Carlos Zanón & Víctor Del Árbol: Vivir a todo o nada

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Entrevista con Víctor del Arbol y Carlos Zanón

 

 

 

Texto: ANTONIO LOZANO

Fotos: MARTA CALVO

 

Son de la misma quinta -uno del 66, el otro del 68-; nacieron, crecieron y viven en Barcelona; son de barrio -uno del Guinardó, el otro de Torre Baró-; proceden de familias humildes; su consolidación literaria fue de maduración lenta; han coincidido en varios festivales.… Con tantos puntos en común no es de extrañar que Carlos Zanón y Víctor del Árbol se saluden con un abrazo. Incluso se presentan ambos a la charla luciendo una chupa de cuero negra. Metidos en la promoción de sus últimas novelas, Taxi y Por encima de la lluvia, respectivamente, sus trayectorias gozan de viento de cola. Tras ganar el Premio Nadal el año pasado, Del Árbol será distinguido en breve por el Ministerio de Cultura galo como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. Zanón anda de cráneo organizando la primera edición del Festival BCNegra que comisionará y resucitando a Pepe Carvalho. El encuentro tuvo lugar en la librería barcelonesa +Bernat, cuyo piano ninguno supo tocar.

Una curiosidad para empezar: Tengo entendido que mantenéis muy buena relación. ¿Recordáis cómo y cuándo se cimentó?

Víctor del Árbol: Creo que nos presentó Toni Hill y luego hemos ido coincidiendo. El hecho de ser de Barcelona los dos, ser de barrio… ayudó a que conectáramos enseguida. A mí me gustó mucho la primera novela de Carlos, Nunca llames a casa. A diferencia de tantos otros, me parece un autor muy honesto y coherente. Ha sido muy fácil entenderse.

Carlos Zanón: Recuerdo que, más adelante, Víctor y yo coincidimos en un festival en Argentina que nos permitió conocernos mejor y afianzar la relación. Yo disfruté con La tristeza del samurái. Desde el principio me sorprendió  su compromiso con la literatura. Me parece un tío muy de verdad, el tipo de persona a la que acudiría si tuviera un problema.

Y para sacar al elefante de la habitación: ¿cómo habéis vivido la situación política catalana de estos últimos meses?

VDA: Yo solo diré un cosa: estamos yendo hacia un callejón sin salida. Hay que encontrar una salida ya. Después de lo vivido ayer [las cargas policiales contra los participantes en el referéndum del 1 de octubre], esto ya no va de independentismo o no, sino del sentido de la decencia, se han perdido los papeles de una manera increíble. Tengo 49 años y jamás pensé que llegaría a ver lo que estoy viendo: la fractura social. Y eso es intolerable.

CZ: Ves lo de ayer y se te crispa todo… Todo es muy confuso porque todo el mundo te está engañando. Hay una máquina de propaganda por ambos lados. Al romperse la convivencia, la sensación es que en el fondo no nos llevábamos tan bien. En todas las revoluciones, lo primero con lo que se barre es con los que están en medio, con los tibios. Ahora es todo conmigo o contra mí. Después de lo de ayer lo que es obvio es que no quieres formar parte de un país que es capaz de enviar eso contra gente que está esperando para votar. Por otro lado, tampoco te gusta que hagan trampas con un parlamento. Los que trabajamos con palabras nos damos cuenta de la importancia de apoderarte de ellas. Libertad, democracia…

VDA: A mí me ofende mucho el secuestro de los conceptos. Han conseguido polarizar lo que es ser español y lo que es ser catalán, y te exigen que te posiciones. Oiga, yo personalmente no me identifico ni con la España que vi ayer ni con la Cataluña que representan Puigdemont y la CUP.

CZ: Ganas de independizarte del PP, todas. Y luego esa manía de confundir los gobiernos con los países…

¿Cómo marca el ambiente familiar en el que crecéis a vuestra literatura?

CZ: Vengo de familia humilde, no pasábamos penurias pero heredábamos la ropa y esas cosas. Mis padres trabajaron muy duro para que yo pudiera decidir qué quería hacer. Lo que te queda es la concepción de lo que significa la clase trabajadora. Que tienes que tener algo de dignidad. Que te puedes comprar algunas cosas y otras no. Luego está la sensación de derrota, lo cual puede hundirte o servirte de motor. Te quedan los tics. Yo aún ahora voy a un hotel de tres estrellas y siento que no pertenezco, te llevas hasta los jaboncitos. Tienes la sensación de que esto no va a durar, de que alguien se te va a acercar un día y te va a decir que te has equivocado de fiesta, “venga, para casa”. La gente de pasta ni se lo plantea.

