Historias del arte que te dejan a cuadros

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En “Arte viajero” (Larousse), de Federico García Serrano vemos cómo las ventas, herencias, expolios, pérdidas o robos han puesto en danza algunas grandes obras.

 

 

 

 

 

Texto: SABINA FRIELJUDSSËN

Ilustración: ALEXIA ADROVER

 

Cuando observas la eterna sonrisa de la Gioconda impasible ante el asedio de mil cámaras de turistas en el Louvre o la sólida monumentalidad amodorrada de una abadía medieval, tienes la impresión de estar ante obras inmutables. Sin embargo, si el óleo y las piedras hablaran, nos contarían muchas peripecias. El afán de coleccionismo, el esnobismo, la codicia económica o las reafirmaciones del poder mediante la posesión de piezas de gran simbolismo han hecho que algunas de las obras más apreciadas, a través de la compra, subasta, regalo, expolio o botín de guerra hayan atravesado continentes y pasado de mano en mano como un porrón de vino. En Arte viajero, el profesor Federico García Serrano nos pasea por estos trajines. Nos cuenta que el afán por la posesión de piezas artísticas viene de lejos: “Ya en la Roma clásica se extendió el coleccionismo de las antigüedades griegas, de las que se sintieron conquistadores, mostrándolas con orgullo en el atrio de sus viviendas como un signo de estatus social. Durante la Edad Media, aunque el pillaje de los pueblos bárbaros no mostró mucho entusiasmo por el arte, no faltaron quienes supieron apreciarlo, más allá de los poderes eclesiásticos, que promovían un arte al servicio de su religión y su evangelio pastoral, que requería de las imágenes para instruir a los fieles en la moral y en la fe. En la Roma medieval siempre pervivió el interés por sus ruinas del glorioso pasado enterrado, aunque no eclosionó hasta el Renacimiento, con un nuevo espíritu pagano y humanista. Ya en la Venecia del siglo XIV se inició un comercio artístico con las antigüedades que llegaban de Oriente”.

Sería el Renacimiento el inicio del coleccionismo sistemático, empujado por el afán filantrópico en unos casos, el económico en otros al irse consolidando un mercado del arte jugoso, o directamente el de expoliar para agrandar el ego nacional. Este último caso tiene su más enloquecida ejemplificación en el expolio nazi: los expertos no se ponen de acuerdo, pero algunos, como el profesor Miguel Martorell, cifran en 200.000 las piezas escamoteadas por el Tercer Reich entre libros, pinturas, esculturas, muebles, tapices… El robo y dispersión de obras fue de tal magnitud que hoy día sigue coleando: cuenta García Serrano que en 2013 la revista Focus destapó la investigación de la policía alemana al coleccionista Cornelius Gurlitt al estirar del hilo de un delito de evasión fiscal y se descubrió el hallazgo de 1.280 obras arrebatadas a propietarios judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque no fueron los nazis los inventores del expolio: ya antes, Napoleón fue un voraz rapiñador de arte allá por donde su imperio pasaba. Y los británicos, con maneras más elegantes, también han sido recolectores de arte. Hoy día, cuando visitas el imponente British Museum, al llegar a las impresionantes salas de arte griego y observar las magníficas cariátides de la Acrópolis a varios miles de kilómetros de distancia de su lugar, un letrero explica que el gobierno griego reclama la devolución de esas obras. A continuación, el British razona que la salvaguarda de obras de arte que sufrían deterioro fue una forma imprescindible de protegerlas y que actualmente su reunión en ese espacio museístico permite a visitantes de todo el mundo tener una visión de conjunto de la historia del arte que de otra manera no sería posible. Pues eso: se expolia, pero con argumentos muy civilizados. El autor nos muestra múltiples ejemplos de obras que han tenido una vida muy viajera. Uno de los casos más llamativos es el de los edificios medievales que, como en un fenómeno poltergeist, desaparecieron de su ubicación y reaparecieron tiempo después a miles de kilómetros. La ambición o el afán megalómano de algunos ricachones hizo que a principios del siglo XX se pusiera de moda adquirir no ya capiteles o pórticos, sino iglesias o claustros enteros y trasladarlos de sitio piedra a piedra, una vez desmontadas y numeradas. E incluso, cuando los edificios estaban deteriorados o incompletos, se dedicaban al dudoso arte del parcheo: “Un ejemplo de este afán por los puzles arquitectónicos es The Cloisters, construido en Fort Ryon Park, en la ribera del río Hudson, al norte de Manhattan, entre 1934 y 1938, con elementos de diferentes abadías europeas desmontadas piedra a piedra y trasladadas al otro lado del Atlántico. Para la construcción del edificio se utilizaron elementos arquitectónicos procedentes de cinco monasterios franceses, además del ábside de la capilla de San Martín de Fuentidueña (Segovia), añadido en 1957. The Cloisters es la actual subsede del Metropolitan para exponer su arte medieval”.

