EDUARDO HALFON: Cartógrafo de geografías perdidas

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Eduardo Halfon publica "Duelo"

 

 

 

Texto: MILO J. KRMPOTIC' 

Ilustración: ALBERTO CIMADEVILLA

Su Duelo (Libros del Asteroide) vuelve a escarbar en la memoria, en los recovecos de la identidad sometida a una sucesión de exilios, y algo de ese carácter errante tiene esta charla: se inicia en el estudio del escritor en Nebraska, mientras su hijo de un año ríe y juega en segundo plano; continúa en Nueva Orleans, en los tiempos muertos entre las reuniones de trabajo que mantiene con los guionistas y productores de Nom de Guerre Films, que planean adaptar su novela El boxeador polaco, y culmina en un hotel de Los Ángeles, donde se apresta a realizar una conferencia en el Departamento de Estudios Judíos de una universidad jesuita: “Algo contradictorio, quizás, pero también, en mi caso, apropiado”.

Duelo es el título y lo que sigue nos aboca a la sinonimia: hay duelo por el tío muerto años atrás y hay duelo por todos los niños muertos que aparecerán de golpe, pero también hay un duelo fraterno, el desencuentro entre el protagonista y su hermano con el ingreso en la pubertad del primero. ¿Buscaste deliberadamente esa dualidad?

No sé si la busqué, pero cuando llegó esa palabra me pareció evidente que era el título, que era el núcleo del libro. No solo por esa dualidad del duelo como luto y duelo como combate entre hermanos, sino por la tercera acepción, que es más extraña pero igualmente bella: duelo como dolor. Yo, duelo. Hay un dolor general en el libro, un dolor social o familiar, digamos. Algo muy difícil, lograr decir todo eso en una sola palabra. Ahora mismo, por ejemplo, se están preparando las traducciones del libro al inglés, francés, alemán y portugués, y en ningún idioma podemos lograr la misma sinonimia. Es decir, cada editor tendrá que decidir si el libro es más un luto o más un combate. Pero ese ya es problema de ellos.

Hay otro duelo recurrente, a lo largo de tu obra, que es el duelo por la geografía perdida tras el exilio de los abuelos, de los padres… Y el entorno es parte primordial de la identidad de uno. ¿Hasta qué punto tus viajes, reales o literarios, son una manera de rellenar huecos y, a la vez, de preguntarte qué habría sido de ti si hubieras nacido en Beirut o en Lodz, o si no hubieras abandonado Guatemala de niño?

Hay huecos en mi historia, sí, en la historia de mi familia. Episodios enteros que han sido silenciados u olvidados o sencillamente dejados atrás, en el pasado. Como la experiencia de mi abuelo polaco en varios campos de concentración. Como la salida de mi abuelo libanés de Beirut, con sus hermanos. Como la muerte del niño Salomón, el hermano mayor de mi padre, el que hubiese sido mi tío Salomón. Como nuestra huida de Guatemala, cuando yo tenía 10 años, y pasar el resto de mi infancia en Estados Unidos. Al escribir me atraen poderosamente todos esos territorios de mi pasado, del pasado de mi familia. Quizás escribo como una especie de cartógrafo, trazando mi geografía perdida.

Sería grosero preguntar cuánto hay de verdad en tus narraciones, así que buscaré la imagen especular de esa cuestión: en tu identidad múltiple y fragmentada, ¿reconoces reflejos de lo que pudo ser y no fue? Por decirlo de otro modo, ¿la identidad privada puede crecer con añadidos de ficción?

Es que yo ya no sé la diferencia entre privado y público, entre realidad y ficción. Mi vida privada se mezcla con aquello que publico, y aquello que publico afecta mi vida privada. Es todo una sola cosa que crece y palpita y se me impone. De hecho, ya ni siquiera sé si estoy escribiendo ficción. Creo que esa palabra se me quedó corta hace rato. Tampoco es autobiografía, ni memorias. También esas etiquetas se quedan cortas. Hay quienes intentan mezclarlas: autoficción, novela de no ficción, etcétera. Intentos fallidos todos, me parece, por clasificar o encajonar lo que yo hago. ¿En qué estantería coloco los libros de este autor, entonces? En mi caso, le respondería que me ubique donde quiera, donde pueda, donde le sobre algo de espacio.

Dice tu narrador: “La casa me pareció idéntica a la casa de mi memoria”. Se refiere, claro, a la comparación entre la casa que tiene delante de los ojos y la que recordaba de su pasado. Pero me hizo gracia la expresión, porque tu memoria parece en efecto una casa que se va desplegando ante nosotros, ganando cámaras y recovecos, con cada nueva obra. ¿Qué te llevó a abrir la puerta de la habitación que escondía esta historia?

En resumen, una prohibición paterna. Siempre había tenido curiosidad por esa habitación, por la historia de la muerte del hermano de mi padre o, más específicamente, las historias de su muerte. Siempre habían estado ahí, aunque lejos, en el fondo de mi cabeza, y cuando quise caminar hacia ellas para abrir la puerta y ver qué había dentro, qué había pasado con el hermano mayor de mi padre, mi padre quiso impedírmelo. Me prohibió escribir sobre ello. O al menos intentó hacerlo. Y para un escritor no hay impulso más potente que la censura.

En la América de Trump, ¿has llegado a juguetear con la idea de un nuevo exilio, como si el nomadismo fuera una maldición de sangre?

Es que yo vivo en un permanente exilio. No es que me lo plantee en etapas, o por momentos de mi vida. Más que en la sangre, ese nomadismo permanente es sello de familia. Todos mis abuelos fueron nómadas árabes y polacos que llegaron, eventual y accidentalmente, a Guatemala. Yo nací ya un nómada en Guatemala: un país que, como judío, me permitía vivir ahí, pero no participar en su tejido social tan católico, en las fiestas y los rituales de mis amigos. Ver el partido desde el graderío, pero prohibido jugar. Desde entonces, siempre, esté donde esté, soy un exilado, me siento exilado. Aunque no podría decir un exilado de qué.

Hablando de la sangre de tu sangre, se cierra el libro con una cita de Foster Wallace: “Si nunca has llorado y quieres, ten un hijo”. Sé que este libro lo escribiste antes de saber que serías padre, pero lo has publicado ya siéndolo. En las inevitables relecturas, estando Leo ya en tu vida, ¿cambió en algo tu perspectiva sobre lo que habías escrito?

El primer manuscrito del libro lo terminé de escribir sin siquiera la idea de ser padre. Yo no quería hijos. O más bien yo no quería ser padre. O eso me decía a mí mismo, acaso para convencerme o alejarme de la idea de la paternidad. El embarazo fue inesperado. Y durante los siguientes nueve meses, mientras iba aceptando poco a poco mi próxima paternidad, también iba corrigiendo el manuscrito. Este libro, por decirlo así, nació cuando nació mi hijo. Y es ahora, al haber cumplido él un año, que percibo un cambio de perspectiva en la historia que he escrito. O más que de perspectiva, de emoción: ahora siento más cercana la muerte de cualquier niño.