VDA: Yo soy de Torre Baró y aquello era como una tierra de aluvión, donde iban a parar los extremeños, los murcianos, los andaluces… Yo me crié en una chabola de ladrillos que construyó mi abuelo. Ni escrituras ni historias. Igual que en el Oeste, llegabas ahí y plantabas tu bandera. Aquello fue mi normalidad. Para mí, Barcelona era lo que se veía desde el castillo de las aguas del Ter, un paisaje lejano. Esa sensación de que pertenezco a la Barcelona del extrarradio nunca me ha abandonado del todo. Luego mis padres y sus seis hijos nos fuimos a un apartamento de 40 metros cuadrados del que nos acabaron desahuciando. Tengo grabada la imagen de mi padre diciéndonos en el portal “Vamos”, mientras mi madre lloraba. Y ese “vamos” significaba no hay tiempo para llorar, hay que seguir tirando para adelante. La conciencia de clase me otorgó el sentido de la lucha. La vida es pelea y pelear, y la mayoría de las veces caerás, pero no toca otra que volverse a levantar. Creo que esto se traslada a mi forma de escribir, que es pasional y pegada al suelo. Y comparto con Carlos la sensación de que eres un outsider, de que aquí estás de prestado.

CZ: La mayor parte de los creadores, de los escritores, no suelen ser de clase alta. Para crear has de querer salir de algún sitio y comerte el mundo. Y también tienes la sensación de que has de darlo todo porque no hay nadie que te vaya a ayudar. Ni padrinos ni el editor de Lumen. Como mucho, estos te dirán dónde puedes ir a que te arreglen el coche.

VDA: Hay un momento en que haces una apuesta a todo o nada, o gano o pierdo, no hay término medio.

¿Qué recordáís de la Barcelona de vuestra infancia?

CZ: Vivías prácticamente en la calle. Estabas jugando con los amigos y distinguías el grito huracanado de tu madre para que fueras a cenar. La mía era una ciudad casi salvaje; había tapias, vallas, sitios de los que no podías salir. Desde las alturas del Guinardó veías la Barcelona remota donde creías que ocurrían el tipo de cosas excitantes que no podías esperar a vivir.

VDA: No cogí el metro hasta los 14 años. Me bajé en Virrei Amat -ya me dirás tú- y aquel bullicio me hizo sentir que pisaba Nueva York. Y recuerdo que donde está hoy la Ronda de Dalt era un barranco que separaba lo que era la zona de Roquetes de la Vía Julia. En San Juan íbamos ahí a encender las hogueras y a comer patatas envueltas en papel de aluminio. Vivimos una Barcelona dura, pero que te dejaba ser niño y crecer.

CZ: Eras muy libre. No recuerdo haber visto jamás a un policía o un guardia urbano. Te las tenías que apañar solo. ¡Y las historias que circulaban por la calle! “Mira, aquel le clavó un destornillador a su cuñado y se fue a la Legión francesa”. “Aquella vecina fue entregada por su padre a su marido tras perder una partida de cartas”.

¿Qué elementos de vuestro carácter pensáis que os inclinaron hacia el género negro?

VDA: Creo que la voz surge a partir de las primeras lecturas que te impactan y te hacen decir “esto es la literatura”. Yo me empacho de Hesse, Dostoievski y Camus de muy jovencito. Aunque sin poder entenderlos bien, te dejan un poso, “ah, la literatura va de hablar de lo que nos pasa, de lo que somos, del dolor, de la contradicción…”.

CZ: Respecto a la novela negra, a mí me atraparon temas como el deseo, la tentación. Yo no vengo de El sueño eterno, sino de El cartero siempre llama dos veces. ¿Qué ocurre cuando aspiras a algo que no puedes tener? Y luego está la violencia, que ejerce a un tiempo fascinación y repulsión. Los coles de antes eran violentos y las palabras eran unamanera de defenderte. Estas experiencias pueden decantarte hacia una mirada negra. A mí no me gustaba leer, solo cómics, y odiaba Los Hollister y todo lo de esa cuerda. Hasta que mi padre me regaló Los tres mosqueteros. Luego llegarían Verne, Salgari, Byron, Cumbres borrascosas… Además, tenía un tío al que quería mucho que murió enaccidente de tráfico y heredé su biblioteca. Era muy divertido, porque tenía la típica colección de “Las 100 mejores obras de la literatura universal” y primero estaba Bécquer pero luego aparecía Tarás Bulba.

VDA: Mi madre era socia del Círculo de Lectores y los libros que escogía no acababan de ir conmigo. Para mí fue una bendición descubrir el Mercat de Sant Antoni. Recuerdo de adolescente, a esa edad en la que uno ya se siente un poco maldito, pillar El extranjero y alucinar. “Joder, este tío es profundo como yo”.

