Ricardo Piglia: el genio

Hits: 597

"Un día en la vida", el tercer volumen de los Diarios de Ricardo Piglia

 

 

 

Texto: JOSÉ DE MARÍA ROMERO BAREA

 

Tal vez para protegernos de la red electrónica global y el racionalismo post-cartesiano, crudamente reduccionista, algunos dietarios se convierten en una herramienta de investigación ontológica, “un registro alucinado y sereno de la experiencia de vida en estado de excepción”. Cada anotación en ellos parece decirnos: “Las cosas no son tan simples como piensas”. Parafrasea el autor de Respiración artificial (1980) a su maestro Hermann Broch cuando agrega: “La hiperexplicación es la marca de la cultura actual”. Y añade: “Circula por los medios, en los blogs, en el Facebook, en los tuits: todo debe ser aclarado” (“Días sin fecha”).

Cuando se cumple un año de su fallecimiento, la lucidez de Ricardo Piglia (Adrogué, 1941-Buenos Aires, 2017) sigue actuando a modo de capote al que acuden las ideas. Las breves entradas del tomo tercero de sus diarios, Un día en la vida (Anagrama, 2017) cubren el mismo terreno que los prolijos interludios especulativos o didácticos de sus novelas, a menudo provocadores. Al igual que sucede con ellos, merece la pena dejarse provocar por la “extraña mitología personal” (“Diario de 1977”), la inventiva y la fantasía de uno de los escritores más histórica y políticamente controvertidos de América Latina. Cualquier cosa que se puede decir en prosa se puede decir mejor en poesía, sostiene Pound. Ser un narrador pigliano, entonces, significa ser poeta, con la intención poética de alcanzar lo esencial, pero sin lirismos: “El estado de excepción es la norma de mi vida” (“Diario de 1979”). Así, su prosa fluctúa entre lo lírico y lo antilírico: no al modo de Appollinaire o Mayakovsky, no mediante esquematismos académicos, sino a través del modernismo anti-romántico de un Musil, el escéptico de un Gombrowicz, concentrado en “un punto, en un momento casi sin tiempo” (“Los finales”). Leer al autor de Plata quemada (1997) es no repudiar a los precursores, sino mirar atrás en la breve historia de la forma, hasta alcanzar la visión súbita que reúne a Cervantes y Kafka, ese raro momento que combina percepción, afecto y humor: “La verdad sintética de los sentimientos que se nos produce al soñar es única y es inolvidable” (“Un día en la vida”).

Algunas entradas de la sección que da título al libro toman precisamente a Cervantes como punto de partida. Otras analizan en detalle la obra de otros, las más ofrecen relatos lúcidos y dolorosos de la peripecia vital de su autor: “El olvido. Es uno de los grandes temas de la literatura (…) Ser olvidado (…) no poder olvidar (…) los recuerdos como una condena, el remordimiento”. Se esbozan novelas, se construyen elaboradas analogías. Se crean polifonías en serie, en líneas dodecafónicas, misiones en movimiento, definiciones aforísticas, citas propias o ajenas, todas ellas reveladoras. El aforismo no es tanto una definición como una hábil deflexión: “Estos escritos apocalípticos son testimonios indirectos de un tiempo catastrófico”.Se ocupa lo mismo de políticos, burócratas o atletas, de filósofos, escritores, profesores. Denuncia no sólo las élites policiales, sino las de los medios de comunicación. Incluso el pesimismo y el existencialismo extrañamente punitivo del que procede su literatura no necesita de malas noticias para prosperar. Su escritura es tan cerebral y voyeurista, tan impresionada por el descubrimiento de que puede ser hilarante, que evoca la ligereza de lo erótico o la necesidad de ternura: “La utopía del capitalismo (…) es que los grupos de poder y las fuerzas sociales sean considerados personas aisladas. Todos los individuos serían iguales, cada uno de ellos un Robinson que lee la Biblia en su isla desierta”.

Puede que el considerable talento de Piglia se encuentre marcado, en este volumen más que en los anteriores, y sobre todo en la sección final, “Días sin fecha”, por la amargura y la certeza inminente de la enfermedad. Lo premonitorio de un destino aciago amarga un tanto la definición invariablemente dichosa de este libro: “Vivimos en una cultura en la que la interpretación define las imágenes”. La muerte inhibe su crecimiento, el toque integrador de todo lo orgánico. A pesar de lo doloroso del contexto, brilla el ingenio del narrador de Blanco nocturno (2010) su inteligencia especulativa, su condición de mago o maestro de la novela. Como demuestra Un día en la vida o esos escritos que hablan tan ingeniosamente de sí mismos, Piglia logra lo que pretende: trazar la extrema gravedad de la cuestión con la sutil ligereza de la forma de un artilugio implacable e impulsado por sus ironías y provocaciones. Si la literatura es una forma de enfermedad, concluye el argentino, “el genio es la invalidez”.