando parte de la organización maoísta Gauche prolétarienne; se lanzó a recorrer el planeta, contando lo que veía en obras como Port-Soudan (premio Fémina), Meroe o Pasajes originarios —donde visitó los escenarios de infancia de Hemingway, Nabokov, Borges, Kawabata y Michaux—; fue editor en Éditions du Seuil y aún tuvo tiempo de ser pareja de la cantante Jane Birkin durante varios años. Fascinado desde joven con Rusia, ha analizado críticamente el hechizo que el comunismo ejerció sobre la generación intelectual a la que pertenece, pero nunca se ha acercado a la turbia historia reciente del coloso con tanta brillantez como en su último libro, El meteorólogo. El título alude a Alexkséi Feodósievich Vangengheim, jefe del Servicio Meteorológico de la Unión Soviética, el hombre que aspiró a crear un servicio unificado de hidrología y meteorología en todo el territorio soviético, ese “continente inmenso, salvaje, semidesierto, casi sin carreteras, limitado en el norte por el océano Ártico y que se extiende desde Polonia hasta Alaska”. Profeta de la energía eólica y organizador de la primera conferencia sobre la influencia del clima en el ser humano, acabó con sus huesos en un gulag acusado de espionaje y traición. Reconstruyendo su figura trágica, Rolin recuerda esa terrible comedia del absurdo que fue el estalinismo, con los verdugos fusilados y los muertos rehabilitados, al tiempo que reflexiona sobre el legado comunista en Oriente y Occidente. Un libro excelente que bascula entre la sensibilidad a la hora de detenerse en esa “observación apacible de la Naturaleza” que practicaba Vangengheim antes de que la “furia de la Historia lo destrozara” y los espantos del totalitarismo (“la descomposición de los cuerpos provoca un hundimiento del suelo de entre diez y treinta centímetros y ese es uno de los indicios que permite localizar una fosa común antigua”). Librújula conversó con el escritor en un hotel de Barcelona durante su reciente visita promocional a la ciudad.

Pasó parte de su adolescencia en Senegal. ¿Cómo acabó allí? ¿Qué recuerdos atesora?

Residí cuatro años siendo un adolescente. Por entonces leía muy poco y mi mayor interés consistía en salir a pescar. Es cierto que conocer África me abrió los ojos a la vastedad del mundo y, tímidamente, al tema de la colonización, pero no creo que me marcara especialmente ni que tuvieran un gran peso en mi formación. Quizá sí que se pusiera ahí la semilla de mi futura actividad viajera, pero no es algo que pueda asegurar rotundamente.

¿Su decisión de estudiar Filosofía y Letras nace del idealismo que hierve en los 1960 y del deseo, pues, de cambiar la realidad?

Llegué a París un poco antes de 1968 y me encontré con que la mayor parte del profesorado y del alumnado eran marxistas, de modo que me sumergí en esta atmósfera intelectual, definida por la incomodidad, por la sensación de que el mundo no funciona y que hay que movilizarse para cambiarlo. La idea de iniciar una revolución se antojaba del todo natural, tanto que el que se desmarcaba de ella era una suerte de bicho raro. Estaba en el aire, en la agenda política del momento, ya no solo en Francia, sino en toda Europa y en Estados Unidos, con las protestas contra la guerra de Vietnam. De aprender a pescar pasé al aprendizaje revolucionario con absoluta normalidad. Eso sí, con un matiz, consistente en que había que trabajar sobre el terreno, movilizarse en un sentido práctico, no limitarse a la esfera intelectual: ir a las fábricas, cambiar las condiciones del campesinado, pasar a la acción en el Tercer Mundo… Europa ya no era el centro del mundo y debía aprender de los pueblos explotados, al tiempo que nosotros, los intelectuales, debíamos aprender de los obreros.

Si Phénomène futur (1983) ofrecía una visión irónica, desencantada y burlona sobre Mayo del 68 y las células maoístas, Tigre de papel era en ciertos aspectos más positiva y comprensiva. De revisar hoy esa fervorosa militancia de izquierdas, ¿el paso del tiempo haría que inevitablemente fuera todavía más indulgente y melancólico?

Cuando escribo Phénomène futur los años revolucionarios aún están muy calientes, impera entonces la tristeza y la desilusión, a la par que una sensación de desorientación, de no saber por dónde tirar. La crisis provocada por las esperanzas rotas arrojó a muchos compañeros a las drogas o, como en mi caso, al alcohol. Tigre de papel lo escribo tres décadas después, por ello la visión es más indulgente e irónica, lo abordé con la intención de hacer balance, de ver qué hubo de bueno y de malo. Entre lo primero destacaba una fraternidad y una camaradería que aún hoy echo de menos. Entre lo segundo, el sectarismo y la estrechez de miras. Pero está claro que el tiempo suaviza las aristas, hoy sería aún más indulgente. La visión obviamente cambiaría muchísimo de haber formado parte de un grupo terrorista y tener las manos manchadas de sangre. En este caso no habría paz.

Buena parte de sus viajes han tenido un pretexto literario, como por ejemplo en el caso de Paisajes originarios. ¿Hasta qué extremos diría que la geografía explica a un escritor?

Hay escritores en los que resulta muy determinante. Pongamos a Nabokov, quien pese a vivir en Suiza o Estados Unidos no abandona jamás el rastro ruso. Pero no es una regla, otros parecen escapar de la noción geográfica, de modo que no sabría decirte si hay un “paisaje originario” que viene de serie. En una ocasión visité la casa de campo de Nabokov y en las inmediaciones me encontré con un anciano típicamente ruso, larga y canosa barba incluida, y nos pusimos a conversar. Cuando le conté que estaba ahí para escribir sobre Nabokov me dijo que era imposible hacerlo en francés, que forzosamente había que emplear el ruso. Al objetarle que Nabokov había escrito en inglés gran parte de su obra, me respondió: “Sí, pero eso es ruso traducido al inglés”.

¿Cuáles fueron los contrastes más acusados entre su idea de Rusia y la Rusia real que se encuentra en sus primeros viajes al país?

Cuando fui por primera vez, en el año 1986, no albergaba ya ningún mito, estaba bien familiarizado con el desmoronamiento de su sistema económico. No la visité en calidad de admirador de la Rusia soviética, sino impelido por la curiosidad, al modo de un antropólogo interesado por el funcionamiento cotidiano de su sociedad

¿Tiene El meteorólogo algo de acto de contrición por esa incapacidad temprana de detectar los males del comunismo?

No es un acto de contrición personal, eso ya lo hice en Tigre de papel, pero sí que podría serlo a nivel general pues siempre me ha sorprendido la indulgencia de la intelectualidad francesa con el estalinismo, su predisposición a cerrar los ojos a los crímenes del sistema soviético. Recordemos que Sartre rechaza el premio Nobel porque previamente se lo han concedido a Pasternak, un autor perseguido por el régimen y que publica fuera de Rusia. El meteorólogo nace en parte de una voluntad de desmarcarme de esta actitud de mis predecesores.

¿Qué aspectos de la meteorología, aquellos que se le escapan el ciudadano corriente, lo fascinaron más?

Al ser aficionado a viajar en barco conozco los rudimentos básicos de la especialidad. Ahora bien, lo que me impresionó al documentarme para el libro fue el hecho de que Rusia es tan demencialmente vasta —hablamos de 17 millones de km2 y de once husos horarios — que intentar realizar mediciones meteorológicas supone una labor titánica, de aquí que la figura de Alekséi Feodósievich Vangengheim, un pionero en la materia, sea tan excepcional.

En un momento del libro habla de la “profundidad vertiginosa del espacio”. ¿Qué efectos tiene esta vastedad inconmensurable sobre el alma rusa?

Seguramente esta inmensidad se cobre su peaje sobre el alma rusa. En el cuento En su país natal de Chéjov, una joven de San Petersburgo regresa a la estepa, su lugar de nacimiento; es decir, pasa de la ciudad moderna al campo en el que su familia vive al modo de los antiguos nobles rusos, abusando de sus trabajadores. Una vez ahí intenta modelar la actitud de su familia, fracasa y concluye que es imposible cambiar nada a un nivel profundo. Chéjov escribe que incluso si hubiera conseguido cambiar a los suyos, el logro no habría supuesto más que “matar a una sola serpiente de la estepa”, es decir, en nada alteraría el modo de ser de los vecinos. La inmensidad, pues, como fatalismo. ¿Cómo se gobierna un país que tardas once horas en atravesar en avión, y una semana en tren? No excuso el despotismo, pero el modelo político de Francia o España es inviable, y nuestro concepto de sistema democrático resulta cuando menos complejísimo de trasplantar. Estas dimensiones sirven de pretexto para el autoritarismo.

Quizá pueda hablarse de una paradoja profunda en el carácter del protagonista de su libro. Su intento por tomar el pulso a ese coloso, por formular previsiones meteorológicas, convierten a Vangengheim en un personaje quijotesco pero luego, una vez detenido, es un sumiso y un adulador.