Sé que Carlos estudió Derecho y Víctor, Historia. ¿Estas experiencias académicas tienen algún impacto en vuestra obra, se filtran de alguna manera en ellas?

VDA: Yo no acabé la carrera, lo dejé en segundo, me aburría. Entré con el acceso para mayores de 25 años, impelido en parte por la satisfacción de ser el primer Del Árbol en cursar estudios universitarios y en parte porque me atraía mucho el tema de la Guerra Civil, la Transición, la memoria histórica… Pero descubrí que me interesaba más documentarme e investigar por mi cuenta asuntos que luego efectivamente han aparecido en mi obra.

CZ: Yo me había pre-matriculado en Periodismo pero conocí a una chica, que me gustaba y no me hacía caso, que lo había hecho en Derecho. Pensé que si hacía lo mismo, quizá… aunque luego resultó que ella iba por las mañanas y yo por las tardes, en fin, un drama. De todos modos, yo ya quería ser escritor y pensé que haría dos cursos, publicaría un libro de poesía que sería la hostia y adiós. No pasó. El turno de oficio me dio acceso a una realidad que no conocía, la de la pequeña delincuencia, la de los desgraciados y buscavidas, los acorralados, los malos de raíz, los que se levantan con cinco euros para pasar todo el día… A la hora de escribir novelas me han atraído mucho esos personajes, sin ellos sin duda habría sido otro tipo de escritor. En el fondo son todo lo contrario que yo, gente que se lo ha montado muy mal hacia fuera pero muy bien hacia dentro, sus vidas pueden ser un desastre, pero saben quiénes son. Yo, por el contrario, tengo familia, amigos, trabajo, etc, pero soy un desastre por dentro, nunca sé qué quiero, me quejo de todo… En los libros le doy la vuelta a esto y parece que esté describiendo a gente gracias a una gran capacidad de observación, cuando la verdad es que me estoy machacando.

Tuvisteis unos inicios difíciles, con varios rechazos editoriales. ¿Nunca se os cruzó por la cabeza tirar la toalla?

CZ: Yo nunca dudé de lo que quería ser ni que lo iba a conseguir. Tampoco sé cómo tuve los huevos de seguir intentándolo durante veinte años. Los rechazos me desanimaban, claro, pero perseveré porque en el fondo a nadie le importaba que tú te rindieras, tú y tu vocación estabais solos. Al modo de consuelo siempre me funcionaba pensar que había gente mejor que yo. En vez de creer que había una conspiración judeomasónica en contra de mí, me decía que los que publicaban en Tusquets o Anagrama sería por algo. Luego he entendido lo bueno que fue no haber publicado mi primera novela a los 24, la segunda con 26, novelas que eran una mierda técnicamente, gracietas. Fue una ventaja que me dieran palos y me obligaran a no rendirme porque llegué a los 40 como un escritor formado. Yo quería jugar en la NBA, con los buenos, o no jugar.

VDA: A mí los rechazos me motivaban, me daban fuerza. Cuando hice el borrador de El peso de los muertos se lo pasé a le esposa de un amigo, que era editora (conocida, por cierto). Me comento: “El Quijote ya se ha escrito y tú no eres Cervantes”. No salí quemado ni furioso sino diciendo para mis adentros: “No soy Cervantes pero te voy a demostrar que sé escribir”. Y esto es algo que me ha pasado varias veces en la vida. No he dado mi brazo a torcer porque no sé vivir de otra manera. Podía publicar o no, pero iba a continuar escribiendo. También he de decir que hoy no tengo la sensación de haber llegado a nada y lo dice alguien que no se considera modesto en absoluto. Y si lo digo es porque tengo la convicción de que puedo llegar a ser un escritor mucho mejor. Por otro lado, me sorprende la cantidad de gente que quiere saltarse los pasos hasta el reconocimiento literario: el esfuerzo, la paciencia, las negativas… Alucino con la cantidad de desconocidos que te llaman pidiendo favores, enchufes.

¿Qué es lo primero que tenéis en la cabeza y que tira del hilo: el personaje, el conflicto, el lugar…?

VDA: Para mí lo primero es sobre qué quiero hablar, qué me inquieta en ese momento. No pienso en historias sino en ideas. En el caso de Por encima de la lluvia, por ejemplo, fue la vejez y cómo nos transforma el viaje. Creo que hay que escribir sobre lo que a uno le interesa.

