Una escritora inesperada, un encuentro impensable

Emmanuelle Pirotte: Una escritora inesperada, un encuentro impensable

 

 

 

 

Texto: JOSÉ LUIS DEL PINO

 

 

Esta belga desconocida en España ha entrado en el mundo literario con pie firme y vocación de quedarse. En "Hoy aún estamos vivos" (Grijalbo) narra la potente e insólita relación entre un oficial nazi y una niña judía en plena batalla de las Ardenas. La desolación como marco y la soledad como encuentro: Emmanuelle Pirotte parece saber mucho del asunto. La primera sorprendida de su atrevimiento literario fue la misma Emmanuelle Pirotte: “Yo no me imaginaba como novelista, ni siquiera que tuviera talento para serlo”. Y es que su relación con la literatura fue un poco complicada, ya que su padre, Jean Claude Pirotte, era un escritor muy apreciado por la crítica en Francia, incluso ganador de un Gouncourt. Muy dotado para el relato corto, e intensamente dedicado a la poesía. Una poesía “muy intimista”. “Yo diría que la calidad de su literatura era sobre todo su estilo”, afirma Emmanuelle Pirotte. La relación con su padre, confiesa, fue difícil y “un tanto ambivalente”, ya que, si bien la indujo a degustar el placer de la literatura siendo niña –“me convertí en ávida lectora desde muy joven”–, su entrega a la escritura era tan exclusiva que le hacía ser poco familiar: “No estaba muy presente en casa”. Por eso, durante muchos años pensó que no se dedicaría en la vida a ser escritora, por ese afán creativo de su padre que lo alejaba de los suyos. “Creo que no me autoricé yo misma a escribir por todos esos motivos. Pero hoy que él ya está muerto y yo tengo casi 50 años, esa llama que dejó se ha manifestado tardíamente. Le debo eso, pero durante mucho tiempo no lo reconocí en mi fuero interno”. De hecho, Emmanuelle Pirotte marcó distancia desde el principio con la creatividad literaria; de pequeña quería ser actriz y estudió Arte Dramático en el Conservatorio de Bruselas. “Después me di cuenta de que la cosa no iba nada conmigo, aunque fue una excelente experiencia”. En la universidad estudió Historia del Arte y más tarde realizó una tesis doctoral: “Hice una pequeña carrera académica, y después me harté de escribir artículos científicos”.

Hiciera lo que hiciera, Emmanuelle lo combinaba con esa enorme afición por la lectura heredada de su padre. Afirma que en literatura tiene gustos sumamente variados, aunque hay un autor, Jack London, que le gusta muy especialmente, y al que lee y relee con cierta devoción. Expresa su gusto por los clásicos, entre los que destaca a Dickens, Dumas, Flaubert o Emily Brönte como sus preferidos. En novela contemporánea dice leer muy poca narrativa francesa a causa de que “me parece que la literatura francesa está en crisis ahora. No encuentro mi lugar como lectora en ella; me parece muy narcisista, un poco seca, incluso desde un punto de vista formal y estilístico”. Y, entre los autores norteamericanos, resalta a Jim Harrison y a Joseph Boyden. También le gustan los británicos Kate Atkinson y Martin Amis, y el italiano Niccoló Ammaniti. Reconoce que su visión del mundo y su relación con la humanidad “no es buena”. “Pero no pasa nada”, se apresura a declarar. “Yo no considero que la supervivencia de la humanidad sea algo ideal. Soy una pesimista que no sufre de manera espantosa su pesimismo; ahora bien, a corto plazo, sí evidentemente me angustian cosas muy puntuales que pueden sucedernos”. No obstante, la escritora comenta que ese pesimismo profundo, esa sensación que tiene de no estar alineada con su gente, se ve compensada de manera paradójica con unas ganas de vivir tremendas: “Las personas sí me interesan y las quiero. Las multitudes no las soporto. Así que la felicidad, para mí, es conocer a personas interesantes. Y la naturaleza igualmente es como un gran alivio respecto a la fealdad del mundo. La escritura, el arte en general son valores imprescindibles”. Escuchándola parece advertirse que esa conjugación de la intensidad de querer vivir con el pesimismo que de alguna forma siempre subyace a la realidad se replica en el encuentro imposible de Renée, la niña judía, y Mathias, el oficial nazi, los protagonistas de Hoy aún estamos vivos. “Efectivamente, ese era el gran desafío de esta novela. La voluntad inicial consistía en conciliar lo inconciliable, reunir lo que la historia nunca hubiese debido reunir, lo que de hecho oponía”. Emmanuelle Pirotte explica que Mathias y Renée son personajes más grandes que la vida misma. “Creo que, si por una parte parecen que están encarnados –uno en el otro-, por otra también son muy arquetípicos. Desde esta perspectiva tenemos la fuerza, la potencia de existir de cada uno de ellos. Su personalidad serena, dura, violenta, que es algo que desconcierta a la gente de su alrededor, les permite encontrarse a través de su antagonismo”. Lo que sucede entre Mathias y Renée, prosigue Emmanuelle Pirotte, “no es algo que tenga que ver con la moral en absoluto, sino con el reconocimiento instintivo respecto al otro, entendiendo al otro como alguien sumamente vivo. Mathias se siente interpelado por la potencia vital de la chica, porque es como si ella fuera en cierto modo su espejo. Por lo tanto, su relación se basa en esa intensa pulsión vital, tanto por parte de Renée, que va a buscarlo en cierto modo, y que obliga a Mathias a realizar un acto de vida en vez de uno de muerte, porque eso es lo que la niña inspira en él”.

