Uderzo o el humor para pensar.

Hits: 3901

Fallece Albert Uderzo, que, junto a René Goscinny, fue el padre de los galos más famosos: Astérix y Obélix.

 

 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

Foto: ASTERIX® - OBELIX® - IDEFIX® / © 2017 LES ÉDITIONS ALBERT RENÉ

 

Hoy muchos nos despertábamos con la triste noticia de la muerte de Albert Uderzo, al que tantos le debemos horas de lectura y diversión de la mano del famoso y resistente galo, Astérix, y de todos los inigualables e irrepetibles habitantes de la aldea, empezando por el comilón y de incomparable fuerza Obélix. Hoy muchos recordamos las risas frente a aquellas historietas, esas horas de risa. Sin embargo, no tenemos que olvidar que las aventuras de Astérix fueron mucho más mero entretenimiento. Tras esos gags, Uderzo y Goschenny nos hacían pensar sobre nuestro tiempo, sobre el poder, la democracia o el abuso de poder. Su humor nos hacía pensar.

Hay definiciones que se quedan cortas, que no logran abrazar la complejidad del término al que se refieren. Es el caso del “humorismo”, palabra que la RAE define en dos únicas acepciones: 1) Modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. 2) Actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Si tomamos en consideración solamente la primera acepción, aquella que hace referencia no a la práctica profesional, sino a la representación que todo gesto humorístico implica, nos daremos cuenta de que hay algo que falta en aquellas dos líneas que configuran la definición. ¿Dónde esta la vertiente amarga, melancólica, que todo gesto humorístico implica? Pues, ¿acaso enjuiciar la realidad no es una forma de observarla tanto crítica como melancólicamente? El ejercicio crítico, como ya indica la raíz filológica de la palabra “crítica”, implica una puesta en crisis, pero también una constatación amarga de un hecho o de una realidad. Tanto Luigi Pirandello como Ramón Gómez de la Serna eran conscientes del lado melancólico del humorismo y así lo constataron en sus ensayos dedicados al tema.

Pensar en la figura de Astérix, el galo al que dieron vida Goscinny y Uderzo es pensar en uno de las creaciones humorísticas más reconocidas y reconocibles del siglo XX. Las aventuras del galo, junto a su inseparable amigo Obélix en la pequeña aldea resistente ante el dominio del Imperio Romano de Julio César, personaje clave en muchos de los episodios de la saga, se ha caracterizado por el humor con el que sus creadores no sólo han contado la historia de los personajes, sino que nos han hablado del presente, haciendo que el lector se sintiera representado en las estrambóticas aventuras de los dos protagonistas y en su relación con el poder, representado un ridiculizado Imperio romano. Tras la muerte de Goscinny y la posterior jubilación de Uderzo, el trabajo de continuar dando vida a Astérix fue asumido por Jean-Yves Ferri y Didier Conrad, que, como ellos mismos confesaron, querían recuperar el espíritu original de esta obra gráfica y, por tanto, rescatar el tono humorístico de los primeros libros, que no tardaron en convertirse en lecturas obligatorias para generaciones enteras.  Si bien es cierto que, en una última entrevista que concedió a el periódico El País, Uderzo afirmaba que con Astérix la única intención es reflejar “una imagen de humor y la única ambición es hacer sonreír y divertir", excluyendo todo carácter político a la obra y, por tanto, rechazando una lectura ideológica, lo cierto es que el humor de Astérix no se define por ser una mera suma de gags, sino que esconde una lectura crítica y, por qué no, amarga de la actualidad social y política.  En este sentido, como bien apunta el periodista y especialista en cómic, Jaume Vidal, el humorismo de Astérix funciona en una doble dimensión, proponiendo varios niveles de lectura: “El triunfo de las aventuras de Astérix se debe en gran parte a que no se trataba de dirigirse a un público exclusivamente infantil, sino familiar. En estas historietas siempre se ha jugado a una doble lectura. Por un lado, las niñas y los niños encontraban graciosos los personajes y los gags de peleas, en una tradición de cine mudo y circense, en la que siempre salían perdiendo los romanos, los piratas y, en general, los ‘malos’, y otro nivel que hacía referencia a la actualidad, reflejando modas y tendencias y, sobre todo, la política francesa del momento”.