CZ: Mis novelas son muy un mazacote, un todo a la vez. Tengo que asistir a una escena o vivir una situación sobre la que necesite escribir de cara a entenderla. Me tiene que ocurrir algo, que se produzca un chispazo. Hasta que no escribo sobre las cosas no consigo entenderlas. Debo saber de todo un poco, cómo suena, cómo huele… y a partir de aquí construyo el esqueleto, la estructura. Muchas veces estiras del hilo del inconsciente y tardas en descubrir qué era eso que te interesaba tanto. Un lector me abrió los ojos a que todos mis protagonistas eran huérfanos. Para mí, un personaje a la deriva era inconscientemente alguien al que le falta la madre porque el día en que me pase así es cómo me sentiré.

VDA: A mí un lector me hizo ver que todas mis novelas arrancaban con la pérdida o la muerte de un niño y acababan frente a un horizonte abierto. No es por casualidad. Ahí está una infancia difícil, la ausencia del padre… ¿Hay un exceso de novela negra? ¿Todo el mundo se apunta al carro y los filtros de calidad muchas veces no son escrupulosos?

VDA: En esto, como en todo, el tiempo es un cedazo, una guillotina. Él dirá qué va a perdurar y qué va a desaparecer. Pero hay un exceso, está claro, y con frecuencia se fuerza el encaje, no basta con ponerle una etiqueta a un libro para convertirlo en género negro. ¿Basta un muerto para meterla ahí? El tiempo también hará de embudo.

CZ: Estoy de acuerdo con Víctor. Creo que falta talento en general. Se abusa del cliché. Hay los que saben redactar bien, pero eso no es ser escritor, ni es literatura. Pero si hay gente que compra esos libros y todos los modelos pueden convivir, pues adelante, aunque me temo que los malos a veces bloquean a los buenos. Luego hay una crítica muy presuntuosa hacia el género por parte de gente que no lo ha practicado nunca. “James Ellroy o Jo Nesbø son una mierda”. ¿Ah, sí? ¿Y tú qué haces? Respeto que lo diga Javier Marías, pero no el que se autopublicó en 1985. Habrá mucha mierda, pero también tipos brillantísimos. Ambos habéis sido traducidos a varios idiomas. ¿Os ha sorprendido algo del modo en que vuestros libros han sido recibidos, comentados, interpretados… en el extranjero?

VDA: A mí me hace gracia que en Estados Unidos se me considere un autor de thrillers, me parto de la risa. Y, más allá del éxito, me produce una enorme satisfacción ver cómo me leen en Francia. Su concepto del género negro es el propio del polar, una literatura social, con mensaje, la practicada por Izzo o Manchette. Las preguntas de los periodistas franceses son muy incisivos, ahí nadie te suelta: “¿De qué va tu novela?”. La relación con la literatura es más viva.

CZ: Lo que más me sorprende de Francia es que te pillen el toque. Mis libros son locales, muy de barriada, pero ha conectado con los lectores. Y déjame decirte que Víctor es Dios en Francia. Vosotros, que habéis ido a tantos festivales de novela negra. ¿Qué envidiáis de lo que veis por ahí, a nivel de organización, de público…, y qué creéis que nos tienen que envidiar ellos?

CZ: Yo soy un fanático del festival francés. Saben que esto es una industria y que un festival sirve para vender libros, pero, al mismo tiempo, para acercar al libro al lector. Tratan con dignidad y respecto a lectores, escritores y libreros, y todo esto muy organizado y sin grandes aspavientos. Te hacen currar mucho, te atan con una cadena a la mesa, pero es una gozada. Es el ideal al que aspirar. No nos pueden envidiar nada.

VDA. Coincido plenamente. El paradigma de festival negro es el Quais du Polar de Lyon. Como ocurre en todos los festivales franceses, se explotan temas, no se presentan novelas. Otro aspecto fundamental es la comunicación; por pequeño que sea un festival en Francia, hará cuanto esté en su mano para arrastrar a la gente.

CZ: Aquí la sensación es que da igual que no venga gente. Como ya tienes la subvención…

VDA: Y me parece muy equivocado montar mesas con seis participantes en las que apenas vas a poder hablar, con la vista puesta en lo bien que te va a quedar la programación ese año.

CZ: Y luego el nivel de muchos conductores. A veces me he de morder la lengua para no decir: “No, es que en esta novela no hay ningún muerto”. O: “No, yo no he escrito ese libro”. Reconozco que también pregunto con qué colega me va a tocar porque hay cada uno…

VDA: A mí me costó lo suyo, pero ya he aprendido a rechazar invitaciones.

Sé que Víctor necesita conocer el título de sus novelas antes de ponerse a escribir. ¿Tenéis algún otro hábito, manía, superstición… ligada a la escritura?

VDA: Escribir a mano y llevar un ejemplar de cada nueva novela a la cueva de Montserrat con una dedicatoria anónima.

CZ: Yo soy muy maniático con las citas. Puedo despertarme en mitad de la noche a cambiar o añadir una, cuando podría haber esperado perfectamente a la mañana siguiente.