Otro ejemplo muy llamativo es el del castillo de Benavente, desmontado y trasladado piedra a piedra por encargo del magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst, del que Orson Wells haría una versión extraordinaria e inquietante en Ciudadano Kane. La voracidad expoliadora de Hearst, que tenía en nómina a un arquitecto e hispanista sobre el terreno llamado Arthur Byrne, también rebañó la iglesia de Santa María de Óvila (Guadalajara) y el monasterio cisterciense de Sacramenta (Segovia). Este monasterio del siglo XII tuvo una vida agitada: después de ser desmontado piedra a piedra en 1925, los 11.000 cajones quedaron almacenados en una nave en Estados Unidos durante más de veinticinco años. Hearst, con dificultades financieras en los años 1950, vendió las piezas a Raymond Moss y William Edgemon, que lo reconstruyeron a su manera en Miami, desplegando un dudoso gusto por el pastiche al completarlo de manera hortera con piezas y escudos de armas de otras procedencias. Hay cuadros que han sido muy viajeros. Uno muy emblemático, La Venus del espejo de Velázquez, actualmente está en la National Gallery de Londres. Fue un cuadro que, por su contenido, considerado erótico en el siglo XVII, resultaba polémico y sus propietarios -el primero fue Gaspar Méndez de Haro, marqués de Carpio- lo exhibían de manera privada con una mezcla de orgullo y prudencia ante la presencia admonitoria de la Inquisición. El cuadro llegó a estar en manos de Manuel Godoy, todopoderoso primer ministro de Carlos IV, pero acabó en posesión francesa durante la invasión de España de principios del XIX. Sin embargo, la derrota de los franceses frente a Wellington hizo que pasara de manos francesas a inglesas. Y ahí se ha quedado, de momento, expuesto con todos los honores en la National Gallery. La Venus del espejo fue rebautizada en Inglaterra como "The Rokeby Venus".

Los cuadros han cambiado de lugar también por obra y gracia de los ladrones profesionales. O no tan profesionales. García Serrano explica la peripecia de la sustracción de la National Gallery del retrato de Wellington pintado por Goya, que es en sí misma una novela. Cuenta cómo un conductor de furgoneta y autobús jubilado con una paga minúscula y algo aficionado a tomarse una copa de más y fantasear, una noche contó que había estado de visita en la National Gallery. Estaban haciendoobras en la fachada donde estaban los lavabos y la ventana del aseo estaba abierta. Aficionado a las novelas policiacas, durante la cena, bastante achispado, explicó con todo detalle lo fácil que sería entrar y llevarse el cuadro de un general feísimo por el cual había leído en el periódico que habían pagado 140.000 libras… ¡y él con su pensión de 8 libras se había comprado a plazos un televisor y ahora no le llegaba para pagar el canon de la BBC y ver sus programas! Cuando se fue a dormir la mona, su hijo le dio vueltas al tema. Llamó a un amigo repartidor de fruta que tenía una furgoneta y se plantaron delante del andamio de la National Gallery. Trepó fácilmente, entró por la ventana del aseo, que, efectivamente, había quedado abierta, se plantó en la sala y descolgó el cuadro. Volvió a la furgoneta sin mayor problema y se plantaron en casa de vuelta en un pis pas. Le pareció algo de lo más banal. Hasta que a la mañana siguiente vio en los periódicos el lío monumental que se había armado: primeras páginas en los diarios, presentación de la dimisión del director del museo por la escasa seguridad, Scotland Yard removiendo cielo y tierra… El padre escondió el cuadro en el armario de la habitación y mandó una nota anónima: devolvería el cuadro a cambio de que dedicaran las 140.000 libras que valía a un fondo para que personas jubiladas sin recursos pudieran pagar el canon de la televisión. Los mensajes, tiras y aflojas duraron cuatro años, hasta que el padre devolvió el cuadro en perfectas condiciones y se entregó a la policía. Realmente, con su peso y edad no podía haber trepado por el andamio y la causa que defendía había caído muy bien a la opinión pública. Finalmente, fue condenado a la menor pena posible: tres meses de prisión. Y Wellington regresó a la National Gallery. La trastienda del arte puede ser, a veces, tan asombrosa como las propias obras.

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