Como Vidal, el escritor y guionista Martín Piñol apunta al carácter “infantil”, de lectura infantil, de Astérix, subrayando al mismo tiempo ese gesto humorístico que hace que la obra vaya más allá del gag: “Casi al mismo tiempo que las pelis de Bud Spencer y Terence Hill, llegó a nuestra infancia el humor de otra pareja que todo lo solucionaba con chascarrillos y tortas. Astérix y cía nos enseñaron ya desde pequeños que te puedes reír de la Historia, de la autoridad, de los bardos… y al final siempre habrá un banquete para los audaces”. La enseñanza de Astérix no es baladí, pues enseñar que es posible reírse de la Historia y de la autoridad es enseñar a posicionarse con una mirada crítica, no siempre alentadora, ante el mundo y la realidad que nos rodea. La crítica al Estado y a quienes nos gobiernan, en efecto, es uno de los primeros derechos e, incluso, obligaciones que tenemos como ciudadanos; el humorismo, por su carácter crítico e irreverente, es un gesto de libertad y, en Astérix, conviven estos dos planos de lectura, el del gag y el de la  mirada crítica, ofreciendo una doble lectura que, concluye Vidal, “amplificaba para los adultos el efecto cómico” y, al mismo tiempo, excluye la posibilidad de acotar el humorismo de Astérix a una única acepción, pues tras su humor, no sólo hay un amplio conocimiento de la historia romana e, incluso, aunque no siempre se perciba, de la lengua latina, no solo hay una mirada atenta al presente, evidente en cómo los guiños a la actualidad han ido adaptándose a los tiempos, sino también una reelaboración de la tradición literaria, partiendo, ante todo, por el género de aventuras. Es precisamente a esta reelaboración e, incluso, a esta mezcla de materiales a la que apunta el dibujante Alfonso Zapico, Premio Nacional de Cómic por Dublinés: “Astérix es un cómic que mezcla aventura, filosofía y humor: el humor de Goscinny, un judío ucraniano que conoció la Europa más negra y viajó mucho, y que está en los pequeños detalles. Aflora por todas partes, desde los nombres de personajes o lugares hasta lo que sucede de fondo en una viñeta”. Zapico observa cómo es precisamente el humor aquello que diferencia Astérix de otro de los clásicos del cómic francés, Tintín; en efecto, recuerda Zapico, “Hergé, reconoció que su Tintín era ingenuo y se podía leer fácilmente, pero que el auténtico valor de Asterix estaba en su segundo nivel de lectura”. Ante estas declaraciones, recuerda siempre el ilustrador asturiano, “Goscinny replicó: ‘Hergé construye una historia en la que introduce algunos gags, nosotros imaginamos gags con los que construimos una historia’”.

La clase, seguramente, esté en las palabras de Goscinny, el humorismo de Astérix no es un elemento más que se añade, sino que es el mimbre a partir del cual construir la historia, que, precisamente por ello, tras su apariencia amable y después de despertar alguna que otra carcajada, nos obliga a detenernos y reflexionar sobre esa realidad imaginada que tantas risas nos suscita y que, desgraciadamente, tanto se parece a la nuestra. Escribía Pio Baroja en La caverna del humorismo: “Lo trágico y lo épico se alojan en primer plano, lo cómico en el segundo, el humorista salta continuamente de lo uno a lo otro y llega a confundir los dos, de aquí que el humorismo pueda definirse como lo cómico-serio, lo trivial trascendental, la risa triste, filosófica y cósmica. Esta mezcla cómico-romántica, cómico-patética, cómico trágico, un gesto agridulce que es el sabor de las obras de humor”. Las palabras del escritor vasco bastan para definir el humorismo de Astérix y, consecuentemente, su complejidad.