Para el lector, ese es uno de los rasgos importantes de la historia que abren la comprensión de los personajes. Se trata de la soledad desolada que ambos comparten. “Sí, son personajes intensamente solos. Y no había reflexionado al respecto cuando escribía, no era algo consciente… Me di cuenta después de que estaban terriblemente solos. Y lo están porque es bastante evidente que los seres como ellos se aíslan de su prójimo, ya que hay una forma de incomprensión del mundo para con este tipo de personas”. La acción de la novela transcurre durante la ofensiva alemana en las Ardenas a finales de 1944, y la escritora se ha nutrido de los muchos relatos de niños y jóvenes de la época que sufrieron aquella última embestida feroz de la Wehrmacht. Sin ir más lejos, los propios familiares de Pirotte le hablaron de la batalla y sus consecuencias. “Hay muchísimos testigos que viven todavía; chavales, adolescentes en aquel momento, gente que permaneció escondida en los sótanos de las casa en las Ardenas. De hecho, hay un documental muy largo con testimonios de un libro que recoge aportaciones de la gente de la zona –a media hora de donde yo vivo-. Todas esas experiencias han alimentado la historia de una manera a veces muy concreta”. Pirotte pone un ejemplo muy preciso relacionado con la novela: “Una niña, que ha perdido a sus padres en un bombardeo y no cesa de llorar en la granja ocupada por los alemanes, irrita al oficial de tal manera que la amenaza con ejecutarla. Una de las mujeres saca a la niña fuera a pesar del frío para que el oficial nazi no la oiga y la mate. Esa es una historia real.” Uno se pregunta si la escritora ha pretendido, al contarnos una historia tan inverosímil, por la relación entre dos personajes tan diametralmente opuestos, enemigos irreconciliables en el contexto de la brutalidad de la guerra, tender en la ficción un puente de reconciliación. “Cuando escribo nunca tengo la voluntad de dar un mensaje al mundo por medio de un libro. Yo lo que quiero es contar una buena historia. Después, evidentemente, del texto surge el mensaje. Si el lector interpreta esta historia como una manera de conciliar y reconciliar a pesar de la crueldad de la guerra, pues me parece muy bien, estupendo. Pero creo que interpretar así es como empobrecer un tanto el relato, simplificarlo. No hay, por otra parte, que descartar tampoco la posibilidad; pero, no era mi intención de entrada”. Le apunto la posibilidad de estar rozando lo impensable aunque sea mediante la ficción, y que a algunos lectores les incomode la historia. “Claro, soy consciente de que estos dos personajes son símbolos, y que al aliarlos estoy creando una imagen extraña, delicada, incluso a veces un poco tabú en el inconsciente europeo y mundial”. De cualquier manera, la novela contiene algunas escenas de una belleza no solo literaria, sino visual, que hace pensar en una creación muy adaptable al cine. Sin duda, es una buena historia que puede contarse en imágenes muy fácilmente. Emmanuelle Pirotte sonríe, y es que su marido es realizador de cine, cortometrajes y documentales: “Yo le veía escribir guiones, historias, y pensaba que eso era genial”. Reconoce que ese ejemplo la impulsó también a lanzarse: “¡Absolutamente! Nunca habría empezado por mí misma a escribir guiones”. Primero se curtió en muchos largometrajes de ficción que nunca se convirtieron en películas, pero que, a su juicio, “fue experiencia y es trabajo”. Y ahora, precisamente, ambos están escribiendo a cuatro manos el guión de Hoy aún estamos vivos para el cine, que se empezará a filmar a partir de finales del próximo año. “Será una coproducción entre Bélgica, Francia y Luxemburgo. Y para las escenas de nieve estamos en la duda de filmarlas en un cuarto país, que podría ser Estonia o algún país escandinavo”. Emmanuelle Pirotte sabe cómo es esto del cine y añade con tranquila resignación que “los productores básicos ya están reunidos. El equipo conformado, pero hay que filmar, montar, y después hay que distribuir. ¡¡La fecha de estreno ni mentarla!!”.

Pirotte nos adelanta que ha escrito una segunda novela que también es muy cinematográfica. La acción se sitúa en Bélgica en un futuro cercano. “Es una novela apocalíptica, donde di vía libre a mis angustias respecto al mundo, al que veo devastado por una serie de desgracias climáticas, sanitarias, extremismos religiosos... Una Bruselas en pleno caos indescriptible, donde una mujer que vende medicamentos adulterados se encuentra de repente con la custodia de su hija de 8 años, a la que había abandonado cuando era bebé”. Dada su tendencia al pesimismo, es inevitable preguntarle a Pirotte como vive la compleja situación entre valones y flamencos en Bélgica. “Curiosamente no lo llevo mal. Estamos acostumbrados en Bélgica a vivir con esta tensión desde hace un montón de años. A ver, la tensión se nota en el día a día y se está endureciendo, porque tenemos un gobierno de derechas dirigido por la extrema derecha, eso hay que decirlo claramente. Y el nacionalismo flamenco es muy duro y potente. El desprecio general para con los francófonos se percibe hoy en día de manera profunda. Dicho esto, creo que los valones y los francófonos son como muy filosóficos, por no decir apáticos directamente. Es decir, si fuéramos irlandeses o de la exYugoslavia ya estaríamos matándonos. Pero no forma parte de nuestra naturaleza, así que creo que esto puede seguir así indefinidamente. Y es una pena, porque creo que realmente allí hay una riqueza cultural clara”. Tal vez esa situación pueda inspirar a la escritora una buena historia para una novela. Lo que está claro es que, si logra la belleza y tensión creativa de Hoy aún estamos vivos, será todo un placer leerla.

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