Implacable Kruso

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Anagrama publica "Kruso" de Lutz Seiler

 

 

 

 

Texto: JOSÉ MARÍA DE ROMERO BAREA

Los reinos lejanos e imaginarios (Neverland, Wonderland, Oz, Narnia o La Isla del Tesoro) parecen pertenecer exclusivamente al mundo de los niños. Todos los libros de aventuras para adultos, sin embargo, regresan, obsesivamente, a esos lugares, con nombres diferentes, hasta hacernos desaparecer en ellos. En Kruso (Anagrama, 2017), la ínsula en la que se establece su protagonista, y nosotros con él, es la real, aunque no menos imaginaria, región (casi) deshabitada de Hiddensee, frente a la costa de la antigua República Democrática Alemana, en los meses previos a la caída del sistema soviético.

            “Pensó en la fiebre del oro del Klondike, en el hombre que estaba en el desierto helado y que en el último instante logró encender un fuego, con su última cerilla”. Como un moderno Robinson Crusoe, Edgar Bendler, estudiante de literatura alemana que acaba de perder a su novia (atropellada por un tranvía) y a su gato, intenta sobrevivir en un mundo (aparentemente) extraño. Como un Mago de Oz travestido de Próspero, no hay magia en su existencia, sino realidad, cada vez más hostil, algo “presente aún, pero invisible”. Con esos “detalles sueltos”, Bendler reconstruye una versión del universo que una vez conoció en el territorio semi salvaje en que se encuentra.

Por suerte, hay más personajes. Sobre todo, alguien llamado Alexander Krusowitz, conocido como Kruso, que, nada más conocerlo, posa “una mano en la nuca [de Edgar] (…) como se toca a un niño que está haciendo sus deberes”. Juega Lutz Seiler (Gera, Turingia, 1963) con el tiempo y el poderoso papel que juega la imaginación en nuestra supervivencia. Tras la desesperación inicial, lo que hace que Bendler empiece a ganarse la vida es el miedo. Sobran los aditamentos del género Lugar Desierto (temibles animales salvajes, caníbales hambrientos). Bendler y Kruso construyen alrededor de ellos una cueva, una impenetrable pared defensiva que los protege del resto: “Nuestros signos corresponden a las primitivas marcas de las casas de Hiddensee”, dice Kruso, “Son como caracteres propios, semejantes a las runas, con los que en tiempos antiguos se marcaban a fuego cosas y animales”.

Consigue Seiler crear un nuevo mundo material con sus manos, mientras descubrimos la verdad fundamental de la economía tras la desintegración del sistema totalitarista: sin la sociedad, el excedente es el derroche, no el beneficio. Sólo lo que se puede usar tiene valor. Evoluciona el héroe de haber sido un joven irreflexivo, un rebelde sin interés por el significado de su existencia, a entender la necesidad de lo vulnerable para construir su dios personal. Kruso es esa huella única y misteriosa que Edgar contempla en la arena. Junto a él descubre que la compañía es, a la vez, el horror real e imaginario que nos impele a escondernos.

“Era la primera vez que lo había visto de un modo tan claro y manifiesto: bajo la superficie, (…) por detrás de la vida, imperaba una perpetua seducción, una oferta inigualable”. Sólo el aislamiento conduce al conocimiento, parece concluir el autor de Kruso. Sólo afuera aprendemos a vivir dentro de nosotros mismos. Cada uno es su propia isla, en la cual uno aprende a superar la reticencia al otro, hasta llegar a la decisión de no juzgar su comportamiento. Hay libros que no podemos dejar de leer, como secretos que no nos cansamos de contar. Algunos consiguen llevarnos lejos. Premio Alemán del Libro 2014, sorprende y cautiva el obstinado, repetitivo e implacable detalle de la lucha del protagonista de Kruso por sobrevivir en territorio hostil, lo que hace que, una vez terminado el libro, queramos empezar de nuevo.