Un homenaje a Juan de Loxa

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Un homenaje al poeta Juan de Loxa

 

 

 

Texto: VÍCTOR FERNÁNDEZ

He querido que pasaran unos días, pero no, no se va el impacto por la marcha silenciosa e inesperada de Juan de Loxa, granadino, poeta, amigo y confidente. Uno evitar preguntarse, al igual que en el poema machadiano, que, si era toda en su verso la armonía del mundo, ¿dónde fuiste, Juan, a buscar la armonía? Porque seguimos impactados quienes lo conocimos y quisimos, huérfanos de su generosa amistad.

Le debo mucho, muchísimo. Juan tenía esa cosa tan granadina de “jardín abierto para muchos, paraíso cerrado para muchos”. Porque todos acudíamos a él para contarle historias, para que fuera guardián y notario de una historia literaria y artística de Granada con Federico García Lorca como uno de sus principales protagonistas. Pero él también tenía muchas veces esa virtud generosa de ayudar, de guiarte para poder tratar de aclarar el enigma lorquiano.

No fueron pocas las ocasiones en las que me llamó y me dio un nombre suelto, preguntándome si me sonaba de algo. Les pondré un ejemplo. Hará diez o doce años, Juan me telefoneó para hablarme de alguien, de un médico granadino. Me aconsejó que indagara sobre él. Descubrí que había sido asesinado poco después de Lorca, en algún lugar entre Víznar y Alfacar, dato que le proporcioné al momento. “Ayer me llamó su hija y me dijo que su padre ya está enterrado en Granada porque habían recuperado el cuerpo”, me comentó. El cementerio de la ciudad de la Alhambra corroboró el dato. Todavía guardo ese nombre que abre muchos interrogantes.

El 10 de mayo de 2012 Juan me llamó temprano. Quería contarme algo que había guardado en secreto. Ese día, “El País” presentaba, con bombo y platillo y algunas gotas de amarillismo, la historia de Juan Ramírez de Lucas, el que parece que fue el último amor de Lorca. “Víctor, te tengo que explicar algo” y me habló de cuando dejó la dirección del museo-casa natal del autor de “Yerma” en Fuente Vaqueros, en noviembre de 2005, para instalarse en Madrid. Un día alguien le dijo que habían preguntando por él con cierto interés, rogando que se pusiera en contacto. Ese alguien era Juan Ramírez de Lucas con quien finalmente se reunió. Juan de Loxa no sabía nada de su historia y Ramírez de Lucas se le presentó como un admirador de la obra de Lorca, curioso por saber sobre la relación del poeta con el joven Eduardo Rodríguez Valdivieso durante los años republicanos. Juan contó a grandes rasgos sobre esa amistad, sobre cómo Lorca se enamoró del chico, sobre las cartas que le escribió y que luego donó al museo-casa natal de Fuente Vaqueros… Unos días más tarde, Ramírez de Lucas, agradecido por aquella conversación, le envió unos poemas que él había escrito dedicados a pintores, entre ellos Dalí. No volvieron a contactar y Ramírez de Lucas murió cinco años más tarde. “Víctor, creo que él quería saber si Federico lo engañaba con Rodríguez Valdivieso. ¿No te parece? Por eso se reunió conmigo y no me dio ni un detalle de su historia”. Tenía razón.

El museo-casa natal de Fuente Vaqueros fue su vida y su pasión. Él logró que se abrieran puertas que habían permanecido cerradas, como las de unas primas de Lorca que donaron unos espléndidos dibujos del poeta bordados, como la de Anna Maria Dalí que decidió entregarle las cartas que le escribió Federico, como la de Pilar López, la hermana de la Argentinita, que entregó a la casa natal la biblioteca personal de Fernando Villalón… La lista es larga y Juan de Loxa ha permitido que se conserven algunos legados documentales que, de otra manera, se habrían perdido para siempre. Por eso sé cuánto le dolió cuando las administraciones no lo apoyaron para adquirir en 1995 las cartas de Lorca a José Murciano, localizadas en su momento por Agustín Penón y hoy en manos de algún coleccionista privado tras pagar un precio ridículo. Lo mismo volvió a ocurrir en 1998, con otro importante manuscrito lorquiano, una misiva dirigida al guitarrista Regino Sáenz de la Maza. Quedaban muy pocos días para la conmemoración del centenario de Lorca y a Juan le indignaba que a los políticos les interesara más la foto de rigor que ayudar a una institución como el museo-casa natal. Y esa carta se iba a perder para siempre en una subasta. Juan no lo dudó y pagó de su bolsillo ese manuscrito en el que el poeta proclamaba que “ahora he descubierto una cosa terrible (no se lo digas a nadie) Yo no he nacido todavía”.

Otro amigo, por desgracia ya desaparecido, Enrique Sabater, siempre me decía que Juan tenía que poner por escrito todo cuanto sabía de esa Granada que sabía mostrarte como nadie. De todo eso debería salir un libro que se llamara “Aquel rincón de Granada” y Juan se divertía con esa idea. Quiero creer que Juan no era tan granadino, que en algún momento fijó por escrito todo aquello.

Tres semanas antes de morir vino en Madrid a la presentación de nuestro libro “Palabra de Lorca”. Se sentó junto a Ian Gibson y los dos intervenían en un diálogo fascinante. Juan me advirtió que “estoy malito, pero he venido”. No me quiso dar más detalles, pese a mis ruegos, sobre su enfermedad. Al día siguiente me envió un mensaje con una fotografía en la que aparecía con Gibson, un guiño de quienes he considerado mis maestros en los estudios lorquianos.

Nos queda su obra, libros maravillosos como “Juegos reunidos”, “Y lo que queá por cantar” o, el más reciente, “Juego y pesadilla en Pinito del Oro” donde aparece el Juan divertido, poeta visual y transparente, el legítimo heredero de Joan Brossa. Pero Juan de Loxa es eso y tanto más, lo suficiente para que ahora todos nos sintamos huérfanos ante su ausencia. “Viva moneda que nunca se volverá a repetir”.