“Los escritores somos necesarios mientras se sigan celebrando fiestas con uniformes y banderas”

 

 

Texto: ANTONIO ITURBE

Estos días me ha hecho mucha compañía la lectura de Fantasmas del escritor. En este libro, a caballo entre la memoria de lector y la de merodeador cultural fascinado por el cine o la pintura, García Ortega ha tomado materiales de treinta años de lecturas, artículos y reflexiones para armar una línea nada férrea en la que nos invita a viajar por el mundo de los libros y la imaginación con parada en estaciones mayores y menores, con brillos o a oscuras, pero todas ellas seductoras.

Nos invita a iniciar el viaje por su libro con una reflexión de La Rochefocauld: “a veces uno es tan diferente de sí mismo como de los demás”.  Inspirado por los fantasmas que perseguían a Sábato, en el recorrido de este libro trata de averiguar cuáles son “esas oscuras motivaciones que llevan a un hombre a escribir”. Nos dice que “en los tiempos que corren hay que volver as Rimbaud”. Un Rimbaud que ha pasado de maldito a orillado y que, efectivamente, amaba tanto la literatura que incluso se marchó de ella.  Faulkner, Doctorow o Pessoa forman parte del canon de García Ortega, pero tampoco tiene problema en poner en la picota libros de un premio Nobel como Coetzee (La infancia de Jesús) o afirmar que Thomas Mann le resulta tedioso. Intelectual flexible, se demuestra devoto de Montaigne y de las 2.401 páginas de En busca del tiempo perdido de Proust (sin dejarse ni una) pero no tiene problema en poner en valor la novela de Chris Van Alsburg: The Polar Express. Nos amenaza con sus opiniones contundentes. Y es verdad que, por ejemplo, en un momento dado afirma rotundo que un autor como Francisco Umbral está sobrevalorado. Pero al final García Ortega, ateo que cree fervientemente en la literatura, no es capaz de no arropar a ninguno de sus hijos. A continuación, hace un retrato de Umbral impecable y afectuoso como gran retratista del pálpito de la ciudad. Un autor “único y excesivo” al que sitúa como figura asociada a la idea de Madrid junto a Galdós.

Hay montones de recomendaciones de lecturas gozosas (desde Saccomano a Doctorow, Faulkner o Baudelaire). Nos dice que “nunca pierdo de vista a Graham Greene” y señala de manera aguda que son mejores sus villanos que sus héroes: “patéticos, imperfectos, indecisos, torpes y casi siempre fracasados a punto de serlo”.

Habla mucho de los escritores, que se parapetan tras trincheras de letras a saborear su platillo de vanidad. Dice –y razón no le falta- que “Lo que más le cuesta a un escritor es restarle importancia a lo que hace”.  En un momento del libro explica que lo dejó deprimido que dijeran que sus novelas “tienen mensaje”. Porque le parecía simplificador. Pero a mí me da la impresión de que las novelas de García Ortega, con su mirada siempre agazapada detrás de cada historia tienen la voluntad, no sólo de contar, sino de decirnos algo. Y ese es el mayor éxito a que puede aspirar un libro.

Afirma que “los escritores somos necesarios. Lo somos mientras se sigan celebrando fiestas con uniformes y banderas. (…)  Es difícil definir al escritor… “No sectario, no ideológico ¿Cómo definirlo? Sólo se me ocurren estas dos palabras: riesgo e impertinencia”.

Al final del libro ofrece su epílogo, no exento de esa ventolera garciorteguiana entre lo poético y lo apocalíptico porque, frente a la idea del intelectual como alguien distante, frío y calculador, él es pasional y apasionado. Él mismo es un reflejo de esa montaña rusa en que vive el escritor: entre la euforia del momento en que cree haber trazado el párrafo perfecto de oro puro y la decepción cuando lo lee al día siguiente y le parece calderilla: “el escritor empieza a escribir una nueva novela y le invade el miedo a fracasar, a equivocarse (…) Sabe, por otro lado, una vez ponga en marcha cierta mecánica interior, ya nada la podrá detener, aunque signifique hipotecar los próximos años de su vida”.

Este es el diario de a bordo de un escritor que lee con voracidad y siente la historia del mundo a su alrededor con arrebato. Viene a ser la profecía autocumplida de una definición que él hace del escritor, en modo diccionario, en su tercera acepción (la definitiva): “Dícese también de una persona necesitada que pide ayuda y el mundo le da las gracias”.

Con este libro de buceo literario, por más que se lea con sumo placer, haya sorpresas y chispazos brillantes, García Ortega no se va a hacer rico. Pero nos enriquece a quienes lo leemos.

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