No veo contradicción en estos dos aspectos. En la parte científica era un individuo innovador y brillante, de espíritu abierto, ya que incorporó algunas teorías meteorológicas procedentes de los países escandinavos/capitalistas —lo cual, por supuesto, fue empleado en su contra—, mientras que en lo social y político era conformista, se formulaba pocas preguntas. Muchos individuos presentan esta dicotomía, por ejemplo, el protagonista de Vida y destino de Vasili Grossman, un físico que admira a Stalin.

En El meteorólogo describe la singularidad de las Solovkí, un gulag único en el sentido de la mezcla de gente diferente y la actividad cultural que hierve. ¿Qué lo hizo posible?

Puede que exista una respuesta parcial, no del todo satisfactoria, y sin duda hipotética. Veamos: en un principio, el idealismo revolucionario soviético, aun sustentado fuertemente en el miedo, estaba impelido por un cierto entusiasmo que quizá llevara a los responsables de la gestión del gulag de las Solovkí a conseguir que funcionara como un auténtico campo de reeducación. Hasta que el terror suplantó a la ilusión. Si incluso el fundador de la Cheka era un idealista, un hombre honesto que creía servir a una buena causa, nada que ver con un sádico… También, los habitantes de las islas eran más intelectuales que campesinos, lo que le confirió un carácter especial al gulag. Cierto. Además, cuando nace aún no existía el sistema administrativo propio del gulag, a los presos no se les considera todavía mano de obra esclava, un sistema económico que parece ser que inventó un tal Frenkel, sin duda uno de los personajes más misteriosos del estalinismo. ¿Y de dónde surge este tipo? Solzhenitsyn sostiene que era un preso de las Solovkí que acabó ejerciendo de director económico del campo y, más tarde, fue director de los trabajos forzados en el mar Blanco y el mar Báltico, para ascender luego a director general del KGB hasta su muerte en los años 1950. Escapó a todas las purgas, tuvo un destino increíble. Con todo, yo sospecho que Solzhenitsyn le concede demasiado protagonismo de corte maléfico porque Frenkel era judío y el autor de Archipiélago Gulag era incapaz de disimular su antisemitismo.

Destaca en El meteorólogo el rigor administrativo de los verdugos del gulag, su obsesión con los registros detallados.

Aunque es difícil comprender los mecanismos de un sistema totalitario, es posible que los registros de las ejecuciones en los campos soviéticos se guardaran con celo como herencia de la gigantesca burocracia zarista, seguramente amplificada por los soviéticos. También se explicaría por motivos “revolucionarios”; es decir, el verdugo soviético no cuestiona lo que está haciendo, elimina a enemigos del pueblo en defensa de una ideología, hay incluso un punto de orgullo detrás de su cometido. Los nazis, en cambio, no dejaron documentos que certificaran sus exterminaciones, toda labor administrativa se detiene tras la aprobación de la Solución Final.

Comenta que, en torno a la Lubianka, sede de la Cheka y luego del KGB, proliferan tiendas de lujo y salas de exposiciones. Sirve de metáfora del barrido brutal que Rusia ha hecho de su pasado más incómodo. ¿Me imagino que no hay ningún interés por reflotar la más crítica memoria histórica?

Ninguno, los que quieren denunciar las atrocidades del pasado y evitar que sean barridas de la memoria colectiva son cuatro gatos, que además están perseguidos por el gobierno. Existe la asociación Memorial, dedicada a la investigación histórica y la defensa de los derechos civiles, la cual me abrió generosamente sus archivos para documentarme de cara a escribir El meteorólogo, y los responsables de un museo en Siberia consagrado a los gulag… y poco más.

El espionaje de los cuerpos de inteligencia rusos a Estados Unidos y la armonía entre Trump y Putin, ¿abren un nuevo capítulo en las relaciones entre ambos países?

No creo que exista una alianza entre ambos hombres, pues albergan intereses muy diferentes, incluso en Siria. Lo que de verdad ocurre es que Trump admira los modos autoritarios, machistas y brutales de su homólogo ruso, al tiempo que acercándose a él se desmarca aún más de las maneras de Barack Obama.

De sus años en Éditions du Seuil, ¿qué aprendió acerca de lo que distingue a un gran editor?

Un gran editor es un tipo que no solo tiene cultura e inteligencia, sino la audacia de apostar por algo nuevo, que es capaz de detectar una escritura a contracorriente, incluso si no acaba de entenderla del todo. Por ejemplo, Minuit con Beckett. Seuil lo rechazó, por cierto.

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
términos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios