Las escritoras contra la “poética patriarcal”

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

“De haber sido la protagonista de un libro de contenido moral, en ese momento de su vida Jo se hubiese transformado en santa, hubiese renunciado al mundo y se hubiese dedicado a recorrer los caminos haciendo el bien [...] Pero lo cierto es que Jo no era una protagonista de novela, sino una joven real [...] y actuó conforme a su naturaleza”. Sin embargo, Jo tampoco respondía a esa joven real que la sociedad norteamericana del XIX podía esperar; Louisa May Alcott hizo de su protagonista una escritora, que no titubeó en el momento de hacer las maletas, dejar Concord y viajar a Nueva York, donde llamaría a las puertas de todos los periódicos, muchos de los cuales rechazarían sus textos con un más que absurdo liet motiv: “Aquí no publicamos para señoritas”. Tuvo que recibir muchos noes hasta conseguir ver su novela publicada, sin embargo, la protagonista de Alcott nunca dejó de escribir y, sobre todo, nunca aceptó convertirse en la protagonista de ningún libro moral, ni tan siquiera cuando ese libro no era otro que la sociedad que la rodeaba.

Jo March es en la ficción aquello que fueron las escritoras reunidas por Gloria Fortún en la antología La nueva mujer (Ed. Dos bigotes), todas ellas escritoras norteamericanas a caballo entre el siglo XIX y XX, todas ellas autoras que testimoniaron a través de su escritura ese momento de “transición entre el siglo XIX y el XX”, años que Fortún define como “la época del nacimiento de la Nueva Mujer”, puesto que fue entonces cuando la mujer “empieza a rechazar de forma colectiva los roles tradicionales, redefine su sexualidad y reivindica su derecho a la educación superior y a desarrollarse en el ámbito profesional”. Si, en palabras de Fortún, “la traducción política de esta toma de conciencia es el activismo de colectivos como las sufragistas o las afroamericanas”, la traducción literaria de esta toma de conciencia es la ruptura con la “poética patriarcal”, concepto acuñado por otra norteamericana, Gertrude Stein. La nueva mujer es, por tanto, una reivindicación de aquella literatura escrita por mujeres que querían romper con los esquemas, literarios y sociales, que circunscribían a la mujer y, en este sentido, el interés por los cuentos reunidos por Fortún no es simplemente literario. Cabría, incluso, decir que lo verdaderamente interesante de La nueva mujer es el testimonio que ofrece de una literatura silenciada que funciona como agente de transformación de la sociedad y del rol de la mujer; sin embargo, si nos detenemos solamente en cuestiones literarias, más allá del género de sus autoras y de las temáticas tratadas, hay que decir que la antología es desigual, reuniendo autoras de reconocida valía, como la siempre espléndida Willa Cather, con otras cuya aportación a la historia de la literatura es más endeleble.

“La escritora del siglo XIX”, leemos en el prólogo del ya canónico ensayo La loca del desván, “no sólo tenía que habitar las mansiones (o casitas de campo) ancestrales poseídas y construidas por los hombres, sino que también estaba constreñida y limitada por los Palacios del Arte y las Casas de la Ficción que escribieron los escritores”. Las autoras aquí reunidas reflejan aquello que Gilbert y Gubart apreciaban en su ensayo: “Un impulso femenino común hacia la lucha para liberarse del encierro social y literario mediante redefiniciones estratégicas del yo, el arte y la sociedad”. Ahí está el relato de Sui Sin Far, La mujer inferior, donde se relata las críticas que recibía una mujer que optara por trabajar, por adentrarse en el mundo laboral, dejando “las tareas” del hogar en un segundo plano. Algo parecido nos cuenta Sarah Orne Jewett en El marido de Tom, donde la protagonista es aquella que lleva las riendas económicas de su matrimonio, mientras que el marido ha renunciado a su carrera en favor de ella. El relato de Orne Jewett es particularmente interesante porque permite observar el papel del hombre que, si bien apoya a su mujer en su conquista de independencia y libertad, es coaccionado por la sociedad que censura su actitud. Ella y él terminan siendo criticados, pues ninguno de los dos actúa siguiendo los roles sociales que una tradicionalísima sociedad norteamericana -nadie la describió mejor que Edith Wharton- impone. Si Orne Jewett y Sui Sn Far proponen en sus relatos la imagen de una mujer trabajadora, Charlotte Perkins Gilman cuestiona en su relato de explícito título, Una madre antinatural, la idea del “instinto maternal” como algo intrínseco a la mujer y, por tanto, desmonta la imagen literaria de la mujer-madre. Junto a estos tres relatos, los más destacables del libro, cabe añadir dos: en primer lugar, el relato de Historias de una hora de Kate Chopin, quien narra la situación de la mujer en los estados sureños, reflejando así una realidad que se distingue netamente de la realidad urbana de los estados del norte, si bien, tanto el norte como el sur, comparten una misma mentalidad patriarcal que atrapa a la mujer en el rol de esposa, ama de casa y madre. En segundo lugar, el relato de Willa Cather, El caso de Paul: estudio de una personalidad. Aquí Cather aborda, aunque subrepticiamente, el tema de la homosexualidad y la cárcel que podía llegar a ser la tradicional sociedad burguesa para un joven homosexual para quien la huida, no se sabe muy bien hacia dónde, parece ser la única salida, aunque en verdad dicha salida nunca llega a concretarse del todo.

La mujer nueva es un interesante recorrido por una literatura bastante olvidada del canon, pero que, sin embargo, tuvo un importante papel social: la publicación de estos relatos en revistas como The Atlantic Monthly, The New Yorker o The Saturday Evening Post favoreció a un cambio social radical, en cuanto las mujeres, lectoras principales de los relatos, comenzaron a percibirse a través de ellos de una nueva manera, de una manera más libre. A través de estos relatos las mujeres adquirían consciencia de que había un mundo de posibilidades por explorar y que, por tanto, había otra manera de ser mujer. En pocas palabras: las mujeres descubrían ese mundo de posibilidades que las equiparaba a los hombres, ese mundo que hasta el momento les era prohibido socialmente, pero que podía ser accesible. De ahí que pueda decirse que la literatura de estas autoras jugó un papel esencial en la transformación de la mentalidad y en la implicación de las mujeres en movimientos feministas en favor de nuevos derechos para la mujer.  En una reunión de hombres en Nueva York, Jo March recordaba a sus interlocutores que de poco servía discutir de democracia si a las mujeres todavía les estaba prohibido votar. No fue hasta 1920 que se aprobó en Estados Unidos la Decimonovena Enmienda, según la cual no se podía negar el voto a ningún estadounidense por cuestión de sexo. Jo March no podía votar, pero reclamaba su derecho. Las autoras de La nueva mujer eran conscientes de que todavía había mucho que recorrer en cuanto a libertades y derechos, pero sabían que la literatura podía ser un instrumento revulsivo. La nueva mujer puede no reunir los mejores relatos de la tradición norteamericana, pero sí reúne los testimonios de aquella revolución feminista que comenzó su andadura en las páginas escritas de muchas escritoras. 

Deja tus comentarios

Enviar un comentario como invitado

0
términos y condiciones.

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios